NUEVA YORK

Nueva York. Una tarde cualquiera de cualquier mes, a la hora punta, las cinco de la tarde, las enormes oficinas se vacían de gentes que rápidamente inundan las calles como ríos humanos que se desbordan. Miro a mi alrededor, a mi lado esperando impacientemente que la luz roja del semáforo cambie, veo a un ejecutivo enfundado en una larga gabardina y su inconfundible maletín gris en al mano, un poco más allá una modelo de color, alta y esbelta, elegantemente vestida y a su lado un judío ortodoxo de largos tirabuzones negros colgando bajo el ala ancha de su sombrero. Un par de hispanos de oscura tez hablan entre ellos en un español dudoso, más atrás un chino ataviado a lo occidental, un irlandés de pelo rojo y una mujer rubia cuyos pómulos prominentes delatan su origen eslavo. En frente, en la otra acera, un ruidoso italiano gesticula sin parar en un inglés pintoresco con acento de Calabria y detrás suyo un árabe le mira con rostro impenetrable...y entre todos ellos, yo, con mi portafolio de dibujo en la mano y sobre todos nosotros un verdadero bosque de cristal y de acero...los rascacielos, bellísimos, impresionantes, únicos...

Acababa de llegar a Nueva York...me habían contado que era una ciudad multitudinaria, sucia, ruidosa y poco educada, pero nunca me habían contado que era una de las más excitantes, coloridas y bellas ciudades del mundo y eso es lo primero que me sorprendió al verla por primera vez, pero no fue la única sorpresa, aquella misma mañana un vendedor callejero de hot-dogs, me había dicho mirando mi portafolio: le deseo que venda mucho hoy.. La gran manzana, como se la conoce familiarmente a Nueva York resultaba ser una ciudad humana y solidaria con los extranjeros que la visitaban. Y esa fue la mayor sorpresa.

Caminaba Quinta avenida arriba rumbo a mi hotel. Estaba cansada de mi primera jornada de trabajo, pero también contenta, había llegado allí con la intención de vender mis diseños y había comenzado con buen pie, porque ya había vendido uno el primer día .- el deseo del vendedor ambulante me ha dado suerte .- pensé .-

Las lujosas tiendas a ambos lados de la calzada exhibían sus escaparates donde todo parecía darse cita para deslumbrar al viandante. Tras las amplias vitrinas de cristal los más famosos modistas franceses e italianos competían entre sí, exhibiendo sus más exclusivos modelos, las numerosas librerías mostraban excelentes libros, y sobre todo las joyerías más renombradas del mundo mostraban también sus preciosas gemas, aunque no sus precios ...

Saint Patrick catedral me sorprendió de pronto, no es usual encontrar una exacta copia de una catedral gótica en un país donde todo es tan nuevo. Resultaba un tanto extraña recortándose sobre los altos edificios que la rodeaban, parecía como si aquel no fuera su verdadero lugar y sin embargo allí estaba...no pude resistir la tentación de entrar y en su interior encontré un fresco y tranquilo refugio... al volver al exterior el bullicio y la agitación me devolvió de nuevo a la realidad. Seguí caminando en dirección a mi hotel...

En los siguientes días me di cuenta de que Nueva York era algo más que la isla de Manhattan y aunque creo que es una de las pocas ciudades en las que me hubiera gustado perderme, me di cuenta también de que era casi imposible perderse en Nueva York... ninguna otra ciudad en el mundo podía estar urbanizada de un modo más simple. Las calles estaban numeradas de norte a sur y el corazón de la ciudad era la Quinta avenida que la dividía en dos partes: este y oeste...arriba y abajo. Pronto advertí, entre otras cosas, de que no solo hay rascacielos en Nueva York, sino que también existen vecindarios residenciales con casas que guardan todo el encanto de sus primitivos fundadores llegados de Londres y de Amsterdam y que entre las magnificas casas coloniales de los ricos y las casuchas de los más pobres existía solo la frontera de una calzada. Se podía pasar de la riqueza a la miseria, en solo breves minutos a pie. Todo un cambio en una ciudad de cambios constantes.

No puedo negar que al principio me asaltaba cierto nerviosismo...la reputación de violencia y de crimen se ha convertido casi en leyenda para el visitante primerizo y me di cuenta de que la miseria también existía en la deslumbrante ciudad... calles desoladas con casas ruinosas y mendigos hurgando entre las basuras... el problema ahondaba en su cara más oscura, la pobreza, pero enseguida advertí que los neoyorquinos no la ocultan, aprenden a vivir con ella, y simplemente evitan pasear por ciertas zonas, a ciertas horas...yo hice lo mismo.

Como todo buen turista visité todos los lugares que recomiendan las guías turísticas. Rockfeller Center, con sus multinacionales internacionales, símbolo del poder y del dólar... Times Square y Broadway donde los mejores teatros y cines conviven con las salas pornográficas de la vecina calle 42... Me pasee por la Gran Central Station, la mayor estación de tren mundo: (66 líneas de ferrocarril en el nivel superior y 57 en el inferior) invadida cada tarde por cientos de miles de neoyorquinos que cogen el tren para regresar a sus casas suburbanas, (porque el neoyorquino medio trabaja durante el día entre el asfalto y el acero, pero descansa por las noches entre jardines y flores) y también venciendo mi claustrofobia, subí al ascensor que me elevaba a lo alto del Empire States. ((toda una experiencia, en menos de un minuto el ascensor llegó hasta el piso numero 80, justo el tiempo de contener el aliento y desbloquear nuestros oídos, antes de coger otro ascensor hasta el piso 86 a 1050 pies del nivel del suelo) Menos mal que desde allí la impresionante vista de la ciudad recompensó el mal rato... Pero cuando subí (esta vez a pie) por la angosta escalera de caracol en el interior del brazo de la Estatua de la Libertad y llegué a la antorcha que ella sostiene orgullosa, casi llegué a odiar a la emblemática dama. También visite innumerables museos e hice diversos viajes gastronómicos alrededor del globo en los múltiples restaurantes de la ciudad, donde pueden saborearse exquisitos platos de todos los países del mundo.... Y por descontado compré todo lo que pude comprar, fascinada por la gran variedad de cosas que se pueden hallar en un lugar donde hay absolutamente de todo, por raro y extravagante que parezca ser... para terminar rendida sobre la hierba de central Park, el pulmón verde de la ciudad, mientras a mis oídos llegaban las palabras de Shakespeare recitadas por un aficionado al teatro..

Más adelante, a medida que me familiarizaba con la ciudad, aprendí a recorrer sus calles un poco al azar, dejando que estas siguieran sorprendiéndome, y mis paseos me llevaron a lugares muy distintos... Visité la comunidad china y vi a chinos muy pobres en sus calles, que entendían ingles muy dificultosamente, seguían hablando chino a sus hijos, y leían en sus propios periódicos noticias de Pekín y no de Washington. (Llamar por teléfono desde una cabina en forma de pagoda, fue una nueva sorpresa).

La curiosidad me llevó también al antiguo mercado judío fundado en el siglo pasado donde se podía comprar desde joyas, vestidos y objetos religiosos hasta cuadros, carne y verduras...y después a Little Italy, el barrio de los italianos, que en contraste con las otras dos comunidades étnicas, se había convertido en un centro turístico y las casas habían sido restauradas para ser transformadas en elegantes restaurantes que ahora ocupaban los lugares de las pequeñas trattorias de antaño.

Los neoyorquinos decían que Greenwich Village, el famoso barrio de la bohemia, ya no era lo que fue. Muchos de sus artistas, que ya podían seguir pagando los alquileres en el sofisticado village se habían trasladado al antiguo distrito industrial del Soho donde ahora ocupaban los almacenes de las fábricas. Pero a pesar de ello, el Village con sus calles llenas de árboles y sus pequeños restaurantes con velas encendidas sobre los manteles a cuadros de sus mesas, me pareció un lugar lleno de encanto, ideal para enamorarse..

.- Si no has visto Harlem no has visto Nueva York, me habían dicho, añadiendo .- pero no debes ir sola, o con un grupo demasiado numeroso, tampoco debes llevar joyas y sobre todo nunca una cámara fotográfica.- Tuve suerte y visité el barrio de la gente de color acompañada de un amigo de color. A su lado todos me aceptaron con indiferencia, si él me aceptaba, ellos también... Mi compañero me explicó que los negros habían comenzado a moverse hacia allí en 1910, el principio de la era del jazz, cuando Nueva York era para los ex-esclavos provenientes del Sur de los Estados Unidos, la tierra de la libertad prometida. El sueño fue muy breve, los alquileres subieron desorbitadamente y sus habitantes incapaces de poder pagarlos y obligados a abandonarlos, terminaron por incendiar sus propios hogares como única manera de conseguir un lugar cálido donde dormir en las frías noches de invierno. Pero algunos de los edificios seguían allí, como oscuras sobras al borde del colapso y algunas de sus calles a pesar de su evidente deterioro conservaban aún reminiscencias de un pasado mejor.

En la parte este de Harlem comenzaba el dominio de los portorriqueños, donde todo parece más pertenecer al Caribe que a los Estados Unidos, pero nosotros no fuimos más lejos y terminamos el día sentados frente a las ventanas River Cafe, al pie mismo del puente de Brooklynn, uno de los muchos puentes que unen entre sí las diferentes islas de la ciudad, contemplando fascinados como las innumerables ventanas de los enormes rascacielos se iluminaban poco a poco hasta convertirse en oscuros gigantes de ojos brillantes que nos contemplaban a nosotros..

Después de aquel primer viaje, volví a visitar a Nueva York muchas veces y cada viaje me deparó nuevas sorpresas, porque en Nueva York todo es excesivo y sorprendente, incluyendo el clima: demasiado caluroso en verano, demasiado frío en invierno.... Recuerdo a menudo las sirenas de los bomberos rasgando el descanso de la noche con sus alaridos, los chorros de vapor caliente surgiendo como por arte de magia del suelo de las calzadas, los vagones el metro camuflados debajo de toda clase de pinturas de colores y a lo neoyorquinos moviéndose por sus calles más deprisa que los propios taxis. Pero sobre todo siempre recordare la solidaridad, y la amistad que halle entre sus gentes, aquellos descendientes de los antiguos inmigrantes que no quisieron ir más lejos y se quedaron en Nueva York sentando raíces en esta ciudad pero preservando la cultura de sus países de origen. Una gigantesca amalgama de gentes diversas pero con un sello común, la variedad y la tolerancia.

Casi se me ha olvidado que en Nueva York también sufrí fracasos y desilusiones, e incluso a veces llegué a odiarla... pero volví a enamorarme de ella enseguida, porque también allí viví alegrías, éxitos y sobre todo muchas aventuras.

Una vez leí un cartel en el metro que decía así: Hay que estar rematadamente loco para vivir en Nueva York, pero hay que estar más loco todavía para no vivir en ella.  

Me pregunto si no será verdad.
                                                                                                       
GLORIA CORRONS

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