EL CEREBRO.-

 

Lo que más me sorprende de la muerte es la poca huella de vida que deja tras de sí, como si lo arrastrase todo con ella. 

Esta es la impresión que siempre recibo cuando alguien a quien he estado unida muere, se aleja de mí físicamente, cuando su estructura material desaparece.

A la larga me doy cuenta de que lo único que permanece vivo son sus pensamientos porque solo sus pensamientos y los sentimientos originados por ellos pueden guardar la esencia de aquel que supo trasmitirlos

Y me pregunto: ¿Por qué tenemos tanto empeño en descartar lo que no podemos detectar con nuestros sentidos cuando lo sentimientos es en verdad lo único que trasciende.? Sentimientos que después vuelven convertidos en recuerdos. 

Estos recuerdos no se pueden ver, ni oler, ni tocar ni gustar pero sin embargo ellos son lo único que queda de la persona que se fue, porque aunque las pertenencias del muerto sobrevivan también desaparecen con el tiempo. Yo creo en mas allá de lo que veo...

Sé que se necesita un cerebro para emitirlos, pero aunque este emisor sea algún día polvo y cenizas las ondas emitidas seguirán vibrando en mí. Creo que las ondas están en alguna parte, siempre esperando al  receptor que sepa captarlas y lanzarlas a su vez. 

Esto refiriéndonos al plano físico que es lo único que conocemos, pero en otra dimensión quizás no haya necesidad de contar con receptores y emisores, quizás todo sea pensamiento puro.

El pensamiento trasciende a la vida misma, pero solo surge a partir de una forma muy diferenciada de ella. Es como si necesitáramos el medio para llegar al fin. Conocemos el medio pero no lo suficiente para saber cual es el fin. Quizás este sea el motivo de nuestra existencia: averiguarlo. Si no lo intentamos quizá también la vida sea inútil.

Dicho de otra forma: sin cerebro no hay conciencia pero la conciencia no es el cerebro.

GLORIA CORRONS