ÉL

J

ULIO 2002

Cuando subió al avión que la conduciría de nuevo a Europa desde el aeropuerto de Melbourne, nunca hubiera podido suponer que iba a encontrarle. Sucedió durante el vuelo, le descubrió sentado varias filas de asientos delante del suyo. Era él, estaba segura. La imagen de aquel hombre había estado siempre presente en su mente y ahora parecía haberse materializado. Su cabello, descuidadamente peinado tenía el color de la ceniza y casi rozaba sus hombros y aunque no podía ver completamente su cara, si podía ver su perfil, sus anchas espaldas y también sus largas piernas enfundadas en unos tejanos de color negro. Tenía el aspecto de un hombre del mundo, atractivo y poco convencional. Parecía muy alto y delgado y aparentaba rozar la frontera de los sesenta años.

Durante todo el viaje ya no pudo apartar los ojos de él. Deseaba que aquel hombre notase la intensidad de su mirada y se girase hacia ella, pero no lo hizo, la gran pantalla colocada enfrente de los pasajeros mostrando los lugares que iban sobrevolando parecía acaparar toda su atención.

Después de algunas horas de vuelo se decidió, se levantaría, iría hacia la parte delantera del avión y luego regresaría a su asiento, así podría mirarle de frente y hacerse visible. Tenía que saber cuál sería su reacción al verla. Bordeó las hileras de asientos con timidez, como si estuviese haciendo algo prohibido y llegó al lado de la cabina. Tras un buen rato de estar de pie mirando por la ventanilla, decidió regresar a su asiento, después de todo quizás sus propios deseos de encontrarle le habían hecho imaginar a quien no era, pensó, debía estar preparada para lo peor.

Pasó por su lado rápidamente, como avergonzada, pero tuvo el valor de mirarle, sus ojos eran claros de un azul desvaído y su rostro le recordaba a los héroes de las leyendas celtas, lo conocía bien aunque nunca lo había visto, su intuición no se había equivocado y el corazón pareció estallarle en el pecho. Volvió a sentarse casi temblando, se sentía feliz y a la vez profundamente decepcionada porque él no la había mirado siquiera. Se preguntó si en realidad la había visto o si no le había parecido merecedora de dirigirle una mirada. Años atrás no hubiera habido ni un solo hombre en aquel avión que no se hubiese fijado en ella, envejecer no era fácil para una mujer hermosa…

El viaje continuaba pero no podía dejar de observarle. Su mirada resbalaba desde su nuca hasta su espalda para detenerse en sus piernas y finalmente en sus pies acariciándolos con sensualidad y ternura hasta regresar al punto de partida en un círculo interminable que duró horas, tantas como el avión tardó en aterrizar en el aeropuerto de Londres. Pero él no se giró a mirarla ni una sola vez.

El avión llegó a su destino y todos los pasajeros descendieron a tierra. Para unos era el fin del trayecto, pero otros como ella debían enlazar con distintos vuelos. Habían sido unas horas de ilusión, unas horas en que había sido suyo sin él saberlo, pero ahora debían separase para siempre. Cogió su equipaje de mano y se despidió de él mentalmente. Se sentía muy triste pero le quedaba el recuerdo de haber podido compartir su proximidad física durante unas horas y como único consuelo pensó que siempre volvería a reencontrarle en sus sueños.

Los pasajeros comenzaban a salir alineándose ordenadamente y ella se colocó en el pasillo junto a los demás. De pronto se dio cuenta de que él estaba delante, tan cerca que podía tocarle con las manos. Tuvo que hacer un terrible esfuerzo para no hacerlo, lo deseaba tanto…necesitaba sentir aunque sólo fuera un momento el tacto de su cuerpo. Pero se contuvo. Caminaron muy juntos, uno tras del otro hacia la salida del avión. Las azafatas les despidieron y en sus sonrisas le pareció intuir una extraña complicidad.

Ya en el exterior todos los pasajeros parecían haber desaparecido y ambos se quedaron solos en los pasadizos extrañamente vacíos caminando hacia un destino desconocido. Ella iba detrás y mientras le miraba avanzar, erguido sobre sus altas botas de cuero, con la mochila balanceándose sobre sus espaldas, pensó que ahora él si se daría la vuelta y le hablaría. Pero eso no ocurrió nunca y ella continuó siguiéndole en silencio.

Al llegar a una bifurcación el hombre se detuvo y ella también. Un letrero indicaba la dirección de salida hacia la ciudad y el otro la conexión con otros vuelos. El pareció vacilar durante unos instantes como si esperase algo o alguien y ella comprendió que si no le hablaba entonces ya no podría hacerlo nunca más, no se le ocurrió pensar que quizás aquel hombre estaba esperando que fuese ella quien lo hiciera, sólo recordó que no la había mirado ni una sola vez y las palabras murieron antes de salir de sus labios. Al cabo de unos segundos que le parecieron eternos, el hombre tomó la dirección que indicaba la salida hacia Londres y ella se encontró sola en el pasillo viéndole marchar.

Inmediatamente después que hubo desaparecido de su vista los pasillos se llenaron de pasajeros que circulaban de un lado a otro. Se quedó quieta en medio de la gente y del ruido sin saber que rumbo tomar. Sabía que había vivido una experiencia única y que el destino los había unido en aquellas extrañas circunstancias para continuar el camino juntos o separarse para siempre y comprendió que su propio miedo la había empujado a elegir. Recogió su equipaje del suelo y comenzó a caminar de nuevo en la dirección contraria a la que él había tomado.

 

 

 

JULIO 2008 (seis años después)

No había llegado hasta allí por casualidad, sus pasos parecían haberla guiado hasta aquel lugar como si ya conociesen donde querían ir, pero su voluntad no había intervenido. De repente se encontró delante de "aquello" que parecía haberla estado esperando desde siempre. Un espectáculo insólito. No podía imaginar que aquel extraño monumento pudiese encontrarse en medio de un claro del un bosque.

Alguien había colocado aquellas piedras de todos lo tamaños sobre la tierra formando nueve círculos concéntricos. Se preguntó cómo podían haber llegado hasta allí. A juzgar por su tamaño las piedras más grandes debían de ser muy pesadas, sin duda, habían sido cargadas y transportadas por los brazos de un hombre muy fuerte y semejante trabajo debía de tener una motivación importante.

Lo miró atentamente, le recordaban a algunos de los monumentos funerarios célticos que había visto en Irlanda, ¿quizás el autor de aquel curioso espectáculo era un irlandés añorado de las leyendas de sus tierras?

Se sentó sobre el tronco de un árbol que parecía haber caído sólo para ejercer de oportuno banco a los caminantes. Los demás árboles parecían contemplar también con admiración aquella belleza construida por manos humanas. Entre ellos no se sintió sola.

Nunca supo cuanto tiempo permaneció allí. Cuando se dio cuenta el sol declinaba formando una cortina de luz transparente a través de las altas ramas de los árboles y le pareció que las hojas balanceándose a la brisa fresca del atardecer querían trasmitirle un mensaje, pero no pudo descifrarlo. Mientras se alejaba comprendió que ella no podía dejar de ir allí hasta averiguarlo.

Volvió muchas veces. Se sentaba siempre sobre el tronco del árbol caído y recordaba al hombre que había encontrado regresando de Australia con nostalgia. Habían pasado seis años después de aquel viaje y aunque había perdido la esperanza de reencontrarle, continuaba pensando en él. A veces deseó olvidarle y aceptar a otro hombre como compañero. Todas sus amigas pensaban que debía vivir igual que las demás mujeres y no estar sola, pero aquellos pensamientos no eran suyos sino de otros. Ella había escogido su propia soledad antes que compartir su vida con un extraño, y había aprendido a hacerse compañía a si misma porque deseaba vivir su propia vida y no la de los demás, pero no podía ni quería dejar de pensar en él porque ahora sabía que era real y que estaba en alguna parte.

Se preguntaba que estaría haciendo y con quien y también se preguntaba que podía haber ocurrido si aquel día en el aeropuerto de Londres se hubiera atrevido a hablarle. Aquel claro en el bosque parecía conocer la respuesta y sus ojos y sus oídos estaban abiertos a cualquier imagen o sonido que le pudiese dar la clave de lo que estaba buscando. No sabía lo que era, pero sí sabía que debía encontrarlo.

Y un día, cuando ya comenzaba a darse por vencida, algo sucedió. Descubrió que la respuesta estaba dentro de sí misma y que para escucharla debía adentrase en el mundo del silencio, aquietar su mente, dejar de ver, dejar de oír y dejar de pensar. Y entonces cuando su cerebro se limpió de pensamientos, un punto surgió de la nada y se fue agrandando poco a poco ante sus ojos hasta convertirse en una gran puerta.

La puerta estaba abierta y en su interior se podía contemplar un mar en calma de un color violeta intenso, ninguna ola parecía moverse agitada por viento alguno pero todo estaba lleno de vida y de luz.

Un ser extraño apareció en el dintel, tenía un aspecto huraño y cruel, cruzó la puerta y desapareció en el bosque. Le reconoció: era el Tiempo, esa invención humana creada por la limitación de nuestro propios sentidos. Ya no se hizo más preguntas porque ya no había nada por preguntar, mas allá de la puerta encontraría todas las respuestas. Detrás de aquella puerta el tiempo no podía existir.

 

 

 

SIN FECHA. En una dimensión desconocida

La cruzó sin vacilar y se encontró de nuevo en el vientre del avión que seis años atrás la trasportaba desde Australia a Europa, pero ahora no era una pasajera más, estaba allí como observadora y todos los acontecimientos vividos entonces se desarrollaron ante sus ojos como una película absolutamente real.

Se vio a sí misma sentada en el mismo asiento cuatro filas detrás de aquel hombre mirándole intensamente… cargando con su equipaje de mano y haciendo cola en el pasillo para salir… sintiendo los mismos deseos de tocarle sin atreverse… caminando asustada tras él por los pasillos insólitamente desiertos… pensando que una sola palabra podría cambiar toda su vida… y también llegando a la bifurcación de destinos y deteniéndose junto a él…

Y entonces sucedió lo inesperado. Aquella mujer que tenía su cara, porque era ella misma, rompió el silencio y habló, no pudo entender sus palabras pero el hombre al escuchar su voz se dio la vuelta y se acercó a ella sonriendo. Después los vio alejarse juntos caminando en una sola dirección.

Y entonces comprendió que su sueño no desapareció en la bifurcación del aeropuerto, sino que siguió existiendo en un mundo alternativo paralelo. Comprendió también que cada instante se divide en un mundo infinito de otros universos con distintos futuros y pasados y cuando enfocamos una vida creemos que es la única que existe pero todos los restantes deseos y posibilidades no cumplidos son tan reales como las demás. Ahora sabía que aquel hombre se había materializado en el avión a consecuencia de sus propios deseos de encontrarle y que si desapareció de su vida fue porque ella no creyó en la realidad de sus sueños.

Aquella asombrosa puerta le había mostrado un camino distinto hacia el conocimiento de ella misma y también que el mundo no es lo que parece y los humanos son más de lo que parecen ser. Ahora ya podía volver a cruzar la puerta y volver a soñar, porque solo los sueños la conducirían donde ella debía estar.

Gloria Corrons