LA HISTORIA DE MI VIDA, INFANCIA

(Autobiografía de Gloria Corrons Sanchez)

PROLOGO

A los 14 años escribí en mi diario ….

Muchas veces he pensado que este diario sera como una especie de recuerdo de tiempo pasados y ya me imagino cuando sea vieja ojeandolo con deleite, si fuese así me permito saludar a la futura Gloria ancianita: ¿Qué tal chica? ¿cómo te va la vida?.

Y aunque yo no me considero vieja ni nunca me consideraré así, me imagino que a la adolescente que un dia fui podria parecérselo por la edad que ya tengo y por tanto no puedo resistir la tentación de contestarle desde la otra esquina del tiempo…

– Hola chica, la vida me va bien. Aunque no todo ha salido como lo habíamos planeado la hemos vivido intensamente y muchas metas se han cumplido. ¿no es eso es lo que tu querías cuando escribiste que lo importante era vivir en el presente?

Pero pienso que, aunque yo he podido leer su saludo a través de las páginas de un diario escrito hace muchos años, aquella Gloria adolescente no podrá leer ahora el mio a no ser que siga viviendo en mi interior.

INFANCIA

Me imagino que, ya que he tomado la decisión de escribir sobre la historia de mi vida, debería comenzarla por el principio Nací en Barcelona, en el seno de una familia en vías de recuperación tras una guerra civil que arruinó a mis padres, económica, física y moralmente y vine a este mundo un 8 de octubre a la una y media del mediodía aproximadamente cuando mi padre acababa de cumplir 40 años y mi madre tenía 37.

Puede decirse que llegué por pura casualidad, porque hacía más de quince que nació mi única hermana y ninguno de los dos me esperaba ya. Esta circunstancia acompañada de mis grandes ojos azules y mi aspecto de muñeca me convirtieron, para mi bien o para mi mal, en el juguete de la familia, una especie de regalo inesperado.

Me bautizaron cristianamente como en aquella época debía ser y me llamaron María Gloria, nombre con el cual siempre me he sentido identificada, aunque más tarde, al llegar a la adolescencia, eliminé el María, casi forzoso de las niñas nacidas en el católico régimen franquista y me quedé solo con Gloria. Bucear en los recuerdos de mi primera infancia sería como sumergirme en un pozo sin fondo que se hunde en el tiempo, sin embargo, no puedo pasar por alto tres imágenes que quedaron impresas en mi mente con fidelidad de cámara fotográfica

Yo, asomada en el balcón de nuestra casa del barrio de Sarria, donde la calle perdiéndose en la lejanía me hacía pensar si su final no sería también él límite del mundo. ¿Y quién podía haber hablado a una niña de tres años de los límites del mundo? ¿O era quizá una idea surgida de quien sabe que misterioso rincón de mi mente infantil? Sea lo que fuese el final desconocido de aquella calle era sin duda el final de mi propio mundo. ¿Quién dijo que los niños no piensan? La segunda imagen confirma la teoría de Freud sobre las tendencias sexuales desde la infancia: Yo estaba enferma en cama dando rienda suelta a una descomunal pataleta, mi madre al fin viendo inútiles sus esfuerzos decidió cambiar la fuerza por el ingenio y me propuso un juego que consistía en lo siguiente: el médico venía a ver al enfermo y tras haberlo examinado le recetaba un medicamento que debía curarlo. No recuerdo si el supuesto doctor logró conseguir sus propósitos, pero si recuerdo muy bien el extraño placer que sentí durante aquel extraño juego, que, si bien no podía ser sexual porque a los tres años se desconoce el sexo, si se le parecía mucho y le puedo decir ahora que si conozco el sexo bien. La tercera y última imagen fue ver caer una intensa cortina de copos de nieve tras los cristales de la galería de casa. Era la primera vez que veía nevar.

Estas tres imágenes son importantes porque marcan también tres acusadas características de mi personalidad: La curiosidad ante lo desconocido, el placer sensual y la magia que siempre me produce lo inesperado.

También quiero mencionar mi sentimiento de culpa encarnado en un pequeño perrito llamado Micky al que solo recuerdo por lo mucho que me han hablado de él y por haberlo visto viejas fotografías. Era una bolita de algodón con orejas negras y un ojo también negro Me contaron que casi murió de celos cuando yo nací y que sin embargo me defendía fielmente no dejando que ningún extraño se acercara a mi cuna. Tuvo un triste final, fue mordido por un perro callejero y mandado sacrificar por mi padre para mi seguridad. Mi madre y mi hermana lloraron su ausencia con tal tristeza que papá juró que nunca más volveríamos a tener otro perro en casa, como así fue. En el fondo y sin tener culpa siempre me sentí responsable de su mala suerte y ahora examinando los acontecimientos de mi vida a través del tiempo me doy cuenta de que aquella determinación paterna marco las relaciones con mi madre y mi hermana para siempre, porque inconscientemente jamás pudieron perdonarme haber sido la causa de aquella desafortunada decision.

Al poco tiempo y a medida que los negocios de mi padre prosperaban nos fuimos a vivir al mismo centro donde yo había fijado los límites de mi mundo. La nueva casa era más amplia y confortable que la anterior y desde sus ventanas se dominaba una espléndida vista al mar que desapareció años después engullida por una serie de altos edificios. Tras sus paredes vi transcurrir mi niñez, mi adolescencia y mi primera juventud.

Una vez instalados en la nueva vivienda mi padre tomó la determinación de que yo no podía pasar más los veranos en el ambiente asfixiante de la ciudad y compró una modesta segunda casa en Sant Cugat un pequeño pueblo en las afueras de Barcelona, pero como a los niños les encanta llevar la contraria yo no supe ser la excepción y pronto agradecí sus desvelos por mi bienestar enfermando en el saludable ambiente del campo y perdiendo allí completamente el apetito.

Mi padre angustiado, cerró la casita que tanto le gustaba y alquiló otra en la playa, en Calafell donde iba a pasar el verano su hermano Joaquín con su familia esperando que los baños de mar me harían recobrar la salud perdida. Así fue como comenzaron mis veraneos en distintos pueblos de la costa catalana y mi padre, que detestaba la playa sacrificó por mí sus vacaciones.

Mi hermana mayor María Ángeles tenía entonces 18 años y era tan bonita como las chicas topolino que salían en las portadas de las revistas, llamadas así por los zapatos de alta suela de corcho, único toque de esplendor a la década de los cuarenta, una época de penuria y falta de todo. Yo la admiraba en silencio deseando tener sus cabellos rubios y su figura esbelta y ella ignoraba mi silenciosa admiración entre otras cosas porque estaba demasiado ocupada con sus numerosos novios y admiradores que jugaban mucho conmigo para simpatizar con ella.

Nunca fui una niña delgada, pero creo que fue en el periodo entre los 6 o 7 años cuando empecé a engordar exageradamente. Ser gorda me convirtió en un ser distinto a los demás, más torpe, menos agraciada y sobre todo más cómica. La sensación de que se estaban riendo de mí cada vez que oía carcajadas es algo difícil de olvidar. Para aumentar mis desdichas mis dientes también se habían empezado a desviar hacia adelante y la hermosa niña se trasformó de repente en un pequeño monstruo gordo y dentudo. Así pues, cuando empecé a ir al colegio me convertí en una de las gordas de la clase (porque no era la única) y así fui rebautizada por mis compañeros, con esa sutil crueldad característica de la dulce e inocente infancia, porque los niños no aceptan a un ser diferente entre ellos y yo era más gorda, con eso bastaba. No es pues de extrañar que, al sentirme rechazada, mi sensibilidad se desarrollara proporcionalmente a mis complejos y supongo que nadie que recuerde su infancia tan claramente como yo, pueda clasificar de pueril esta infelicidad. Los niños a su manera sufren y no creo que sus propios problemas puedan clasificarse de pequeños, simplemente están reducidos a su mundo que es también pequeño. Quizás para protegerme contra un medio hostil me refugié en casa donde me sentía segura, al lado de mis padres que me adoraban y me daban todo lo que yo podía desear. Así pues, mi vida entre ellos resultaba completa y a pesar de mis miedos e inseguridades, en mi hogar yo me sentía feliz.

Y en mi soledad empecé a escribir. Escribía sin cesar, cuentos, novelas, poesías, diarios…el papel era mi confidente y la pluma el trampolín para sumergirme en otras vidas que yo deseaba vivir, porque en mis novelas las protagonistas eran hermosas, admiradas y valientes, no tenían miedo a salir a la calle y enfrentarse al mundo como yo. Escribí tanto que todos creyeron que yo había nacido para escritora y yo misma llegué a creérmelo, sin embargo, tras llenar cuartillas durante años un día me di cuenta de que ya no necesitaba seguir escribiendo, algo había ocurrido, fue el día en que comencé a vivir por mí misma todas las aventuras que había imaginado.

Pero no voy a empezar por el final, debo volver al punto de partida, a aquella niña llena de complejos que intentaba superar con su imaginación.

Siempre adoré a mi padre, creo que mi adoración comenzó en cuanto mi razón se despertó suficiente para comprender su presencia, el tono de su voz, el color de sus ojos extraordinariamente grises, la dulzura de sus manos fuertes y toda la bondad de su corazón lleno de amor hacia mí, hacia la pequeña que había llegado cuando nadie le esperaba y que un día me confesó tenía miedo de no ver convertida en mujer por sentirse demasiado viejo para tener otro hijo a los 40 años, una edad considerable desde la óptica de los años 50.

Mi infancia siempre estará ligada al recuerdo de la niña que se abrazaba al pijama de su padre colgado detrás de la puerta del su dormitorio cada vez que estaba triste y que lloraba con nostalgia junto al mar, mientras miraba las estrellas y oía la música de los bailes públicos de los chiringuitos de la playa sonando en la lejanía, porque los días en verano en los pueblos de la costa transcurrían siempre despacio esperando el fin de semana en que mi padre regresaba de la gran ciudad para reunirse con nosotras…

Adoraba a mi padre y él me adoraba a mí. Acudía a él cada vez que necesitaba consejo porque mi madre estaba siempre demasiado ocupada velando por mi salud y mis comodidades para preocuparse de esas cosas y él siempre encontraba un momento para escucharme y comprenderme

Mi padre tenía criterios amplios, yo escuchaba sus opiniones sobre todo lo que sucedía en aquel entonces en silencio y con admiración, grabándolas en mi mente y las haciéndolas mías para explicarlas después con aire de superioridad a mis amigas. Lo malo es que casi siempre le comprendía mal. Él solía decirme que aquel que sigue las normas de su religión con fe, sea ésta cual fuese podía salvar su alma y un día les comenté a mis compañeras de clase que mi padre consideraba a protestantes y budistas tan buenos como los católicos. Aquello fue la comidilla del colegio, supongo que si hubiésemos vivido durante la Inquisición a mí y mi familia nos hubieran quemado vivos en la hoguera. El incidente me mantuvo durante meses enteros en el más completo desasosiego y remordimiento porque supuso para mí haber traicionado a mi padre y yo no podía soportar la idea de que mi ídolo fuese mal considerado por los demás. Fue un peso insoportable en la conciencia que hasta me quitaba el sueño hasta que meses después me atreví a contárselo. Él se rió de mis preocupaciones y aquello me hizo recuperar la calma.

Eran los años de la posguerra civil española. Vivíamos en una época de gran intransigencia religiosa, los sacerdotes subían al púlpito de las iglesias para ensalzar las virtudes de la religión católica como la única vía posible para salvar almas y afirmaban rotundamente que todo aquel que estuviera fuera del catolicismo no merecía ser llamado hijo de Dios, tachándole de hereje y amenazándole con ser condenado a los infiernos para siempre. Era la época de las mangas largas, los cuellos cerrados y las mantillas en las cabezas de las mujeres para entrar en la Iglesias.

La religión católica debía evolucionar, se había quedado estancada en la edad Media, pero en nuestro país todos seguíamos viendo más o menos en ella, aunque nadie parecía haberse dado cuenta. España acababa de finalizar una guerra civil y los contactos con otros países eran nulos. Los gobiernos franceses, inglés y norteamericano indicaron oficialmente que el pueblo español no podría tener plena y cordial asociación con las naciones que vencieron al fascismo italiano y alemán. Así pues, Franco cerró sus fronteras y como único contacto con el exterior nació el noticiero informativo español NODO, que se exhibiría obligatoriamente en las salas cinematográficas antes de la proyección de las películas, para informar, entre comillas, a los españoles de los acontecimientos mundiales alternados con propaganda del régimen franquista

En la primavera el año 1953 se inauguró en Barcelona el XXXV Congreso Eucarístico Internacional, el primero que se celebraba desde el final de la segunda Guerra Mundial. Bajo el lema de “la Eucaristía y la Paz”. La ciudad se visitó de fiesta y recibió a los congresistas y al cardenal legado pontificio quien inauguró el Congreso. Muchos hombres y mujeres de otros países llegaron y llenaron las calles con los sonidos de otras lenguas y el colorido de pieles de diferentes colores. En el Congreso se estudiaron cinco diferentes aspectos fundaménteles del hombre como miembro de la familia, de la sociedad nacional e internacional y de la Iglesia desde el punto de vista de la sagrada escritura, liturgia, moral, teología, derecho sociología pedagogía, historia y arqueología. Yo no comprendía demasiado bien que estaba sucediendo, pero me parecía como si una puerta se hubiese abierto de repente a un mundo algo más amplio donde existían también otras gentes y otras costumbres

Una sola vez mi padre me decepcionó y debió ser solo una porque quedó grabada en mi memoria para siempre. Yo debía de tener unos nueve años y daba vueltas por las calles de Lloret de Mar, montada en mi nueva bicicleta cuando de repente tropecé con cuatro o cinco chicos y chicas del bando contrario (en todos los pueblecitos de la costa existía siempre un grupo de veraneantes con su correspondiente bando contrario, que era otro grupo de también veraneantes no afines) pasaron por mi lado uno tras otro lanzándome a la cara la terrible palabra, gorda y añadiendo aun un insulto mayor, dientes de caballo. Fue todo tan rápido que apenas si tuve tiempo a reaccionar. Cuando hubieron desaparecido salí huyendo de allí con toda la velocidad que pude imprimir a los pedales sin rumbo fijo y llorando como una loca, entonces vi a papá en el paseo de la playa mirando tranquilamente al mar, mi corazón dio un salto, él me ayudaría a soportar aquella pena, dejé la bicicleta en el suelo y corrí hacia él esperando un abrazo y unas palabras de consuelo, pero papá torció el gesto al verme y pude leer claramente en su rostro su contrariedad al verme llorar…él también me rechazaba…Probablemente mi padre tenía en aquellos momentos otros problemas suficientemente importantes que le impidieron ocuparse de los míos, y supongo que olvidó el incidente enseguida, sin embargo yo nunca lo pude olvidar.

Y en el colegio iba aprendiendo muchas cosas a parte de las que suelen aprenderse allí. Estaba situado en Pedralbes, la zona más elegante de la ciudad. Era un edificio grande y hermoso rodeado de jardines llenos de sol. El colegio era mixto, aunque guardando las debidas distancias, cosa lógica y normal en los años cincuenta. Las dos primeras plantas correspondían a las chicas y la tercera estaba reservada a los muchachos, todas las clases se daban por separados y también nuestros juegos. Ellos jugaban en el jardín de delante del edificio donde se erguía una alta y solitaria palmera y nosotras en el de atrás lleno de frondosos pinos. Sólo a partir del cuarto curso de bachillerato las clases se impartían conjuntamente

A los 8 años subí a la clase de 2ª elemental. El ascenso de clases daba una fantástica sensación de ir subiendo peldaño a peldaño la escalera de la cultura y la madurez. En los años 50 se estableció un nuevo plan de estudios con dos niveles: el bachillerato elemental y el superior ambos seguidos de una reválida para conseguir el título. También se establecía un llamado curso preuniversitario, con el que se accedía a los estudios superiores y divididos en dos ramas: letras y de ciencias. Esto nuevos bachilleres serian la mayoría de los hombres y minoría de mujeres de carrera del despegue económico de los años 60. Adornando aquel nuevo plan de estudios se añadió también una nueva asignatura: la Formación del Espíritu Nacional, en la cual y desde el punto de vista de los vencedores de la guerra civil española, se nos trataba de inculcar ciegamente a los jóvenes lo malos que habían sido los militantes de la izquierda y la virtud de los santos mártires de los militantes de la derecha. Supongo que fui una de las muchas y muchos que lo creímos. Yo solo había oído hablar de que durante la contienda en Barcelona la gente se moría de hambre y que la entrada de las llamadas fuerzas nacionales había sido una liberación para todos. Nadie parecía querer hablar de nada más, a lo menos los que había a mí alrededor, pero me imagino que con los estómagos vacíos cualquier otra ideología pasa a segundo término. Sin embargo, existía un punto sensible. En Cataluña nadie podía olvidar su origen… no se trataba de izquierdas ni derechas, aunque por tradición nuestra región siempre se había decantado por las ultimas, se trataba de nuestra cultura, nuestra historia, nuestras tradiciones, y sobre todo nuestra lengua.

Recuerdo esa clase más que ninguna otra, ya que aquel año el cambio fue aún más notable por tratarse también de un ascenso, no solo cultura, sino también físico: instalarme en la segunda planta reservada a las mayores. En el piso de abajo se quedó mi primera infancia para siempreMi nueva clase, tenía largas ventanas desde las que se veía el jardín que ostentaba la alta y solitaria palmera, tras los pupitres había también pequeños armarios roperos y al frente de ellos la mesa de la maestra, la señorita Ibáñez, una bendita mujer de unos cincuenta años que aparentaba al menos veinte más. Peinaba sus cabellos grises hacia atrás en un moño tirante y llevaba unas gafas de miope apoyadas sobre su nariz aguileña. Menuda y delgada, toda ella era la viva imagen de la solterona de siempre, ese curioso y triste ejemplar típico ejemplo de en lo que puede llegar a convirtiese el ser humano cuando es víctima de una sociedad patriarcal y machista donde la mujer es poco menos que nada sin un hombre al lado que la valore. La profesora estaba llena de buenas intenciones, aunque casi todas mal enfocadas y también tenía una sensibilidad a flor de piel que rayaba en la cursilería más infantil. En resumen, tenía todas las virtudes y todos los defectos esperados en una solterona clásica. Una de sus características era fomentar que nos acusásemos entre nosotras, pues de este modo se enteraba de todo lo que sucedía a su alrededor, así que en lugar de castigar a una alumna que revelaba la falta de otra compañera la premiaba por ello, lo cual provocaba que nos inventáramos incluso mentiras unas de otras para adquirir un puesto de privilegio ante sus ojos. Semejante comportamiento no incentivaba precisamente el compañerismo. Recuerdo especialmente el día en que le confesé a la chica que compartía mi pupitre la vergonzosa confidencia de que deseaba ser mayor para que los chicos me dijeran piropos. Mi compañera se levantó de repente dejándome prácticamente con la palabra en la boca y fue a contarle a la profesora lo que yo acababa de decirle. En aquella ocasión la señorita hasta se río un poco, cuando ya no se rio tanto es cuando le dijeron que yo me había alegrado de la muerte de sus padres (que se sucedieron con pequeños intervalos de diferencia el uno del otro dejándola perfectamente sola en el mundo.) Aquello hirió profundamente el alma de la pobre mujer que estaba desesperada y aunque yo trate de convencería de que no era capaz de decir algo así creo que ya no tuvo más confianza en mí. A parte de la señorita Ibáñez, esa época de mi vida escolar está llena de más agradables recuerdos: Excursiones, paseos a la montaña, concursos en los que se votaba a quien los Reyes Magos habían traído la muñeca más bonita y la gran innovación, escuchar clases culturales por la radio como complemento de la enseñanza, (una radio que jamás se oía bien). Sobre todo, recuerdo con orgullo haber ganado el premio a la mejor redacción de la clase, que consistió en una lámina grabada.

Mi afición a la literatura nació también sin duda gracias a mi padre gran aficionado a la lectura.

Desde muy niña tuve la suerte de tener acceso a buenos libros y a los 10 años ya leía todo lo que me venía en mano, desde novelas clásicas y de aventuras o historietas románticas y tebeos, que es como llamábamos entonces a los comics. Recuerdo especialmente unos de esto tebeos llamados “Floritas” concebidos especialmente para niñas y jovencitas. Era una lectura singular, agradable llena de fantasía y también algo de cultura y buenas costumbres, siempre desde el punto de vista de la moral de la época. Papa siempre decía que lo importante era que un niño tomase afición a la lectura y fue el que me regaló el primer ejemplar, desde entonces, como tantas niñas de mi generación, el “Florita” se convirtió en mi lectura preferida, valían 1 peseta y los compraba cada semana, los coleccionaba y encuadernaba. Tiempo después los heredó mi sobrina mayor y más adelante mi hija. El “Florita” era un tebeo atemporal porque reflejaba los sentimientos de las niñas de todos los tiempos.

Después de ganar el concurso escolar me convertí en el símbolo literario del colegio, mis redacciones eran siempre consideradas las mejores y mi futuro como escritora parecía asegurado. Solo me sentía segura de mí misma con la pluma en la mano porque mis complejos no me dejaban tener ninguna otra seguridad, sin embargo, era bastante alegre y creo que si no hubiese sido por mi gordura que me causaba tantos problemas hubiera sido completamente feliz. Fue entonces cuando me decidí a escribir mi primera novela que yo misma ilustré y encuaderné e incluso intenté vender sin conseguirlo, no por falta de éxito, pues le leyó toda la clase, sino por el dinero, yo pedía una cantidad módica, pero nadie tenía suficiente para comprármelo.

Haciendo gala de una retórica recargada y algo cursi propia de un aniña de mi edad, escribí en mi diario, estos curiosos y pensamientos: Hoy es un día memorable para mí, ya hace tiempo que mi mano no se dignaba coger la pluma para depositar ni siquiera cuatro letras en mi diario, pero hoy voy a abrirle el corazón confiándole mis sueños, esperanzas y deseos, penas, dolores y desengaños. En las últimas semanas pasadas la llave de mi castillo parecía vacilar, porque yo tengo un castillo en donde se encierran mis mayores aspiraciones y también poseo la llave, pero falta saber si puedo o no abrir la puerta. Hoy, la gracia de dios me ha iluminado haciendo renacer en mi pecho la esperanza de conseguir mis anhelos, e iluminada de nuevo por la fe, he vuelto rasgar mis cuartillas y a depositar en ellas el fruto de mi imaginación, la cual es la llave de ese castillo soñado que tanto deseo… y he escrito con afán y sin tregua ninguna con el anhelo y la esperanza de que al finalizar mi libro el público lo conocerá y de boca en boca mi nombre se repetirá hasta llegar a los rincones más apartados de la tierra, de esta manera la llave abrirá la puerta, ¡esa gran puerta! que tantas penas, sufrimientos y desengaños causa antes de poderla abrir y una vez dentro del castillo la fama me sonreirá y yo dedicaré mis libros escritos con ternura y amor a ese público al que tanto amo y tanto me gustaría que mis obras fueran amados por él. Mis 11 escasos años no me permiten tener mucha experiencia en la literatura y no conociendo aun la verdadera y amarga realidad de la vida me limito a expresar por medio de mi libro las alegrías y las penas de una niña de mi edad. En esto consiste mi libro, sencillo es, pero creo que llegará a penetrar hasta el corazón emocionándolo con este relato. Si por el contrario mi libro fracasara, yo volvería a intentar abrir de nuevo la puerta de mi paraíso sin desfallecer, con constancia y esperanza y con fe, mucha fe porque ella es el verdadero remedio para no fracasar.

Dentro de las rebuscadas expresiones propias de mi corta edad hay una clarividencia sorprendente y hasta sabiduría ¿cómo podía yo saber tanto habiendo vivido tan poco? Quizás alguien me había dicho algo parecido y yo lo transcribía, pero creo que las ideas eran genuinas y yo ya sabía entonces que solo la perseverancia y la confianza en uno mismo puede lograr abrir ese castillo que cada uno forja en su imaginación. Fue una lástima que poco a poco fuese olvidándolo y me apartase del camino hacia el castillo de mis sueños…

Pronto descubrí también mi afición por el piano y mi padre se apresuró a comprarme uno.

Mi abuelo había sido un destacado estudiante de este instrumento en el Conservatorio del Liceo de Barcelona y papá se sintió conmovido por mi inclinación musical que dedujo era probablemente heredada. Empecé a tomar clases privadas en el mismo colegio y desde entonces el piano me acompañó durante el resto de mi infancia, mi adolescencia y parte de mi juventud. Me refugiaba en la música para mitigar mis problemas y aunque no estudiaba mucho las lecciones, inventaba pequeñas y sencillas canciones. De este modo canalicé mi herida sensibilidad. Mi primer debut musical fue en una conferencia sobre música clásica que tuvo lugar en el colegio; los alumnos comentaban las vidas de los grandes compositores y los estudiantes de piano interpretábamos alguna de sus obras. Fue una gran experiencia porque tuve que tocar delante un público y yo era muy tímida, pero los aplausos me emocionaron.

Uno de los más terribles recuerdos que guardo del colegio de la época de patito feo sucedió durante la fiesta de fin de curso. Mis padres me habían apuntado a la clase de danza con la remota esperanza de que el ejercicio me ayudase a adelgazar, no me faltaba ritmo para el baile, pero existía un inconveniente, yo era, repito, gorda, y por mucha gracia que tuvieran mis movimientos al bailar, ¿qué gracia puede tener una gorda bailando? Desentonaba de las demás, aunque las demás bailasen mucho peor. Me agruparon con dos niñas que tampoco eran «normales,» ya que la una era larguirucha y desgarbada y la otra tan gorda como yo, pero eso sí, a mí me dieron el papel de figura principal del grupo de las discriminadas, (lo que quiere decir que dentro de la torpeza del conjunto yo era la menos torpe de ellas). Todo un consuelo. Para colmo de desdichas, los trajes asignados para la ocasión eran también horribles, aunque yo creía estar preciosa, al menos eso me hicieron creer mis buenísimas compañeras que me aseguraban estar deslumbrante. La verdad la descubrí en los ojos de mi padre cuando el día de final de curso le pedí que me hiciera una fotografía, estaba segura de que él, aunque parco en elogios, ya que su lema era: «lo que cuenta es la inteligencia y no la belleza», confirmaría lo guapísima que estaba, pero mi padre hizo un gesto ambiguo con la cabeza como toda respuesta y de repente yo comprendí la amarga verdad, que estaba espantosa y que iba a hacer el ridículo, como así fue.

Después de la actuación padres madres y amigos de los asistentes hicieron comentarios y aunque no pude oírlos estos debieron de ser despiadados a juzgar por las compungidas caras de mi familia. Mi madre estaba especialmente desolada: Su futura consuegra le había dicho con toda naturalidad que yo no cambiaría nunca y siempre sería tan gorda como entonces. Se me olvidó decir que desde luego mi padre no me hizo la foto.

Aquello terminó con mis clases de danza. Desconsolada continué con mi obligada parada de vuelta del colegio en la pastelería Foix, uno de los establecimientos más emblemáticos de Sarriá, donde siempre me compraba unos maravillosos caramelos de chocolate y nata envueltos en papel dorado o plateado. Aquella dulce parada me ayudaba a olvidar mis complejos y por otro lado los aumentaba acumulando más grasa en mis piernas y mis caderas.

Paralelamente a estas anécdotas, mi padre y yo seguíamos muy unidos. Poco a poco él iba haciéndome descubrir Barcelona, la ciudad que tanto amaba. Nunca olvidaré aquellos domingos por la mañana en que solíamos salir juntos muy temprano mientras el tibio sol de invierno nos hacía cosquillas en los ojos y calentaba nuestro corazón lleno de ternura el uno por el otro. Recorríamos viejas callejuelas o visitábamos museos juntos, él siempre con su inseparable maquina de filmar en la mamo . A papá le gustaban filmar especialmente las barrios y las iglesias antiguas, rebosantes de historia por los poros de sus piedras, que a él le gustaba acariciar furtivamente. Solía decir que se sentía más a gusto rezando en un lugar donde miles de personas ya desaparecidas habían rezado antes y yo, a mi vez, me sentía inmensamente confiada a su lado mientras la luz penetraba por las vidrieras de las góticas ventanas rompiendo la penumbra interior en tonos de colores. También nos gustaba pasear a orillas del puerto mirando los barcos anclados en el muelle, hasta que se despertaba una sensación de sano apetito en nuestros estómagos que nos recordaba invariablemente que era hora de ir a buscar a mi madre para ir a Misa y comer después los tres juntos. La comida del domingo era especial. A mi madre no le gustaba cocinar, pero aquel día se esmeraba un poco más y en lugar del consabido bistec diario con patatas y verduras, (pues la imaginación culinaria no la caracterizaba precisamente) preparaba una paella, tallarines o un fricandó, para rematar el exquisito menú papá compraba siempre una bandeja de dulces variados en la pastelería. Así pues, aquellos domingos para mí siempre tuvieron sabor a chocolate y azúcar, olor a incienso de iglesia y un intenso perfume de algas marinas

Mamá casi nunca nos acompañaba en nuestros paseos, ella prefería quedarse en casa durmiendo hasta más tarde. Mi padre era madrugador y ella trasnochadora, pero, aunque sus biorritmos no coincidían, esto nunca pareció ser un motivo de discordia entre ellos. Aunque a veces discutían no eran discusiones demasiado importantes, creo que el mérito principal se debía a mi padre que era una persona paciente e inteligente había aprendido a aceptar a su pareja tal y como era. No sé si sus relaciones fueron siempre así, de todas formas, si antes había sido diferente yo nací demasiado tarde para vivirlo. Creo que nunca he vuelto a sentir aquella gran sensación de paz, serenidad y confianza de nuestros domingos por la mañana. Él me enseñó a observar, aprender y disfrutar de cosas que quizás yo nunca hubiera llegado a conseguir por mí misma: El colorido de una acuarela que se vendía al mejor postor en una subasta de cuadros… los comentarios y el bullicio de los coleccionistas que se apiñaban en la Plaza real intercambiando y vendiendo sellos… el vuelo de las gaviotas sobre un mar en calma inundado de sol… el calor que despedían las paredes de las casas señoriales del Barrio Gótico exhibiendo orgullosos viejos escudos de piedra… la emoción de escuchar las notas de un piano en el Palacio de la Música pulsadas por las manos de un famoso pianista…la curiosidad y respeto de observar los últimos descubrimientos hallados en las excavaciones de la ciudad romana…y sobre todo el colorido de las paradas de flores de las Ramblas que él amaba intensamente porque había nacido en una calle tocando a la fuente de Canaletas, la más emblemática de la ciudad y todo ello quedo inmortalizado para siempre en el celuloide de su maravillosas películas, porque mi padre siempre fue un artista que utilizaba su cámara con la destreza de un pintor sobre un lienzo.

Mi abuelo José Corróns Gutiérrez

había sido dueño de la tienda de óptica más antigua de Cataluña, fundada en 1840 por mi supuesto tatarabuelo Luis Corróns, que a parte de su negocio se dedicaba a recorrer Cataluña con sus dioramas, (espectáculo precursor del actual cinematógrafo y que consistían en varias escenas pintadas sobre telas representando paisajes o ciudades, superpuestas e iluminadas de tal modo que daban la sensación de realidad) Alguien escribió en uno de los periódicos de aquella época, que la Óptica del Sr. Corróns era una tienda de ensueños, su sucesor fue también un espíritu inquieto que importaba desde los Estados Unidos fonógrafos de la marca Edison y que después vendía en su tienda y también cámaras y aparatos Veráscope para visualizar fotografía estereoscópica. Fundó el primer estudio de grabación de cilindros de cera en Cataluña, donde se grabaron las voces de los cantantes y músicos más famosos de la época. Además de su propia voz y la de sus hijos, mi abuelo nos dejó en herencia un magnífico testimonio de principios del siglo XX en fotografías cuyo merito no se limita a su antigüedad sino a como supo captar todo lo que le envolvía, inmortalizando generaciones que, sin el objetivo de su cámara, siempre atento y espontáneo, no hubiesen dejado huella.

Los tres, padre, hijo y nieto siguieron los mismos pasos unidos por una misma vocación: el arte, con la sola diferencia de que mi tatarabuelo imaginaba, mi abuelo fotografiaba y mi padre filmaba, pero todos atraparon el tiempo en el interior de los dibujos de sus láminas pintadas, de las placas de vidrio de sus fotografías y del celuloide de sus películas. Atrapar el tiempo parece haber sido una tónica constante en la familia porque yo también intento ahora atraparlo en mis memorias, perfilando así mi sueño de inmortalidad, están escritas para mi hija pero quizás sean algún día también sean valoradas como una crónica en el tiempo.

La historia de mi familia paterna me fascinaba y me llenaba de orgullo: Según papá me había contado, mi abuelo se quedó viudo muy joven con tres hijos muy pequeños a su cargo, lo que le decidió en un momento de desesperación a volver a casarse con la niñera que los había visto nacer, Según el mismo escribió en su Diario que afortunadamente se ha conservado: No me impulsó ni el amor, ni la belleza, ni el dinero, solo la seguridad para mis tres pequeños.

Aunque yo puedo comprenderle, no todo el mundo lo entendió así entonces. Mi bisabuela materna, Sra. Boniquet, dueña de una lujosa tienda de objetos de arte en la calle de Fernando una de las más elegantes avenidas de la ciudad de la Barcelona de finales del siglo XIX, jamás se lo perdonó y le desheredó a él y a toda su familia. Así pues, mi padre tuvo que labrase un porvenir, ya que, según la tradición catalana, la tienda de óptica de mi abuelo la heredó el hermano mayor Joaquín. Se asoció entonces con su hermano menor Antonio y como buen hijo de comerciantes por herencia y por vocación, dedicó media vida a su negocio de termómetro industriales. Cuando ya éste empezaba a prosperar estalló la guerra civil y los rojos, como así llamaban a los del bando contrario a los nacionales, incendiaron la empresa que había comenzado a remontar (de hecho prendieron fuego a la iglesia construida al lado pero las llamas alcanzaron todo el edificio y mi padre tuvo que volver a comenzar desde el principio) Yo le admiraba profundamente por ello y también porque intuía un pasado oscuro y romántico junto a mi madre del que ninguno de los dos casi nunca hablaba, pero que poco a poco fui descubriendo. En el año 1951 hice mi primera comunión que se suponia debia de ser uno de los días mas importantes de mi vida segun decian todos,pero yo siempre recordare ese año por otras razones menos espirituales,

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A parte de nuestros paseos dominicales por Barcelona papá y yo también participábamos de otras aficiones. En el año 1951 se celebraron los campeonatos mundiales de hockey sobre patines. Mi padre había sido un gran deportista en su juventud y no nos perdimos ningún partido. Recuerdo el colorido del estadio, las jugadas maestras de los componentes del equipo, y la pasión de los aficionados cuando ganamos el campeonato contra Portugal, nuestro más temible adversario. Aunque nunca fui demasiado amante de los deportes, (recuerdo que mis compañeras de colegio eran fans del club de fútbol Barcelona y coleccionaban las fotografías de sus jugadores favoritos, afición que yo nunca compartí con ellas) si llegué a apasionarme por el jockey sobre patines.

A mi padre le hubiese gustado que yo hubiera practicado algún deporte, en especial la natación, para la que yo tenía muy buenas aptitudes, pero mi madre me lo impidió, por aquel entonces no había demasiados clubes para practicarlo, y los que había estaban situados demasiado lejos de nuestra casa, ir a entrenarme un par de veces a la semana hubiera significado levantarme mucho más temprano para ir después al colegio y a mamá le pareció demasiado sacrificio para practicar un simple deporte. Mi padre cedió y fue una lástima porque posiblemente mis problemas de peso hubieran desaparecido y yo hubiese adquirido una disciplina que he estado buscando toda mi vida sin poder encontrarla.

A pesar de algunas diferencias de opinión mis padres y yo formábamos un triángulo muy unido. Los días de fiesta los pasábamos siempre juntos. Después de comer solíamos ir a un cine de barrio al lado de casa donde casi siempre daban películas de amor o de aventuras. Papa y yo éramos los primeros en salir, ambos caminábamos despacio para darle a mi madre tiempo a alcanzarnos y nos deteníamos en su espera junto a la antigua estatua de San Vicente patrón de la paciencia, que se erguía silenciosa sobre una fuente en medio de una plaza que se llevaba su nombre y que nos venia de camino. Cada vez que esperábamos a mi madre para ir al cine papá solía decir bromeando que en las constantes esperas, tenía más paciencia que el mismo san Vicente.

Una vez en el cine, abarrotado de niños, padres y adolescentes disfrutábamos de la película como quizás no he vuelto a disfrutar de ningún otro espectáculo en mi vida. No importaba que las sillas fuesen incomodas, que la gente hiciese ruido y que gritase cuando los protagonistas se besaban (cosa poco frecuente pues la censura se encargaba de hacer desaparecer los besos excesivamente largos con sus implacables tijeras) Disfrutábamos porque estábamos juntos, nos queríamos y éramos tan felices que cualquier cosa nos parecía estupenda. Hacían siempre dos películas y en el entremedio salíamos a un patio interior al aire libre, donde había un bar siempre rebosante de gente comprando refrescos, bocadillos y dulces. Mis preferidos eran unos caramelos gruesos y largos en forma de bastón de colores vivos y brillantes. Estaban hechos simplemente de azúcar y de aromas de fruta, pero nada me ha parecido nunca tan delicioso.

Y pronto comenzó para mí la edad de las preguntas, aunque jamás se me ocurrió hacérselas a mis padres porque cada vez que se insinuaban producían una evidente sensación de malestar. Así pues, fui obteniendo información a través de amigas, tan mal informadas como yo, sobre un tema absolutamente prohibido y rodeado de inaccesibles murallas de pudor malentendido: el sexo. En realidad, casi no tuve tiempo para hacer ninguna pregunta. Obtuve las respuestas antes de hacerlas.

Un día una de mis amigas decidió informarme. Fue tan eficiente la información que durante algún tiempo estuve completamente convencida de que los niños podían tenerlos tanto los hombres como las mujeres y no quitaba los ojos de los abultados vientres de las embarazadas y también de los posiblemente embarazados. Más adelante descubrí por fin como venían los niños, pero no lo relacioné con el acto sexual hasta mucho más tarde.

Cuando lo descubrí una extraña repugnancia a todo lo referente al sexo se despertó en mí.

Recuerdo haberlo dicho a mi madre una vez: Dios ha hecho muy bien las cosas, pero en lo que se refiere a la reproducción de la especie no estoy de acuerdo con El. Me da la sensación de que todos los hombres llevan en su cuerpo un aguijón parecido al de las abejas listo para clavarlo en nosotras, las mujeres. Ella asintió en silencio, como diciéndome: Si hija, parece mentira que un Dios tan puro y bueno haya podido disponer, así las cosas, pero que le vamos a hacer.

Para mi madre era evidente que el sexo era algo sucio y desgraciadamente obligatorio, un mal trago que ha de pasarse casi a la fuerza y que el milagro de nacer era una hermosa consecuencia de algo repugnante. Jamás me dijo nada al respecto y yo tampoco le dije nada consciente de lo mucho que le costaba hablar sobre ello. Cuando me vino la regla me preguntó: ¿Ya lo sabes todo? Yo le conteste, avergonzada: Todo. -Y eso fue todo lo que hablamos. Ella se sintió aliviada y yo también. Nos habíamos ahorrado un mal rato mutuamente. Lo malo es que yo no sabía nada porque todo lo que me habían dicho estaba equivocado.

Y entonces sucedió algo inesperado. Desde que empecé a ir al colegio, papá y yo habíamos dormido en la misma habitación, pero a partir de aquel momento mi padre regresó a la alcoba conyugal y yo tuve que empezar a dormir sola. Nunca me pregunté porque mis padres no compartían la misma cama porque para mí aquella era una situación completamente natural, los dos nos íbamos a la dormir temprano porque nos levantábamos también temprano, mama en cambio dormía hasta tarde porque se iba a dormir también tarde, era pues lógico que papá y yo compartiéramos la misma habitación para no despertarla por la mañana. Solo una vez, lo comenté con unas amigas y su reacción me hizo sentir confusa: Duermes con tu padre ¡qué vergüenza! – dijeron. No entendí demasiado porque me tenía que sentir avergonzada pero ya no volví comentárselo a nadie nunca más.

Después de aquello y a medida que crecía empecé a relacionar algunas cosas y a hacerme preguntas. Recordé una frase que mi padre me había dicho una vez –Yo podría haber sido sacerdote sin grandes problemas pues el celibato no hubiese representado un sacrificio para mí me dijo de un modo espontáneo, porque nunca solíamos hablar de estos temas. ¿Quizás el evidente asco de mi madre por el sexo era debido a la falta de apasionamiento de mi padre o quizás ese rechazo era la consecuencia de su frialdad? Nunca podré saberlo y nunca me atreví a preguntarlo, tampoco se me dio nunca ninguna explicación. Pero la relación hombre – mujer entre mis padres no me incumbía y ellos tenían derecho guardar a su intimidad entre los dos.

Al volver a Barcelona había decidido adelgazar y a partir de aquel momento se inició una lucha a muerte entre mis padres y yo a la hora de las comidas. Empecé a negarme a comer sistemáticamente y aunque me costó muchos disgustos, lágrimas y continuas peleas poco a poco conseguí mi propósito y adelgacé.

En el verano de aquel año me enamoré por primera vez. Ya no era un sentimiento idealizado hacia alguno de los compañeros de colegio, era una verdadera obsesión. Y me di cuenta de la diferencia. Me pasaba el día pensando en él, intentando averiguar qué haría en cada momento, deseando verlo a todas horas y comprendí que eso era estar enamorada, el extraño sentimiento que tantas veces había imaginado en las escenas de amor de las películas.

Mi enamorado vivía en el piso superior de la casita que mis padres habían alquilado en Lloret de Mar, se llamaba Jasy Alexander, era norteamericano, rubio, alto, guapo con los ojos azules, pero tenía 23 años, estaba casado y tenía dos niños pequeños. Era un amor imposible.

Por las noches no podía dormir escuchando sus pasos en el piso de arriba y me deleitaba pensando que eran los suyos, Yo, aun llevaba trenzas y no habia cumpldo 12 años, pero cada vez que él me miraba imaginaba que también se había enamorado de mí y entonces me olvidaba de mi edad y de mi propia imagen y me convencía a mí misma de que el me veía hermosa, adulta, como yo hubiera deseado ser. El hecho de que tuviese una familia me era completamente irrelevante, el pecado de pensamiento, que habían tratado de inculcarme con todas las fuerzas me dejaba ahora indiferente, no sentía ningún arrepentimiento porque la ilusión y la esperanza, aunque fuese disparatada, me mantenía en un estado de constante excitación mezcla de felicidad y desespero que borraba todo lo demás. Cuando se marcharon a su país, subí al piso de arriba y comprobé que la puerta estaba abierta, entré secretamente y revolví todos los cajones, en uno de ellos encontré un pequeño pendiente, un aro de perlas diminutas, sin ningún valor, probablemente su mujer lo dejó allí por haber perdido la pareja, yo en cambio lo guardé como el más preciado de los tesoros y se convirtió en mi amuleto durante muchos años. Cada vez que lo miraba recordaba aquella sensación nunca ante experimentada: una mezcla de felicidad y dolor. Aquella ambigüedad fue la característica de todos mis amores durante el resto de mi vida.

Cuando acababa de cumplir los doce años empecé a advertir a mí alrededor cosas extrañas que nunca habían ocurrido antes y que me llenaban de una dulce y agradable sensación, por fin los chicos se volvían al verme pasar e incluso algunos me abordaban por la calle y me seguían hasta la puerta de mi casa. La primera vez que me di cuenta fue en la fiesta mayor bailando sardanas en la Plaza de Sarriá con unas amigas del colegio. Llegué incluso a hacer una cita con un muchacho, la primera de mi vida. Era un chico de unos veinte años que al confesarle mi edad se marchó asustado. Aunque me desilusioné un poco no me importó demasiado, me había convertido en una adolescente muy bonita y era consciente de ello. Había sufrido mucho para conseguir adelgazar y estaba viviendo una experiencia parecida a la del patito feo que de repente se transforma en cisne y se pavonea con sus plumas recién estrenadas. Me sentía inmensamente feliz y era consciente de mi felicidad. Tenía una familia a la que adoraba y además me había reconciliado con mi propio cuerpo.

Pero pronto otra nueva serie de torturas comenzó para mí.

Gloria Corrons
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