GRAN MADRE       

Aun estaba es el útero de Gran Madre, pero ya podía palpar la gran sensación. Faltaría muy poco para desprenderse de Gran Madre, si bien el momento, el gran momento llegaría de una forma no anunciada, súbita, pero suave y sin dolores, incluso podría decirse que placentera. El único sufrimiento era esa incertidumbre del momento.

Al atardecer, llegó ese gran momento, en el que de una forma gradual, pero firme, se desprendió de Gran Madre. Lenta pero definitivamente. Una Gran Madre que desaparecería de su vista desde este momento y para siempre. Pero sin despedidas ni nostalgias. Sin tristeza. No se podía permitir ese lujo, puesto que era consciente de lo efímera que iba a ser su vida: segundos, quizás algunos minutos incluso, pero no más.

Pero no por efímera menos intensa. El viento le enseñó a bailar y el sol poniente la vistió de intensos colores irisados, colores que serían la envidia, eso sí, también efímera de aquellos quienes la iban a recoger en su destino. Nunca volvería en esta vida, a tener sensación de libertad, de poder acariciar el infinito, de solazarse en el ruido del silencio. Por otro lado sabía que no iba sola, pero dadas las circunstancias, ella era ella y no las demás. No había tiempo. Había que ser egoísta, ya que no quería compartir la belleza de la nada y del todo con nadie.

Poco a poco se iba perfilando lo que iba a ser el fin de esa vida y digo esa puesto que también era consciente de que ese fin iba a ser, con ciertas vicisitudes el comienzo de otra, si bien algo más lenta, no menos emocionante, mediante la cual volvería al útero de otra Gran Madre.

Por fin llegó el momento. A gran velocidad. El gran momento del final y del principio. El estallido fue patético y su vestido del color del arco se pulverizó en miles de gotas de colores, que fueron absorbidas cariñosamente para proporcionarle el inicio de su nueva vida. De otro ciclo, la vuelta al infinito finito. La nueva libertad.

Tony Bonne

San Cugat del Valles 26.08.1994