El camino era largo y estaba ya muy cansado, pero me quedaba aun mucho por recorrer o al menos así lo creí. Todo el trayecto, en unas noches amaneceres y atardeceres sin fin. Nunca de día, cuando podría ver con claridad. La iluminación de la que yo disponía era mas que precaria y cualquier movimiento luz o sonido inesperado me sobresaltaba e inexorablemente, no sé porque, lo evitaba, incluso huía de el. No sabría precisar si se debía al cansancio, ya casi veterano o el miedo aun en ciernes a lo desconocido del camino aun por recorrer. Estos factores unidos a la incógnita de que si valía la pena seguir, aun sabiendo que existía la posibilidad del reposo, hicieron nacer en mi unos pensamientos cada vez más insistentes como para claudicar en mi propósito. Casi; o sin casi; definitivamente.

  Aun y así, intente no desfallecer y seguí, tratando de no salir del camino, sin luz, pero con los últimos vestigios de esperanza.

  De cuando en cuando aparecían en el horizonte unos débiles destellos, a los que en principio no les di demasiada importancia. Hasta el miedo y el cansancio se habían congelado, circulando hacia adelante como un “zombie”. Sin embargo aquellos destellos se acentuaban paulatinamente e incluso parecían acercarse a mí. Inexplicablemente no apareció el temor, sino mas bien una cierta curiosidad, ya que se trataba de una luz diferente a todas aquellas percibidas durante todo el trayecto. Esta curiosidad iba en aumento en proporción a la velocidad en que se acercaban aquellos misteriosos destellos, los cuales a pesar el incipiente amanecer, eliminaban su tímida luz naciente con aquella misteriosa luminosidad. Al fin tuve que aminorar la marcha puesto que ya su intensa luz me deslumbraba de tal forma que solo veía formas y no camino. A pesar del calor que reinaba en aquellos días, un extraño frió acaricio mi espalda. Un escalofrio inesperado pero esperado. Un temblor sin razón aparente.

  Al fin tuve que parar. Y lo vi. Y los vi. Mi corazón palpitaba de no s e que tipo de emoción. Era algo sobrecogedor. Era un temor alegre, casi feliz, hacia lo desconocido, pero tan esperado por conocer.

  Eran tus ojos.

Tony Bonne

San Cugat del Valles 28.8.1994