Bufo tenía solo 34 años pero aparentaba tantos como si todas las responsabilidades habidas y por haber de toda su familia hubieran recaído en él. Totalmente calvo, tez grisácea y con una serie de señales parecidas a las cicatrices de una pasada lepra. Era seboso todo él y obeso en sumo grado. Corto de talla, pero robusto. Caminaba con suma lentitud y su aparente enormidad era imponente. Siempre sudoroso él. Sin embargo emanaba una cierta majestuosidad, incluso solemne en su movimientos.

Tenía los ojos saltones faltos de ceja y un enorme boca que al sonreír enseñaba lo que podía haber sido su dentadura. Una nariz aplanada, que daría envidia al mas veterano de los boxeadores de color. Cuello muy corto y pegado al tronco de tal forma que para mirar de un lado a otro tenía que mover casi todo su cuerpo. A pesar de su apariencia, era un ser bondadoso y con un estricto sentido de la familia. Y un muy buen deportista, por lo menos a lo que se refiere a lo acuáticos era un nadador nato. El y su familia tenían su vivienda junto al río, refugio en donde vivan él y su familia durante la primavera y el verano, trasladándose durante las épocas de frío al más cálido o menos húmedo interior de país.

Dicen que Dios los cría y ellos se juntan, pues bien, su mujer tenía un parecido asombroso a su marido, pero pusilánime, todo lo contrario de su marido. Él era el patriarca. El organizador. El gran trabajador, no obstante era el varón más comprensivo y justo de la vecindad. Su profunda voz irradiaba mando y decisión.  A pesar de la lentitud de sus movimientos, su actividad era incesante y hacía trabajar as su prole de sol a sol. Consideraba que todo el que vivía bajo su techo tenía la obligación de participar, por lo menos hasta que no se independizara y construyera su nuevo hogar.

En fin, esta es la descripción que hago de mi amigo Bufo. Desgraciadamente me notificaron ayer que el pobre murió aplastado por un camión la semana pasada. Pero ya se sabe que los sapos son muy lentos cruzando la calzada.