El agudo silbido de la cafetera le avisó que el café estaba listo.- Justo a tiempo.- pensó.- todavía puedo tomarlo antes de soltar amarras.-

El capitán bebió el liquido apresuradamente pero con deleite y aspiró profundamente. El suave calorcillo del café en su estómago le reconfortó y entonces decidió, casi sin pensarlo, que aquel día no iba a estar presente en la operación de zarpar. Había tomado una decisión, y quería estar solo. Ámele se había quedado en casa esperándole, pero él ya no volvería a su lado, su mujer, nunca había sabido comprenderle, siempre intentando ocupar el lugar de su rival, la mar y la mar había ganado definitivamente la batalla. Ni siquiera quería subir a cubierta y ver como el barco se alejaba de la costa. Había roto con la última razón que le ligaba a tierra-

Se levantó tras acabar con su café  y cogió un trozo de papel en blanco. La pluma  se deslizaba sobre él como si trazase un camino ya conocido. Y así era. El camino que seguía en signos ya era su destino materializado en una sola palabra. - Adiós. - Una palabra para simbolizar un sentimiento infinito. Después colocó el papel en un sobre y lo cerró. Se lo enviaría desde el primer puerto.

El barco comenzaba a moverse. Aquel suave vaivén despertaba en Jean sentimientos profundos, en su interior se sentía seguro y protegido. Veinte años en el mar lo habían convertido en un verdadero lobo marino. Apenas si sabía vivir en tierra y cuando lo hacia se sentía enfermo, como contrariamente suele ocurrirles a las personas que navegan por primera vez.

Se estiró en su litera y no tardó en dormirse como un recién nacido en la cuna balanceado por los amantes brazos de su madre.

Cuando despertó ya amanecía, por las redondas escotillas de su camarote el sol se levantaba sobre las olas que poco a poco adquirían resplandores de brasas encendidas. Se sentía tan bien como hacía años no recordaba, incluso más ligero, como si la cadena que había roto definitivamente hubiese también liberado su cuerpo.

Se levanto ágilmente y dejo correr el agua de la ducha sobre su piel, después se secó con la toalla suave y limpia y se miró en el espejo. Observó las sienes encanecidas y las incipientes arrugas que enmarcaban las comisuras de los labios, pero sus ojos brillaban aun con la chispa de la juventud. - Todavía no soy demasiado viejo para comenzar a vivir la vida que siempre he deseado - El hombre que le miraba desde el otro lado del espejo le sonrió y pensó que de ahora en adelante el mundo se convertiría en una gran sonrisa que lo abarcaría todo, porque todo reflejaría su felicidad y exclamó en voz alta - Soy feliz. 

Subió a cubierta. El viento sacudió sus cabellos como saludándolo y él correspondió al saludo aspirando profundamente y llenado sus pulmones de aire. Aquel era el primer día de su nueva vida, la anterior había muerto con las primeras luces del amanecer.

Su segundo de abordo prefirió respetar su intimidad. Comprendía que solo un problema muy grave podía haberle retenido al capitán en su camarote durante la suelta de amarras. Veinte años de navegación conjunta le habían convertido también en un amigo. Le miró a lo lejos y no se acercó a él. Resolvería por si mismo todos los problemas de navegación que pudiesen presentarse en ruta y no le molestaría a no ser que fuese absolutamente necesario

El capitán le miró a su vez y le agradeció su comprensión. Caminó hacia la popa y se sentó indolentemente sobre unas cajas vacías que se amontonaban en el suelo contemplando un grupo de gaviotas que planeaba sobre el agua en calma. Igual que él, aquellos feos pájaros que se movían torpemente en tierra firme se transformaban en criaturas bellas y armoniosas cuando volaban al ras del mar y se identificó con ellas. - Nunca debí construir mi vida lejos de mi verdadero hogar, el barco, me engañé a mí mismo y engañé también a Ámele- 

Cuando conoció a su mujer eran ambos muy jóvenes y enseguida deseó poseerla para siempre. Había sido muy bella y aquella belleza le había enamorado cegándole por completo. Ámele era una bailarina prometedora que amaba su profesión, Jean no dudó en apartarla de su vocación y convertirla en una ama de casa perfecta y ella abandonó su carrera y su brillante futuro para dedicarse en cuerpo y alma al matrimonio.

Al principio a su mujer no pareció importarle demasiado haber renunciado al baile y los primeros años de su matrimonio fueron felices. Tuvieron dos hijos que parecían llenar la vida de Ámele por completo, pero a medida que los niños crecieron y abandonaron la casa paterna, ella se había transformando, como empequeñeciéndose por dentro y por fuera. Se volvió taciturna y malhumorada, soportaba mal sus largos periodos embarcado y a la vuelta solía recibirle con constante mal humor.

Jean nunca comprendió del todo aquel cambio porque nunca había entrado en sus planes que Ámele quisiera poseerle también, le hubiera gustado comprenderla pero ella hacía tiempo que no hablaba ni expresaba sus sentimientos, solo parecía triste y sin ilusión y la rutina, el hastío y la intolerancia fueron constituyendo poco a poco su único forma de comunicación. Sus cuerpos seguían unidos viviendo bajo el mismo techo, pero sus almas vagaban cada una por su lado. Pronto llegaron a odiarse y las largas ausencias de Jean en alta mar representaron para él un autentica liberación. Por eso había decidido no volver, le enviaría a su mujer periódicamente el dinero para su manutención como merecido pago a su dedicación a la familia durante tantos años y con aquello se sentiría libre de todo remordimiento pero entonces recordó algo que se había propuesto olvidar. La noche anterior ella había entrado en el dormitorio completamente vestida, se había sentado en el borde se su cama y le había dicho algo desconcertante.- Siempre has creído saberlo todo de mi, pero no sabes absolutamente nada.- Después, sin añadir nada más había salido de la habitación. Jean no había comprendido sus palabras, pero éstas le habían herido profundamente

Pero ¿por qué tenía que pensar en todo aquello? ¿Por qué aquellos recuerdos se empeñaban en hacerse presentes para amargarle la plenitud de su primer día de libertad?- Quizá son el precio que debo pagar por ella - pensó,. 

Entornó los ojos, el sol comenzaba a levantarse sobre el horizonte, dejaría que los pensamientos siguiesen su camino después caerían por la borda desapareciendo para siempre en el mar.

Recordó otras mañanas parecidas a aquella y ya lejanas en el tiempo…Siempre había vivido a orillas del mar. Cuando niño solía ir con su padre a pasear por las playas del pequeño pueblo donde nació, en el Sur de Francia. El murmullo de las olas lamiendo la arena entro pronto a formar parte de su vida y poco a poco aquel murmullo se fue convirtiendo en una voz clara y enérgica que le reclamaba insistentemente.

A medida que Jean iba creciendo, aquella voz pareció tomar cuerpo y a veces, cuando sentado sobre las rocas dejaba transcurrir las horas mirando las ondulaciones del agua estrellándose contra los acantilados, la espuma tomaba la forma de una blanca mujer de infinitos brazos que intentaba abrazarle las rodillas para arrastrarlo consigo a las profundidades, entonces incapaz de resistir la tentación, Jean se quitaba la ropa y se sumergía en el agua, que al contacto con su cuerpo parecía convertirse en miles de pequeños labios ansiosos besándole con dulzura.

Empezó a contemplar los barcos anclados en el pequeño puerto costero con una mezcla de admiración y de deseo y la idea de hacerse marino germinó pronto en su corazón como una planta que crece rápida, regada constantemente con la esperanza de embarcarse. Deseaba hacerse a la mar para pertenecerle para siempre.

Y así, mientras sus amigos frecuentaban los animados bailes de la pequeña ciudad costera, Jean escuchaba las músicas de las canciones de moda en la lejanía mientras paseaba por la playa. Pero nunca iba solo, la mar le acompañaba siempre enlazándole por los tobillos desnudos o salpicándole la cara de espuma salada, como una novia coqueta que quisiera hacerle reír.

Ninguna mujer consiguió interesarle hasta que conoció a Ámele y probablemente nunca se hubiera fijado en ella si sus ojos no hubiesen tenido exactamente el color de las olas en calma. Pero ella nunca supo lo que él sentía al mirarla, y él nunca se lo dijo. No podía decirle que estaba viendo al mar a través de sus ojos y que al besarla le parecía sumergirse en dos profundos Océanos que le engullían.

Se levantó y caminó lentamente hasta el otro extremo del barco. La popa incidía velozmente contra las olas que rompían sobre el casco de hierro violentamente. Observó a la tripulación que se movía eficientemente de un lado a otro de la cubierta haciéndose cargo de la navegación. Todo parecía igual que siempre, pero sino embargo aquella estampa habitual le parecía ahora distinta, él ya no era el mismo hombre del día anterior y por tanto ya no veía las cosas con los mismos ojos. Una simple travesía de rutina se había convertido en el primer día de una nueva y fascinante existencia en libertad, donde solo una cosa era importante. El mismo. Ámele era solo un recuerdo que con el tiempo se convertiría en nada. Era solo una cuestión de tiempo. Veintiocho años de matrimonio no podían olvidarse en un cuarto de hora.

Debía aceptar la evidencia de que en espíritu, ella navegaría junto a él en aquel viaje. No pudo evitar esbozar una sonrisa. Seria la primera vez, no había pensado en Ámele en ninguna de sus travesías. Su mujer sólo contaba en su existencia en cuanto ponía los pies en tierra, había tenido que romper su matrimonio para sentirla a su lado allí en alta mar. 

De repente  la imagen de Ámele se hizo visible desde la distancia. Su silueta erguida y esbelta iluminada por la incipiente luz del amanecer, se recortaba sobre el mar. El viento agitaba sus cabellos y su falda a lo lejos ondulaba como una bandera. Sus brazos y sus piernas dibujaban arabescos sobre el horizonte y sus pies se alzaban sobre las puntas en un intento de alcanzar las ultimas estrellas de la noche, era tal la belleza de sus movimientos y la cadencia de su ritmo al bailar, que para verla, las estrellas, parecían resistirse a morir engullidas por la luz del sol.

Y Ámele seguía bailando, doblando su cabeza e irguiéndola después, al son de la música de su propia alegría y de propia su pena entre los remolinos de espuma blanca que el agua iba formando tras el paso del barco.

Y así danzando, en una ágil pirueta alcanzó la cubierta y se acercó a él. Al ver su cara Jean pensó que el tiempo no había transcurrido y que ella volvía ser la misma mujer de quien un día estuvo enamorado, pero el azul de sus ojos que tanto le recordaba al mar había desaparecido y en su lugar dos remolinos profundos y oscuros parecían dos pozos sin fondo.

Y entonces comprendió lo que ella  había querido decirle la noche antes de embarcarse. Comprendió que Ámele era una mujer creada para vivir plenamente junto a alguien que la alentase sus sueños en lugar de condenarla a la rutina y a la monotonía, una mujer para escribir versos con los pies y volar sin alas al compás de la música, entre las luces y los colores de los escenarios. Una mujer hecha para probar cien platos de amor y beber el liquido de cien copas de aventura, y no para sonreír sino para reír plenamente, con una risa exuberante que llenase todos los espacios del infinito con sus cadencias. Comprendió que Ámele se había entregado a él  a cambio de si misma.

Se quedo pensativo y confuso. Ella había renunciado a sus sueños por amor y él a cambio, nunca la había amado. Quizás no debería enviarle aquella carta..... quizás debería regresar a su lado...quizás todavía estarían a tiempo de recuperar el tiempo perdido.... 

Un viento fuerte, y frío se levanto de pronto, como surgido del fondo mismo del Océano. En pocos segundos levantó una gigantesca ola que barrio la cubierta de extremo a extremo llevándose con ella la imagen de Ámele hacia las profundidades y Jean ya no pensó más en su mujer... Su amante, la mar, había decidido por él....

 

*******************************

 

Llovía. Ámele asomada a la ventana contemplaba los tejados de las casas que brillaban y los haces de luz de las farolas reflejados en el agua encharcada como pequeños espejos. La lluvia era su  su compañera de soledad.  Era hermoso ver llover. De pronto todo pareció iluminarse como si el día hubiese dado marcha atrás en el tiempo y el sonido de un trueno la estremeció. Se iniciaba una tormenta. La luz de la habitación se apagó de repente. Sintió que la lluvia había dejado de ser su aliada para convertirse en su enemiga. 

Encendió una vela. El parpadeo de la llama creaba fantasmas de sombras que parecían estirarse y encogerse como si bailasen una danza macabra. Una ráfaga de viento llegado sin saber de donde la apagó inesperadamente y todo quedo sumido en la mas completa oscuridad. Los fantasmas parecían haberla dejado también excluyéndola de su baile de misterio. Intentó volver a encender la vela pero no pudo y cerrando los ojos se dejo envolver por la nada. Y entonces fundida en las sombras, le pareció no tener cuerpo, como si la llama fuese su propia vida y al apagarse se la hubiera llevado  a un lugar desconocido ... 

Después se introdujo entre las sabanas de su cama y pensó en Jean, su marido. Sin saber por que estaba segura de que jamás volvería a verle. No lloró ni se desesperó. Por primera vez se tenía a si misma completamente. La soledad volvía a ser su única compañera, la soledad, al menos, no la traicionaría.