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Diario de Marga a los 15 años

24 de febrero

Hemos jugado a la mona toda la tarde; Gloria sin bragas. Papá y mamá asistían al estreno de un ballet en el Liceo. No me apetecía ir. Tampoco es que tuviera que hacer, pero me he inventado un trabajo del colegio. Unos cuantos compañeros de la escuela nos hemos reunido en mi casa. Una tarde de domingo lluviosa y fría no daba para más.

Estaba fastidiada; la verdad es que no me invitaron a ir con ellos.

- Ya tienes 15 años. ¿No te importará quedarte unas horas, sola en casa, verdad?

Me inventé lo del trabajo en la escuela. No les iba a dar el gustazo de decirles que me sabía muy mal que no me invitaran. Odio estar sola; especialmente las tardes de domingo. No hay mucho que hacer; se supone que deberían ser tardes felices, pero al final casi te dan ganas de salir corriendo para ir a la escuela.

No iba a estar sola. Se lo dije la tarde antes a Gloria, mi vecina, y ella prometió venir con otros compañeros y pasárnoslo bien. Han ido llegando a partir de las cuatro y media; las sobremesas del domingo son un fastidio, llenas de tías, abuelos y con suerte algún primo, aunque a veces resulta ser lo peor.

Gloria casi me saca un palmo. Espigada, de risa fácil, mente corta, payesa de manos recias que no corresponden a su nariz afilada, piernas delgadas y cintura de avispa. Pero siempre está faenando en el campo, como un chico. Tiene pecho, un pecho descomunal, de campesina. Me lo ha enseñado más de una vez para compararlo con el mío. Pero a mí me da corte y se pone a reír. Me lleva dos años y me hace sentir insegura, como si yo aún tuviera doce y no fuera ya una mujer.

Nos hemos reunido ocho: seis chicos y dos chicas, Gloria y yo. Parece como si Gloria sólo conociera chicos, pero la verdad es que ellos tienen más facilidad para salir de casa y hacer lo que quieran. Para la merienda cada uno ha traído algo: embutido, chocolate… y yo he puesto el pan y la leche. Nos hemos quedado sin pan para la cena, pero supongo que papá y mamá ya vendrán cenados.

Lo de la jugar a la mona ha salido solo; no lo ha propuesto Gloria sino Ernesto, aunque Ernesto hace siempre lo que le manda Gloria. Más bajo que ella, aunque tiene un año más, dieciocho. Ya es mayor; se es mayor a los dieciocho y algunos chicos incluso se emancipan legalmente y pueden llevar moto, coche y hasta vivir fuera de casa. No se de ninguna chica que lo haya hecho. Bueno en el pueblo tampoco se de ningún chico, pero Ernesto hace lo que quiere, mientras cumpla con su trabajo en el campo. No es especialmente guapo, pero es concreto, seguro de si mismo y también me hace sentir como una niña pequeña, ni se fija en mí, sólo está por Gloria. Y yo también tengo pecho, no me falta, no me falta nada; lo de Gloria es desproporcionado.

De la mona, a todos nos excitan las prendas. Ir descartando las cartas por parejas hasta que a uno le queda la mona sola y pierde y ha de entregar una prenda de vestir que lleve encima, no vale otra cosa. Son demasiados chicos y todos querrán lo mismo: desnudarnos. Y una no puede acabar el juego mientras le queden prendas. El truco es ponerse encima mucha ropa, pañuelos, dos pares de calcetines, guantes incluso. Pero el juego ni se propone ni se empieza hasta que el calor de la lumbre te ha hecho desistir de un sobreexceso de ropa. Este es el momento y, entonces, si la mayoría quiere hay que jugar. Con seis chicos no había mucha opción. Gloria quería también, siempre dispuesta a enseñar sus tetas. Yo, como anfitriona no tenía la posibilidad de decir que no, ni la posibilidad de irme.

Gloria perdió la primera mano y nos sorprendió a todos quitándose las bragas por debajo de la falda. Me he quedado de una pieza, las bragas es lo último que se sacaría una chica; antes se inventaría cualquier excusa para dejar el juego o le pediría a una amiga que pagara una prenda por ella, aunque en este caso fueran dos las prendas que debiera sacarse la amiga. Se sacó las bragas.

A partir de ahí no di pie con bola. Ni Ernesto tampoco. Tan pendientes de que pasaría si Gloria seguía perdiendo que por el camino cayeron mis calcetines, pañuelos, jerséis… con una facilidad pasmosa. A Ernesto no le daba corte perder, incluso le divertía ante un público de chicos, menores que él, admiradores. Y Gloria no perdía; ya lo hacíamos nosotros. Me miraba divertida. Cuando me tocó escoger entre blusa y falda, ya no me quedaba más, Gloria dio otro golpe de efecto y, sin que yo me decidiera a pedirlo, se sacó jersey y blusa, quedando en sostenes, falda, medias y calcetines. Zapatos y diademas no cuentan como prendas. Ni pude agradecérselo. Todos los chicos locos mirándola. Para Ernesto seguro que no sería la primera vez. Su torso ya estaba desnudo y se abrigaba con una manta.

Los sostenes color carne, muy abiertos, dando juego a los saltos que su risa suelta les imprimía. Mis ojos quedaron fijos en su ritmo, en el pezón izquierdo que asomó al tiempo que su mano derecha lo embutía de nuevo bien que mal en su sitio, hasta que otro ataque de risa lo hiciera aparecer. Soy consciente, ahora al escribirlo, que mi mano derecha cogió mi teta izquierda por debajo de mi blusa y, no estoy muy segura, de que mis dedos no pinzaran mi pezón. Los chicos, la verdad es que no me fijé, imagino lo que se estarían pinzando…

Me tocó sacarme la blusa. Un sujetador negro, prieto, un ligero bordado allí donde ya no era importante tapar o dejar al descubierto. No me avergonzó. Pude sostener la mirada de los chicos. Más tarde fue la falda. Braguitas pantalón. Me he sentido atractiva, más segura de mí. No hay necesidad de enseñar todo para ser atractiva, quizá lo contrario. Mi madre es guapa, muchos la miran en la iglesia y ella sigue hierática. No sé que pensaría de esto, al verme así. Quizá que no debieran haber ido al Liceo. No sin mí. Pero no me arrepiento.

Quedamos en acabar máximo a las ocho. Tiempo para una última mano. Bragas o sostén pensaba yo. Perdí tontamente y empecé a bajarme las bragas. Gloria y Ernesto fueron más rápidos aportando una prenda cada uno. Falda y calzoncillos. Gloria sin bragas; Ernesto también. Mi heroicidad quedó anulada. Mis braguitas bajadas justo hasta el pelo pubiano. Nadie pendiente. Las subí de nuevo al tiempo que, aún no sé porqué, una lágrima resbalaba por mi mejilla izquierda hasta morir en mi pezón.

Papá y mamá llegaron con ganas de comer un bocadillo. Y me pillaron en bragas.

 

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