CAPITULO XIV

 

Nos parece que vemos algo y entendemos algo, pero solo vemos una opaca sensación de lo que ocurre alrededor de nosotros, tal y como el caracol tiene una opaca sensación del sol, la lluvia y de la oscuridad. Solo la ciencia esta convencida de que una piedra es una piedra y nada más. Pero cualquier niño sabe que la piedra del muro de una iglesia o la piedra del muro de una prisión son cosas muy diferentes.

Tal y como una vela y una moneda tienen aspecto de círculos iguales en el mundo bidimensional de los seres planos. Esto objetos son idénticos en respecto al material pero distintos en sus funciones y esta diferencia se profundiza tanto que convierte el material aparentemente idéntico en algo físicamente diferente. Hay piedras diferentes, hierro diferente, madera diferente, papel diferente. Ninguna química detectara jamás esta diferencia. No obstante existe y hay personas que la sienten y la entienden.

La sombra de un marino, de un verdugo y de un santo puede ser muy similar, no obstante son hombres diferentes, solo sus sombras son casi iguales. Así los hombres que nos parecen similares o iguales nada tienen en común. Son seres distintos pertenecientes a planos diferentes del mundo, entre los que no hay puentes ni vías de comunicación. En realidad las almas de estos hombres difieren no en cuanto a su edad, calidad o magnitud, sino en su naturaleza misma. En el origen y la finalidad de su existencia. Cuando empecemos a entender esto. El concepto general de hombre deberá experimentar para nosotros un gran cambio. Nuestra desgracia es que consideramos la composición química de una cosa como su atributo real mientras que los atributos reales deben buscarse en sus funciones.

Si lográramos encontrar la conexión entre los fenómenos físicos y su significado cósmico, entenderíamos muchos de los cuales damos por hecho que sabemos algo pero que en realidad no sabemos nada: la constancia, duración, y la periocidad de esos fenómenos, como la expansión y la contracción de los sólidos, los fenómenos eléctricos, el calor la luz, el sonido, el movimiento de los planetas, la llegada del día y de la noche, las estaciones el año, una tormenta de truenos, los relámpagos podrían adquirir para nosotros una importancia y significados enteramente nuevos

Nacimiento, muerte, la vida del hombre, su relación con otros hombres, amor, enemistad, simpatías, deseos y pasiones, podrían aparecer de repente bajo una luz enteramente nueva, en realidad sólo esta incapacidad para sentir es lo que nos separa de ella, pues vivimos en ella y en medio de ella. Pero nuestros instintos son demasiado primitivos y nuestras ideas demasiado burdas para la sutil diferenciación de unos fenómenos que deben revelársenos en un espacio superior. 

Si deseamos entender el mundo de las causas verdaderas debemos buscar un significado oculto en todo. Debemos desarrollar en nosotros la capacidad de sentir estas realidades porque es precisamente de este modo que podremos comprenderlas.

Los científicos no admiten la diferencia de la calidad de energía que gasta un hombre que camina hacia su trabajo y otro que va a denunciar a alguien en la comisaría, pero tal vez sea tan profunda que no sólo consista en la diferencia de dos géneros de energía distinta sino en la diferencia entre dos hombres uno de los cuales pueda desarrollar una energía de un género o de otro de otro

El arte posee esta forma de percepción. Un músico, un pintor, un escultor un actor entienden perfectamente que es posible caminar de un modo diferente. Un artista entiende que el mástil de una horca, de un velero y de una cruz se fabrican de diferente manera. Entiende la diferencia entre el muro de una prisión y el muro de una iglesia. Oye las voces de las piedras. Comprende el idioma de las ruinas, de los ríos, de los bosques. Oye la voz del silencio, entiende que los silencios pueden ser diferentes y solo a través de esta percepción podemos entrar en el mundo verdaderamente real donde detrás de los fenómenos que nos parecen iguales se ocultan fenómenos tan diferentes que solo nuestra ceguera pude explicarlos como semejantes.

En realidad la diferencia entre el verdugo y el santo no es una accidental diferencia de posición o de herencia como el materialismo se empeña en convencernos, ni es la diferencia en distintos grados de evolución, como afirma la teosofía, sino una diferencia insalvable como la que existe entre rezo y homicidio pertenecientes a mundos completamente diferentes. Los representantes de esto mundos nos pueden parecer hombres semejantes porque en realidad no los vemos a ellos sino meramente a sus sombras.

Esta diferencia no es metafísica sino completamente real, mas real que muchas diferencia visibles .

Todo arte consiste en entender y representar estas diferencias invisibles. El mundo fenoménico es material para un artista, como o los colores para el pintor, los sonidos para un músico, es el medio a través del cual el artista entiende y expresa lo que entiende sobre el mundo de las causas. En nuestra actual época evolutiva no contamos con otro medio que sea tan potente como el que el arte contiene. El misterio de la vida consiste en que el significado oculto de las cosas se reflejan en su fenómeno, el fenómeno es el reflejo de la verdadera causa y solo así es posible conocerlo

Pero aquí la ciencia no lograra descubrir nada porque este reflejo solo podrá sentirse mediante la sutil alma del artista. El lado oculto de la vida debe estudiarse en el arte. Un artista debe ser un clarividente. Debe ver lo que lo demás ven. Y debe ser un mago y poseer el don de conseguir que los demás vean lo que no pueden por si mismo pero que él si puede ver. El arte ve mas y a mayor distancia que nosotros que andamos a tientas y no logramos advertir la diferencia entre la cosas. El arte es un comienzo de visión

La tierra es el escenario de un drama el que solo percibimos porciones diversas y sus actores en su mayoría son invisibles para nosotros mientras estamos dentro de nuestros cuerpos. Un notable intento de representar nuestra relación con el mundo de las verdaderas causas está contenido en el dialogo de la caverna en el libro séptimo de La republica de Platón.

 

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