
Aquel verano de 1968 llegó a la residencia un grupo de chicos en condición de refugiados políticos, eran soldados norteamericanos que habían desertado del ejército para no tener que ir a la guerra del Vietnam. Al principio no llamaron mi atención porque, en mi opinión, carecían del atractivo de los chicos europeos, eran bastante ruidosos y un poco infantiles pero yo me sentía despechada después de mi ultima aventura amorosa y también estaba aburrida, mis clases en la Alianza Francesa no eran un aliciente, (aunque se suponía que yo había ido a Paris con el propósito de estudiar francés), pero al parecer ser solo podía divertirme con una presencia masculina al lado, sobre todo en mi cama. Empezaba a plantearme si no merecía la pena iniciar amistad con alguno cuando un día me tropecé con dos de ellos mientras caminaba por los pasillos de la residencia. Me pararon y me preguntaron algo que no entendí, ante la inutilidad de nuestros esfuerzos, dado que su francés no era demasiado bueno y mi inglés tampoco nos despedimos y yo continué mi camino, sintiendo fijamente clavados sus ojos en mi espalda y sucedáneos hasta alcanzar mi habitación. Al cabo de pocos minutos llamaron a la puerta y nos preguntaron a Cristina, la amiga italiana que compartía la habitación conmigo y a mí, si teníamos un mapa de Paris, eso si lo entendimos. Mientras ellos comentaban su problema señalando distintos puntos en el mapa, nosotras nos preguntábamos con curiosidad que querrían saber con tanta insistencia, pero sin que ninguna pudiera ayudarles por el idioma. Cuando acabaron de hablar, uno de ellos, el que chapurreaba algo de francés, se dirigió a mí para preguntarme si yo podía redactarles un papel. Tras bastantes esfuerzos dialécticos conseguí comprender más o menos lo que pretendían que yo les tradujese:
Somos soldados desertores del ejercito norteamericano por negarnos a ir a luchar en la guerra contra el Vietnam, no tenemos dinero ni ayuda, y nuestra situación es desesperada ¿podrían ayudarnos?
Acepté aun sin comprender demasiado el porque de su desesperación puesto que en la residencia tenían alojamiento y comida gratis y gracias a las nociones de ingles que aprendí en el colegio, también logré captar algunas palabras de la conversación que mantenían entre ellos y que indudablemente se dirigían a mi. No solo querían que les tradujese el papel también querían que fuese con ellos a repartirlos por las calles del barrio latino.- Ella es guapa – dijeron. O sea que les interesaba no solo como traductora sino como reclamo. Yo no tenia demasiada idea de lo que estaba sucediendo en Vietnam, vivía en una nube rosa con toque de gris oscuro, y todo lo que estuviese mas allá de mi mundo no me interesaba demasiado, probablemente me sentí halagada, quizás me conmoví, pero lo más importante es que aquello iba a romper el ritmo de monotonía en que me hallaba sumergida en aquel momento y acepté como una manera salvadora de salir del aburrimiento. Los dos muchachos parecieron muy satisfechos de mi decisión, y en una jerga muy curiosa comenzamos a conocernos mejor. Kim, el charlatán, tenia el cabello rubio aunque parecía teñido porque sus cejas eran muy negras y espesas, era de baja estatura pero atlético y bastante atractivo. Bill, su compañero, era mucho mas alto, delgado, y de anchas espaldas, no tenía las facciones tan perfectas como su amigo y apenas hablaba pero sus ojos me miraban de un modo penetrante y me pareció más interesante.
Le recuerdo como si fuese ahora, sentado indolentemente en un rincón de mi litera, mirándome en silencio y sin pestañear. Tanto me miraba que le pregunte a Kim: Oye ¿tu amigo no habla? Su aspecto callado y tranquilo, hasta un poco apático nunca me hubiera hecho suponer que más adelante iba a convertirse en una pieza fundamental de mi vida.
Al día siguiente les acompañé por las calles del Boulevard San Michel donde deambulaban las gentes más heterogéneas venidas de todas las partes del mundo y también muchos estudiantes, ya que todos los centros docentes importantes de Paris incluida la Universidad se hallaban en la zona. Como la gente nos observaba como si fuéramos fenómenos de feria y pocos papeles repartí, porqué era muy tímida y me moría de vergüenza, pero lo cierto es que a pesar de mi buena presencia casi nadie nos dio dinero.
Fui testigo de una violenta discusión en plena calle entre Kim y un chico sueco que no estaba de acuerdo con sus ideas y en la que los dos casi llegaron a las manos. Verdaderamente aquel grupo de americanos no inspiraba lastima, su imagen llena de salud y de vitalidad no parecía corroborar lo desesperado de la situación, en que según ellos se encontraban, y sin embargo aquello no era del todo falso. Habían llegado a la residencia por ser una institución que ayudaba a toda clase de refugiados políticos, aunque no pagaban alojamiento tenían que realizar una serie de trabajos a cambio pero eran todos bastante vagos y se escabullían de sus tareas siempre que podían, como consecuencia de aquella actitud la directora de la residencia estaba muy molesta con ellos. Según me dijeron aguardaban unos contactos que los trasladarían a Suecia, país que daba soporte, refugio y trabajo a los desertores del Vietnam, pero estos contactos no llegaban y era evidente que debido a su manera de comportarse iban a echarlos de la residencia de un momento al otro.
Un día me decidí a preguntarle al tímido que siempre me miraba, si me invitaba a escuchar discos en su habitación porque yo tenia muchos y no tenía tocadiscos, naturalmente era una excusa y no sé si lo hice porque me gustaba o porque en aquel momento era el único del grupo disponible ya que el resto de sus compañeros se habían ido a visitar el país en autostop. Naturalmente me invitó y como poco podíamos entendernos hablando, enseguida nos entendimos en el lenguaje universal de los besos y de las caricias, después quedamos en vernos al día siguiente en la cocina a una hora determinada pero me dormí y no fui a la cita. Cuando le encontré trate de disculparme pero me quedé muy sorprendida cuando me confesó que también se había dormido, esto me molestó un poco pero no podía recriminarle porque a mí me había sucedido lo mismo.
Bill me sorprendió mucho, yo creía que nuestra relación sería una aventura pasajera, pero él sentía tal necesidad de cariño y compañía que ya no me abandonó ni un solo instante. Nos convertimos en inseparables. Por suerte mi cuarto se había desocupado, Cristina había regresado a Italia y quedaba una litera libre aunque tampoco la usábamos porque dormíamos cada noche en la mía pero por desgracia la cerradura de la puerta se estropeó y cada vez que se oían pasos o ruidos en el pasillo yo me ponía histérica, en la residencia no estaba permitido dormir acompañada y tenía miedo de ser descubierta y expulsada de allí, (aunque malas lenguas comentaban que la propia directora tenía un amiguito de color) pero seguramente ella podía cerrar la puerta de su habitación y dormir con él tranquila.
Al cabo de pocos días llegó a la residencia una chica del Brasil y la destinaron a compartir mi cuarto como aquello estropeó nuestras noches de amor decidimos entonces dormir en el suyo, ya que Kim, su compañero todavía estaba de viaje, pero la situación de inestabilidad continuaba, porque la directora dada la especial situación del grupo, podía entra y salir de sus habitaciones a su antojo incluso sin avisar siquiera, como hizo una noche en la que apenas me dio tiempo a zambullirme debajo de las sabanas, permaneciendo escondida escuchando sus gritos amonestando a Bill porque no había aparecido a ayudar en los trabajos del jardín.
Y llegó el día en que la paciencia de la directora llegó a su fin y echó a todo el grupo de norteamericanos a la calle. Kim que acababa de regresar se encontró con dos desagradables sorpresas, que ya no tenía lugar donde vivir y que le habían birlado a la chica que aun tenia esperanzas de conquistar, o sea yo. Desde aquel momento la amistad entre los dos que nunca había sido demasiado buena, se rompió definitivamente.
En aquellos momentos de desorientación la solución llegó del modo más inesperado. Un chico francés a quien yo había conocido haciendo autostop y con quien había mantenido correspondencia desde España vino a verme. Se llamaba Mouet y era un muchacho rubio muy atractivo que se conmovió al conocer la historia de un desertor desamparado y sin dinero. Hacia poco tiempo que se había licenciado y su sentimiento antimilitarista se hallaba en plena ebullición. Rápidamente encontró en Paris un lugar en casa de unos amigos que nos acogieron con los brazos abiertos, pero la cosa no tardo en complicarse cuando Bill me hizo saber su determinación de no querer separase de mi ni un solo momento. Aquel día accedí a dormir con él en casa de los amigos de Mouet, pero esto no agradó a aquellos jóvenes de izquierda. Ellos habían cedido un sitio en su casa a Bill no a mí. El tenía problemas e alojamiento pero yo no. Al día siguiente Bill apareció de nuevo en la residencia ocultándose para que no le viesen ya que tenía prohibida la entrada. Mi compañera brasileña seguía allí y durante varias noches Bill y yo dormimos en el primer cuatro libre que pudimos encontrar aunque cada día íbamos a comer en casa de los amigos de Mouet cuyas caras se hacían cada vez mas largas. Tardamos bastante días en darnos cuenta de que no éramos bien recibidos y cuando lo comprendimos, nuestra inconsciencia fue tanta que nos sentimos injustamente tratados y decidimos no volver más por allí.
Y comenzó entonces un nuevo enfoque en mi despreocupada vida, de estudiante de lenguas en el extranjero, un largo y penoso enfoque muy distinto al anterior. Bill vivía conmigo escondido en mi habitación y necesitaba comer, yo solo disponía del cheque que me enviaba mi padre, con el cual podía vivir sin problemas pero sin excesos y en modo alguno me bastaba para alimentar a otra persona. Al principio lo solucionamos haciendo incursiones nocturnas a la cocina y cargando con sigilo varios platos con las sobras de la comida, que siempre dejaban a mano por si alguno de los residentes sentía hambre a medianoche, pero naturalmente los restos mas sabrosos, como carne o pescado estaban cerrados en la nevera bajo llave, con lo cual la alimentación de mi compañero basada en pan, arroz y verduras, no era demasiado nutritiva. Encontramos entonces otra solución: robar en los supermercados. Y lo hacíamos de la siguiente manera: Salíamos de la residencia, yo abría el paso indicándole si el camino estaba libre mientras el me esperaba escondido tras las puertas de los lavabos que se hallaban situadas a lo largo de los pasillos y una vez fuera del edificio nos dirigíamos a cualquier centro comercial de las cercanías donde hacíamos una compra de unos 20 francos y robábamos por el importe de 80. A principio salía bien pero más adelante tuvimos que cambiar de zona porque teníamos la sensación de ser vigilados.
Un día la directora me llamó a su despacho para, según ella, compartir conmigo una charla de amiga. Con su voz aflautada de mujer ya entrada en años, me dijo que me había visto en compañía de uno de los americanos de la pandilla y que, con la mejor intención del mundo, se creía en el deber de aconsejarme que me apartara de él pues podía hacerme daño con su influencia. Supongo que en cierto modo la directora tenia razón, pero yo nunca había sido muy dada a escuchar consejos sin haberlos pedido primero y mucho menos a seguirlos, en consecuencia hice caso omiso de sus palabras y me reafirmé en mi actitud rebelde de llevarle la contra a todo Bill me gustaba y aunque no creo que estuviese enamorada de él a lo menos había encontrado a alguien lo suficientemente importante como para hacerme sentir deseos de luchar y llenar así mi vacía existencia. Así pues seguí adelante complicándome cada vez más la vida, hasta llegar a limite extraordinarios, pero aquello solo era el principio.
Por aquellas fechas Bill decidió ir a Alemania en auto-stop. Las razones para hacer aquel viaje eran recoger las herramientas que habían quedado en el garaje de su antigua novia. A mí ni se me ocurrió que aquello era un motivo demasiado insignificante para emprender un viaje tan largo y arriesgado y que quizás podía existir otra razón mas lógica, por ejemplo que Bill quisiese volver allí para quedarse de nuevo a su lado pero como me apetecía hacer aquel viaje porque significaba emociones fuertes y aventuras, y además no conocía Alemania, no me hice preguntas.
Una mañana soleada de Agosto, me vestí con unos tejanos de color negro un ancho cinturón de cuero y un jersey de algodón con el cuello alto también negro, el negro era en aquélla época mi color favorito, llevaba pendiente del cuello una gruesa cadena de la cual colgaba un extraño amuleto saharaui y como todo equipaje una bolsa en una mano y en la otra la mano de Bill y así nos lanzamos los dos a la carretera.
Nos recogieron enseguida y el principio del viaje resultó distraído y sin demasiados problemas pero al llegar a la frontera alemana vimos caer la tarde sin que ningún coche se dignase parar, entonces decidimos pasar la noche en una pensión, llevábamos poco dinero (mío por supuesto) pero aun podíamos permitirnos ese lujo. Encontramos una habitación en un hotel muy modesto pero acogedor, la dueña fue muy amable con nosotros y también muy discreta porque no nos pregunto si éramos marido y mujer. En el año 1968, incluso en Francia podían muchos obstáculos al respecto y para estas delicadas ocasiones nos habíamos comprado dos alianzas de latón dorado que miradas desde lo lejos y sin demasiada atención parecían verdaderas alianzas de matrimoniales.
Hicimos varias fotografías en el interior del cuarto, en una de ellas se me puede ver de pie al lado de la mesita de noche sobre la cual estaban su pipa y su radio portátil, tal y como era yo entonces, una chica muy joven y muy guapa con una larga y lacia melena de color castaño y unos grandes ojos azules aviados de emociones fuertes.
Por aquellos días yo ya estaba embarazada pero no lo sabía aún. Habíamos estado haciendo el amor alegremente una y otra vez sin tomar ningún tipo de precauciones porque desde el momento en que Bill me pidió que me casara con él yo consideré natural despreocuparme de todo, consideraba nuestra unión como un hecho. Me había sentido tan feliz cuando me lo propuso… Recuerdo que fui de habitación en habitación de la residencia dándole la nueva a todo los amigos. No si me entusiasmo se debía al amor que sentía o por haber encontrado al fin a alguien que me detuviese en el camino resbaladizo que había emprendido y que no me hacia feliz en absoluto, pero hasta al mismo Bill le pareció excesivo mi optimismo: No va a ser fácil… me dijo, pero yo no comprendí lo que me quería decir.
En aquel momento yo nada sabia del pequeño ser que empezaba a formarse dentro de mi y tampoco de que Bill no tenia ningún papel en regla que nos permitiera legalizar un matrimonio.
A la mañana siguiente reemprendimos la marcha y conseguimos pasar la frontera sin dificultad. Tuvimos suerte, nos recogió un muchacho alemán al que intentamos hacer a entender que mi compañero estaba en apuros después de los problemas estudiantiles con la policía del pasado mayo parisino. Era un formula que nunca fallaba, hacerse pasar ante los jóvenes como victima de una injusticia social de la aquellos momentos todos los jóvenes eran solidarios. Lo cierto es que estaban transcurriendo por nuestro lado hechos trascendentales de la historia que a nosotros, inmersos en nuestra pequeña tragicomedia particular, nos eran indiferentes por completo a no ser para utilizarlos a nuestra conveniencia. Éramos dos seres completamente inconscientes de todo lo que nos rodeaba con una tremenda ignorancia de lo que ocurría a nuestro entorno. Yo, hija de la burguesía de un país dictatorial donde toda clase de movimientos políticos estaba prohibidos donde para conocer lo que realmente estaba pasando en el mundo sé había de provenir de un ambiente universitario o de una clase social marginada, cosa que no era mi caso. Y Bill, como ciudadano de un país imperialista y super desarrollado donde toda injusticia social apenas si se intuía entre tanta abundancia. El movimiento hippie representante de la rebeldía juvenil contra la sociedad de consumo había nacido precisamente en los estados Unidos pero Bill, nacido en el seno de una familia muy tradicional que lo había enrolado como voluntario en el ejército en Europa desde los 16 años tras el divorcio de sus padres. Solo lo conocía de oídas.
Bill bajó del coche cinco minutos antes de llegar a la aduana y nosotros la atravesamos sin ningún problema. Mi corazón palpitaba de angustia por si lo habrían descubierto pero no fue así porque haciendo alarde de un gran conocimiento de la zona se reunió con nosotros pasando por un camino interior que probablemente ya conocía de la ida. Yo me sentí feliz cuando le vi esperándonos tranquilamente, le recogimos y continuamos el viaje los tres. El muchacho nos dejó muy cerca de Luthishafen el pueblecito donde vivía Mónica, su antigua novia.
Para mi Alemania estaba llena de la magia del país que todavía no se conoce. Caminamos durante bastante tiempo a lo largo de la autopista que bordeaba la base militar de la que Bill había desertado, era ya de noche y las luces de las casas de los militares me recordaba a las guaridas de las brujas que vivan en los libros que yo solía leer cuando era niña. Nos deslizamos sigilosamente a lo largo de aquel camino con el alma pendiente de un hilo. Alemania estaban entonces llena de soldados norteamericanos que vivían en las bases militares que salpicaban todo el país y el riesgo de ser reconocido por alguno de sus antiguos compañeros era muy alto, si nos sorprendían y le descubrían le hubieran detenido y yo me hubiese quedado sola allí sin saber a quien recurrir. Aquel viaje era demasiado expuesto solo para recoger un par de cajas de herramientas.
Cuando llegamos a la ciudad tuvimos que coger varios autobuses y tranvías y tras un largo recorrido logramos llegar hasta la casa de Mónica sin problemas. Una vez allí Bill me dijo que antes de llamar a la puerta quería hablar con ella a solas, eso me sorprendió bastante, pero no tuve más remedio que acceder, en aquel país extraño cuya lengua desconocía me sentía a su merced, aunque de hecho era él quien estaba supeditado a mí ya que yo estaba pagando aquel extraño viaje. Me quedé esperándole en una taberna cercana, con un vaso de cerveza alemana encima de la mesa y las notas de una canción estridente retumbando en mis oídos. No recuerdo que debí pensar mientras estaba esperando, quizás se me pasó por la cabeza que él no volvería y que solo me había utilizado para llegar hasta allí, pero tras unos minutos que a mí me parecieron un siglo Bill apareció nuevamente. Nunca supe que debían haber hablado los dos y tampoco se lo pregunté, pero mas adelante, conocí las dos versiones: la de él y la de ella, dos versiones completamente diferentes aunque por igual verosímiles.
Mónica resulto ser un claro exponente de la raza aria, era alta, delgada y tenía la piel muy blanca y los ojos muy azules, bonitos pero semiocultos por unas gruesas gafas de miope, una corta melena ondulada de color rubio pálido rozaba sus pómulos anchos y sonrosados. Recuerdo que cuando la vi por primera vez llevaba puestos unos anchísimos pantalones color de rosa, que Bill me dijo luego, detestaba. Me gustó su aspecto y supongo que yo también debí gustarle a ella pues me dio una amistosa bienvenida, su inglés era mejor que el mío, mas académico y correcto pero su acento tan tremendamente germánico que se me hacia muy difícil entenderla.
Nos quedamos viviendo en su casa durante un par de semanas.
Mónica solo tenia 24 años, estaba separada de su marido y tenia dos preciosas niñas de 3 y 4 años que eran a la vez su cielo y su infierno en este mundo. Me explicaré: su cielo porque eran inteligentes, bonitas y sanas.
Y su infierno porque se veía condenada a estar encerrada en casa las 24 horas del día sin poder dejarlas solas ni un momento.
Helga la pequeña, era una muñeca rubia de enormes ojos azules muy parecida a su madre y la mayor Judith, morena con la nariz respingona era muy graciosa y probablemente debía de parecerse a su padre. Monica trabajaba en casa para una empresa y supongo que no debía tener suficiente dinero ya que viva con evidentes necesidades económicas, tampoco parecía tener familia cerca, ni siquiera amigos, así que en cuanto me vio enseguida representé para ella una liberación a su forzado encierro.
Una noche le pidió a Bill que se quedase cuidando a las niñas porque quería salir a tomar una copa y charlar a solas conmigo. Yo no comprendí su plan y me imaginé que quería hablarme en un lugar lejos del barullo de los niños y de los oídos indiscretos de mi compañero pues no me imaginaba cual sería el tema del que quería hablarme. Pero cuando estuvimos fuera de la casa me di cuenta enseguida de que lo único que pretendía era utilizarme como reclamo y me sentí muy incomoda, de repente me encontré en el interior de un bar de copas rodeada de varones alemanes por todas partes y con Mónica al lado que no parecía tener nada que decirme. No tardemos en capturar una presa y yo sin quererlo fui la autora de la caza en una cacería en la que ni siquiera quería tomar parte. Yo me sentía unida a Bill y no tenía deseos de correr ninguna aventura, ya tenía más que suficiente con la aventura que estaba viviendo junto a él. La presa era un muchacho sueco, naturalmente rubio pero sorprendentemente no muy alto y así, cazador, caza y acompañante emprendimos el viaje de vuelta a casa.
En el interior del coche de Mónica y mientras ella conducía, él intentó coger mi mano, me sentí muy violenta porque se suponía que ella quien el había conquistado y no yo, aunque parecía que él eso no lo había entendido, la situación era tensa, era evidente que su intención era pasar la noche conmigo y la mía dormir con Bill como siempre pero ¿y la de Mónica? Enseguida se descubrió. Bill nos estaba esperando con cara de pocos amigos, le expliqué brevemente lo que estaba ocurriendo y él sin decir nada me cogió del brazo y me llevo a nuestra habitación.
Aquella noche dormimos los cuatro en casa de Mónica y al día siguiente, cuando nos despertamos ella apareció radiante. Estuvo todo el día de muy buen humor y cuando llegó la tarde se lavó el pelo y se puso su mejor traje, entonces nos dijo que esperaba que el muchacho sueco volviese a buscarla aquélla noche, pero las horas fueron pasando y él no apareció. Mónica no mostró desencanto ni decepción alguna, se limitó a sonreír escépticamente, con una frialdad muy germánica, sin hacer ningún comentario.
Nuestras relaciones decayeron visiblemente y a partir de aquel día ya no necesitó ir a ningún bar para hablarme. Me dijo muy seria que abandonase a Bill porque él no me quería y que a nuestra llegada, quiso verla a solas para pedirle que le aceptase nuevamente a su lado pero como ella le rechazó él volvió conmigo.
Me dijo también que Bill no era bueno y que solo me ocasionaría problemas… en fin me dijo todo lo necesario para que yo, dado mi temperamento no lo dejase, aunque aquello me dolió mucho y me hizo dudar. Pero yo tenía además otras preocupaciones más importantes.
Por aquélla fecha debía de venirme el periodo mensual que no daba ningunas señales de aparecer. Cuando se lo confesé a Mónica ella aprovechó la circunstancia para aconsejarme que volviese a Paris inmediatamente y haciendo un alarde de buena voluntad nos regaló varias latas de conserva para el viaje, lo cual agradecimos porque mi dinero estaba ya prácticamente acabado.
Y así, sin contemplaciones fuimos lanzados de nuevo a la autopista cargados como mulos de carga con las dos cajas llenas de herramientas.
El día de nuestra marcha Mónica parecía triste, en realidad era una buena chica pero demasiado joven para estar abrumada con las circunstancias de su vida, a pesar de lo que me había dicho yo no sentía rencor alguno hacia ella, ni siquiera celos, sin embargo sus palabras habían hecho huella en mi y durante el viaje de vuelta Bill y yo nos peleamos continuamente.
Un pobre conductor que nos recogió tuvo que ser testigo de nuestras acaloradas discusiones. Ante mis acusaciones Bill solo decía: Yo te quiero – y yo le contestaba furiosa, pues demuéstramelo y ponte a trabajar.
Pasamos nuevamente la frontera, esta vez Bill se atrevió a enseñar su permiso de salida con la firma de su teniente debidamente falsificada pero tampoco tuvimos problemas. El coche que nos había llevado nos dejó a pocos kilómetros de la frontera y ya en Francia nos sucedió algo bastante insólito. Hacia ya bastante rato que no paraba ningún coche y comenzaba oscurecer. Un hombre de aspecto árabe que no dejaba de mirarnos empezó a seguirnos, y yo a tener miedo. Entramos en uno de los oscuros portales y comenzamos a subir las escaleras, entonces nos dimos cuenta con horror que aquel sujeto nos seguía, llamamos en la primera puerta que encontramos pero nadie nos abrió (aunque no me imagino que les hubiéramos podido decir a los propietarios si nos hubieran abierto), llamamos a otra de las puertas y tampoco contestaron, lo intentamos en una tercera y en una cuarta… parecía que nos habíamos tropezado con una casa desahitada y aquel hombre sonriendo enigmáticamente estaba ya casi a nuestro lado. Nuestro miedo podía respirarse en el aire y el desconocido lo respiraba también porque cada vez parecía mas seguro de sí mismo. Imaginé entonces que en cualquier momento sacaría una navaja y desesperada chillé dirigiéndome a Bill que se comportaba exactamente como un valiente : ¿por qué no haces algo? Ante su silencio me encaré con el siniestro personaje y le grite: ¿qué es lo que quiere de nosotros?
Entonces el hombre se echo a reír, momento que aprovechamos para correr escaleras abajo sin darle tiempo a reaccionar… una vez allí hicimos señas a un coche que pasaba en aquel momento y que por suerte paró, solo en su interior respiramos con alivio. Nunca pudimos saber si aquel hombre era un maleante, un loco, o simplemente alguien que había querido divertirse a nuestra costa.
Aquel coche no nos dejó muy lejos. Parados de nuevo en la carretera veíamos como se aproximaba la noche. No nos quedaba ya dinero y si nadie mas nos recogía no tendríamos más remedio que dormir al raso, como así fue. Buscamos un lugar apartado y nos estiramos en la hierba donde intentamos improvisar unas camas con nuestras chaquetas, teníamos tanto sueño y sobre todo estábamos tan cansados que a pesar de lo incomodo del lugar dormimos toda la noche de un tirón.
Al amanecer me despertaron unos ruidos extraños como de cientos de campanillas sonando a la vez, cuando abrí los ojos puede ver un rebaño de ovejas que estaba paciendo formando un círculo alrededor de nosotros que se estrechaba cada vez más. Aquello me despertó de golpe, los animales parecían ignorarnos pero cada vez estaban mas cerca y sus bocas me inspiraron terror. Desperté a Bill que aun seguía durmiendo sin enterarse de nada y caminamos hasta las casas más cercanas, yo tenía urgentes necesidades fisiológicas pero quería sentirme a salvo de lejos del pastor y aquellos animales que me aterrorizaban. Encontramos un bar abierto y en el lavabo me arreglé un poco, no me sentía muy bien y me dolían todos lo huesos de haber dormido a la intemperie pero como siempre, deseaba sentirme guapa. Aquella mañana tuvimos más suerte y nos recogió enseguida un dos caballos viejo ruidoso y sucio. El amable propietario bajó del coche y nos ayudó a meter nuestro voluminoso equipaje en el interior, entre los tres y todo el cúmulo de cosas que llevábamos llenamos por completo el pequeño vehículo que arrancó haciendo un ruido tremendo como si todas sus piezas quisieran salirse de su sitio. Al cabo de un rato nos paró la policía y tras mirar nuestras alianzas de latón nos preguntaron si estábamos casados, le contestamos que si y el hombre del quepis se echó a reír con incredulidad, supongo que no debíamos tener aspecto de matrimonio aunque me pregunto si para estarlo se ha de tener un aspecto especial y tampoco comprendo que podía importarle a la policía si estábamos casados o no.
Cuando al fin conseguimos regresar a la Cimade, ya nada volvió a ser como antes y la situación se hizo insostenible. La directora sospechaba que yo tenía escondido a uno de aquellos americanos en mi cuarto y como nos perseguía a todas horas. Bill y yo decidimos encontrar otro sitio para vivir.
No se como pudimos contactar con un catedrático socialista de la universidad que se compadeció de él (porque Bill para todos era un desertor de la guerra del Vietnam que no sabia donde refugiarse).
Pero la suerte hizo que precisamente el tal profesor marchase por aquellas fechas a los Estados Unidos y nos cediera su apartamento situado en el barrio latino, en el mismo corazón de Paris, una deliciosa buhardilla de cientos de años de antigüedad, desde cuyas ventanas podía verse la copula del Panteón, donde yacían los restos de los héroes de la revolución francesa, iluminada por la noche.
A pesar de ser un edificio muy viejo, monsieur Sucheron, que era como se llamaba el profesor, lo había decorado con gracia, las paredes estaban empapeladas con un estampado floral muy de la moda de los años 60 y el suelo el suelo estaba enmoquetado, además estaba provisto con comodidades: calefacción, nevera y cocina a gas. No hacia falta aire acondicionado porque una ventana situada en el techo de la cama de matrimonio dejaba pasar la brisa durante el día y ver las estrellas por la noche, un verdadero paraíso para una pareja de enamorados.
Realmente nosotros pasamos nuestra luna de miel en aquella pequeña buhardilla en el corazón de Paris, porque nos considerábamos ya casados desde el día que el día que Bill me pidió que me casase con él y yo le dije que si. Supongo que más que enamorada, yo me sentía atraída por el atractivo especial derivado de aquella extraña situación que me hacía sentir heroína de película. Había volado del nido paterno para correr aventuras difíciles y emocionantes y desde luego a su lado las estaba viviendo, aunque ya empezaba a preguntarme si no eran quizás demasiado difíciles, lo que yo no sabía era que lo más difícil ni siquiera había comenzado.
Para empezar vivíamos con el dinero que mi padre me enviaba, pero no nos bastaba para los dos porque la vida en Paris era muy cara, Bill debía ponerse a trabajar pero era demasiado perezoso y se dormía cada mañana con lo cual la posibilidad de encontrarlo era nula. Empecé a creer que Bill, que yo había imaginado el hombre de mis sueños, era en realidad un vago y un vividor y empecé a desconfiar de él. Lloraba cuando recibía carta de casa porque ya se había acabado el tiempo de mis vacaciones y mis padres habían planeado un viaje a las islas Canarias juntos. Les escribí diciendo que quería continuar mis clases en Paris y que no iba a acompañarles, supongo que mi decisión debió provocarles un gran disgusto. En realidad yo no sabía si quedarme o no. No podíamos casarnos y regresar a España como deseábamos porque el no tenía papeles legales y para colmo yo me estaba encontrando muy mal.
Me convertí poco a poco en una mujer perezosa y sucia y el apartamento que nos había dejado limpio y ordenado parecía una verdadera pocilga donde todo estaba al revés y del que apenas salíamos. Tenía nauseas cuando cocinaba y estaba agresiva y de mal humor, presentía que algo extraño me estaba ocurriendo, algo imprevisto que estaba fuera de mis planes, y que sin embargo era lo más lógico que ocurriese, teniendo en cuenta de que habíamos hecho el amor muchas veces sin tomar precauciones, alegre e inconscientemente. Oscuros pensamientos pasaban por mi mente.
En realidad Bill no era un gran luchador, pero tampoco era un vago ni un sinvergüenza, solo era un muchacho desnutrido y enfermo, que hubiese necesitado estar internado en un hospital haciendo absoluto reposo y tomando grandes dosis de vitaminas y buenos alimentos para recuperarse de la anemia que le convertía en un ser perezoso y somnoliento que en realidad era la causa que le hacía dormir mas de 12 horas al día sin que yo pudiese conseguir despertarle. Pero de eso yo no me daba cuenta entonces. La luna de miel estaba terminando por momentos.
Desde Usa recibimos una carta del profesor, muy molesto porque sus amigos le habían escrito diciéndole que nos aguardaban cada día en el restaurante universitario con cupones gratuitos para comer y nosotros nunca nos habíamos presentado (siempre nos quedábamos dormidos) También estaba muy disgustado porque Bill había sentido curiosidad por saber que había detrás de un puerta situada enfrente de la nuestra y la había forzado. Este incidente había ocasionado la visita de la portera fuera de si acusándonos de ladrones y a mi prácticamente de puta. Naturalmente la portera también le había escrito y se lo había contado. En la carta el profesor también nos anunciaba su pronta llegada.
Tuvimos que arreglar todo lo que habíamos desarreglado a toda prisa y volvimos a la Cimade. Como la regla seguía sin aparecer decidí ir al médico pero éste no pudo confirmar si estaba embarazada o no: quizás… es posible – me dijo – pero aun es pronto para saberlo.
Y poco a poco mi amor por Bill se estaba convirtiendo en odio porque aunque no me lo habían confirmado yo sentía que aquel hijo estaba allí dentro de mis entrañas adueñándose de mi cuerpo. Comprendí que debía tomar una decisión, sabía que podía elegir la posición mas cómoda pero algo inesperado me ocurría, en el fondo yo no quería desembarazarme de aquel hijo porque aunque no lo conocía lo sentía ya como una parte de mi misma y también sabía que eran solo las circunstancias las que me hacían no desearle: la reacción de mis padres, el rechazo de la sociedad, y sobre todo no tener a mi lado un compañero en el que poder confiar, pero debía tomar la decisión por mi misma y no era fácil, comprendía que mi vida de despreocupación iba a cambiar si decidía seguir adelante y afrontar aquello y tenia miedo.
Lo que si decidí con rapidez fue dejar a Bill porque ya no podía soportarle, su presencia me enfermaba y toda la rabia que sentía la descargaba en él haciéndole responsable de todos mis problemas, pero debía dejarle de un modo cauto e inteligente pues él estaba desesperado y no iba a dejarme marchar fácilmente.
El día que se lo comuniqué, intentó primero convencerme con besos y palabras cariñosas, pero cuando se dio cuenta de que yo estaba firmemente decidida, el pobre muchacho que se aferraba a mí desesperadamente, se cegó por la furia y me abofeteó. Yo me puse histérica y gritando salí huyendo del cuarto. Bill me dejó marchar, él no podía estar allí y sabía que si yo seguía gritando acudiría gente y le descubrirían. Me escribió una carta de arrepentimiento desesperada escrita en un lenguaje adolescente pero muy sincero diciéndome mil veces cuanto me quería pero yo ni siquiera le contesté. Me refugié en el cuarto de un amigo y allí viví durante dos días encerrada sin atreverme a salir.
Mi amigo se llamaba Ángel, aunque estoy segura de que ese no debía de ser su verdadero nombre y era un refugiado político de ideología marxista leninista que estaba en Francia preparando, según decía, el gran golpe contra Franco. Físicamente era un personaje típico de la meseta central hispana, bajito moreno y entrado en carnes, con un gran bigote y unas gafas que le favorecían muy poco, pero también era un intelectual completamente inaccesible para mí en aquellos tiempos en que mi interés por la situación política española estaba tan lejos con el polo sur del polo norte. A pesar de considerarme una burguesa malcriada me ayudó, en parte para hacerse el héroe y salvarme del indeseable americano representante del odiado imperialismo yanki, aunque Bill en realidad no era más que un muchacho inofensivo y desgraciado parecía ante los ojos de todos, incluidos lo míos, un malvado gangster de película negra.
Ángel fue a hablar con él y le dijo que me dejara en paz amenazándole con una pistola encubierta bajo su chaqueta. Bill no era tonto y aparentemente me dejó en paz. Y he aquí como la historia de la muchacha embarazada engañada y abandonada se convirtió en la historia de la muchacha que esperando un hijo deja plantado a su amante mientras éste llora por los rincones su desconsuelo. Y es que los tópicos no siempre son ciertos, o al menos en mi vida siempre ha sido así.
Bill me escribió una carta que aun conservo pidiéndome perdón y deseándome toda la felicidad del mundo, durante mucho tiempo cada vez que la leía me ponía a llorar, pero yo no me dejé conmover, en parte porque Angel me había explicado historias extrañas, como por ejemplo que lo había visto besando a una compatriota suya por los pasillos de la residencia durante los días que aun salíamos juntos lo que me llenó de indignación y aumentó mi rencor hacia él. De repente ya no era solo un muchacho indolente que no me convenía, se había convertido en un malvado desaprensivo que me engañaba y me juraba amor eterno mientras se lo hacía también a otra. Nunca supe si esa historia era cierta o no, aunque me extraña bastante que Bill tuviese tiempo de estar con alguien más ya que no se separaba de mi lado ni un instante…pero eso siempre será una incógnita.
Ángel me convenció de que debía marchar de la residencia lo antes posible, y así que de repente me encontré en casa de un grupo de amigos suyos simpatizantes con sus ideas. Recuerdo el día de mi marcha, en el momento en que iba subir al coche que me esperaba, dirigí con tristeza una ultima mirada a la habitación donde tantas horas de amor habíamos compartido, lo que yo no sabía entonces es que Bill me estaba viendo marchar convencido de que regresaba a España y tampoco podía sospechar las consecuencias que aquello iba a traerme.
Los amigos de Ángel intentaron encontrar un médico que me hiciera abortar. Eran cuatro chicos entre los 25 y los 30 años, españoles y franceses y todos procuraron hacerme un buen lavado de cerebro sobre lo que era mejor para mí y para mi futuro. Mientras trataba de decidir el rumbo que iba a tomar mi vida volví a reanudar mis clases que ya estaban pagadas por mi padre. Recuerdo mis idas y venidas a la a las universidad, con las hojas de un otoño prematuro crujiendo bajo mis pies y la brisa fresca acariciándome la cara. Cada día caminaba desde la estación de tren hasta la casa repitiéndome una y otra vez: ¿Por qué he de hacerlo si yo no quiero hacerlo? Y mientras aquel ser desconocido iba creciendo día a día dentro de mis entrañas haciéndose cada vez más fuerte y poderoso reclamando sin palabras su derecho a vivir, y yo me revelaba ante la idea de perder aquel hijo porque comprendía que nadie tenía derecho a destruirlo, ni siquiera yo misma porque aunque estaba dentro de mi tenia su propia vida.
Nunca sabré si los amigos de Ángel hubieran logrado convencerme porque la decisión final no la tomé yo sino las mismas circunstancias. El médico se había marchado de París y la posibilidad del aborto se frustró, el destino había elegido por mí, ya no había alternativa alguna y aunque la hubiese habido yo ya no intenté buscarla, ahora solo tenia que aprender a encararme sola con el grave problema de la incomprensión de los demás y sabía que no iba a ser fácil.
De tanto en tanto yo iba a la Cimade a recoger mi correo y a charlar un rato con Ángel, todavía tenía allí mi habitación pero no quería volver a la residencia porque tenía miedo de que Bill descubriese que no estaba en mi país. Un día mientras estábamos los dos charlando sonó el teléfono. Mi sorpresa fue enorme cuando comprobé que era Bill que me llamaba desde España.– ¿Qué haces allí?- le pregunté atónita cuando me dijo que estaba en Barcelona.- He venido a buscarte– me contestó.
Aquello me conmovió profundamente, si había sido capaz de cruzar la frontera española sin papeles, enfermo y sin dinero realmente me quería, un vividor, o un desaprensivo no se hubiera arriesgado a que le descubriesen y le deportasen de nuevo al ejército, donde como desertor le encarcelarían por mucho tiempo. Comprendí que debía volver a casa y hablar con él aunque no sabia exactamente que debía decirle. No le dije a mi familia que regresaba pero arreglé mis maletas y cambié mi billete de avión por uno de tren más barato y así con la diferencia de precio tener un poco de dinero para mí. Mis nuevos amigos me acompañaron a la estación, eran buenas personas y equivocadamente o no habían intentado ayudarme.
Una vez en el tren ya de regreso estuve tentada de bajarme en otra estación y de ese modo no encontrarme con Bill que me esperaba en la Terminal porque, aunque en el fondo lo deseaba. Me atemorizaba verle de nuevo, sabía que si volvíamos a vernos seria muy difícil separarnos y Bill no me inspiraba confianza, también sabía que en mi situación no iba a ser una ayuda para mi sino mas bien una carga, pero sin embargo algo mas fuerte que mis razonamientos me impulso a continuar hasta el final del trayecto.
Cuando me vio en el andén corrió hacia mí con los brazos abiertos casi llorando de alegría pero yo permanecí fría y rechacé su abrazo, le consideraba culpable de la situación en la que me encontraba, sin darme cuenta de que yo era tan culpable como él. Caminamos uno junto al otro, él trataba de enlazarme por la cintura pero yo me mantenía a distancia y nos dirigimos a casa de mi amiga Margarita que era la única que sabia que yo había regresado, Bill se había puesto en contacto con ella porque conocía su dirección, y me había telefoneado desde allí,
Margarita se comportó conmigo como lo que era, mi mejor amiga, me tuvo acogida en su casa varias semanas, me acompañó al médico y me aconsejó bien, a su lado me sentí protegida y me tranquilice, sabía que debía informar a mi familia pero la idea de contárselo todo a mis padres me aterrorizaba, así que opté por esperar.
Margarita y yo nos acostábamos muy tarde y nos pasábamos el resto del día pintando al óleo. La pintura fue entonces mi mejor consuelo, y puede decirse que gracias a ella no caí en un depresión. Aun conservo un cuadro que pinté en aquellos momentos, una cara de mujer en tono azules que expresaba en su cara una mezcla de felicidad y ternura, como si mi alma se reflejaste en la tela como en un espejo, porque a pesar de mis indecisiones y mis angustias deseaba aquel hijo y sabía que iba a tenerlo.
Pero nada era fácil, Bill estaba ilegal en el país, con lo que le seria muy difícil encontrar un trabajo y estaba acabando con el dinero que había obtenido de la venta de su tocadiscos para poderse pagar el viaje y el alojamiento y yo no sabia, o creía que no sabía hacer nada porque jamás había trabajado antes. Pero la solución vino a nosotros sin necesidad de buscarla. Un día cuando yo bajaba las escaleras de casa de Margarita, me encontré con mi padre que subía a verla, su reacción fue admirable, en lugar de enfadarse me miró tranquilamente y cogiéndome por el brazo me dijo sencillamente: vamos arriba a charlar un poco.
Y charlamos. Margarita estuvo presente durante toda la larga conversación que mantuvimos en la que intenté explicarle el porque me encontraba allí y porque nada les había dicho de mi vuelta y cuando le confesé que iba a tener un hijo no me reprochó nada, solo me dijo que el hecho de estar embarazada no tenia porque influir en casarme con la persona equivocada. -Vuelve a casa y tu madre y yo aceptaremos al niño y no tengas miedo del futuro si un hombre te quiere te aceptará a ti y a él también.-
Nunca podré olvidar aquellas palabras, fueron una gran prueba de amor hacia mí porque mi padre no me falló en el momento en que mas le necesitaba. Y comenzó un nuevo episodio en la aventuras de mi vida.
Por lo pronto no me fui a casa porque papa decidió que necesitaba preparar a mi madre antes de la noticia, o sea que le dio dinero a Margarita para ayudarle en los gastos de mi estancia en su casa y continué viviendo allí y ocupando la mayor parte del tiempo en pintar, porque la pintura constituía un sedante para mi alma Mi padre también encontró un trabajo para Bill en el taller de uno de su proveedores de electrónica, así él podía ganar algún dinero y tenia ocupado su tiempo.
Los días transcurrían tranquilos, por las tarde cuando terminaba de trabajar Bill me telefoneaba y salíamos a pasear y charlar y también a pelearnos. Mi padre influenciado por mi madre comenzó sutilmente su labor de lavarme el cerero y quitarme las ideas de matrimonio, Bill no les gustaba nada y no les culpo por ello, la verdad es que no tenia demasiados puntos a su favor para caerles simpático. Su presentación había sido terrible, el mismo día que regresaron de las Palmas se lo encontraron en la portería de casa esperándoles, naturalmente no entendieron ni una sola palabra de lo que decía y mi padre tuvo que contratar a un intérprete para que tradujese los que les contaba y lo que tradujo no les gustó nada. Bill hablaba de Gloria, de Paris y de un futuro juntos que no compendian porque para ellos yo seguía estando en Francia, además su aspecto de indigente no ayudaba mucho a considerarlo digno de su preciosa hija. Hasta tal punto llegó la labor de mis padres para borrarlo de mi cabeza que un día me auto convencí de que tenían razón y para que me dejase libre le dije que no estaba embarazada y que todo había sido una falsa alarma.
La tarde en que le anuncié mi decisión de separarme de él definitivamente Bill se desesperó y amenazó con suicidarse, incluso hizo un intento de cortarse las venas con una navaja aquello me impresionó mucho y ni por un momento dude que podía estar fingiendo para convencerme.
Aquella noche reflexioné…ciertamente que Bill había actuado de un modo muy indolente e irresponsable durante las semanas que habíamos convivido juntos, pero era muy joven y además estaba enfermo, podía cambiar, debía darle una oportunidad sobre todo por nuestro hijo, a quien yo no tenia derecho de privar de un padre, además nadie tenía derecho a impedirme casarme con él si yo le deseaba y mi preocupación por él me daba a entender que yo le quería.
De mutuo acuerdo decidimos entonces volver a Francia. Era un plan descabellado ya que mi padre, sospechando que esto podía ocurrir me había escondido el pasaporte y ninguno de los dos teníamos dinero. Pero nosotros no pensábamos demasiado en las consecuencias de nuestras decisiones.
El día de nuestra marcha Bill me esperaba en el bar de la esquina e la casa de Margarita. No llevábamos apenas equipaje pero si cargábamos con una gran maleta de ilusión y de irresponsabilidad que ni por un momento nos detenía a pensar que las fronteras estarían cerradas para nosotros porque solo teníamos una idea fija que nos impulsaba a segur hacia delante: Yo quería tener a mi hijo junto a Bill y Bill quería tenerme a mi y solo escapándonos podríamos conseguir nuestro objetivo. Estábamos seguros de que encontraríamos una solución sobre la marcha. Y quizás la hubiésemos encontrado si me padre no nos hubiese detenido justo antes de marchar. Cuando ya estaba a punto de coger la puerta de su casa Margarita me pidió que mirase por la ventana, allí en la calle con semblante serio pero sereno estaba mi padre esperándome, ¿quién lo habría avisado? ni por un momento imaginé que podía haber sido mi propia amiga porque siempre nos había apoyado en todo. (Solo al cabo de unos años ella misma me confesó que avisó a mi padre y entonces lo comprendí y se lo agradecí).
Ya en la calle me dirigí mi padre y le increpé: Es inútil lo que me digas, voy a marcharme de todos modos.– pero él con su acostumbrado aplomo solo me dijo: Antes de irte me gustaría hablar contigo.
Acepté aunque estaba segura de que no podría convencerme y él también debió creerlo así porque me dijo simplemente: Tú ganas, cásate con él si quieres pero no te vayas.-
Y entonces nos reunimos los tres y charlamos un buen rato. Bill se quedaría en Barcelona el tiempo necesario para arreglar los papeles de la boda, después volvería a Alemania donde cumpliría el arresto necesario por haber desertado del ejército y durante este tiempo yo le esperaría junto a mis padres. Cuando todo estuviese resuelto me reuniría con él de nuevo.
A partir de aquel día todo fue distinto. Yo volví a casa del brazo de mi padre donde me aguardaba una a madre llorosa que evidentemente esperaba mis muestras de arrepentimiento como correspondía a la hija prodiga que vuelve al hogar humilde ante la magnanimidad del perdón. Pero yo no me sentía humillada, ni avergonzada, ni triste, sino todo lo contrario, después de mucho tiempo era plenamente feliz y estaba tranquila y relajada. Aquella actitud la saco de quicio porque le había estropeado completamente el papel de madre generosa y ella no estaba preparada para aquello, no podía comprender que yo fuese feliz de un modo distinto al que ella había imaginado para mí, en realidad lo que menos parecía importarle era que yo fuese feliz. Quizás este rasgo fue siempre lo que mas me distanció de mi madre. Nuestros conceptos opuestos de la felicidad. Para ella el suyo era el único válido y todo el que intentase ser feliz de un modo diferente le era completamente incomprensible. Yo pensaba y sigo pensando de un modo diferente, para mi cada cual debe de ser feliz como quiera serlo, por eso nunca intenté presionar a mi hija con mis propias ideas y siempre pensé que lo que es bueno para mi no tenía que serlo forzosamente para ella. Esa es una lección que me enseñaron muy pronto y aprendí enseguida.
Arreglar los papeles para la boda no fue tarea fácil, principalmente porque al estar Bill ilegalmente en el país le era imposible obtener ningún certificado, y ¿cómo podía yo casarme con una persona que no había nacido siquiera o que no tenia ningún papel en que constase la fecha de su nacimiento? Pero lo más preocupante era que el tiempo transcurría…y el embarazo se hacía cada vez más evidente.
Un día apareció mi padre en casa completamente trastornado, explicando que mientras los dos estaban tranquilamente caminando por la calle apareció un hombre desconocido que tras pedirle el carnet de identidad a Bill, se identificó como agente de policía y se lo llevó con él. Yo me quedé horrorizada, y me dispuse a buscarle por todas las comisarías de la ciudad. Papá intentó disuadirme diciéndome que mis esfuerzos serían inútiles y que lo más probable es que se lo deportasen en cuanto descubrieran que era un desertor del ejército norteamericano. Pero como siempre, yo no era fácil de convencer y en vista de mi desesperación papá me dio el nombre de un amigo suyo que quizás pudiese ayudarme. Sin sorprenderme de que mi padre, antimilitarista convencido, tuviese amigos en la policía y habiéndome creído la historia desde el principio al final me lancé a la aventura del rescate.
Mi imagen corriendo por la calle Vía Layetana camino de la jefatura donde aquel supuesto conocido podría ayudarme era patética, y así debió parecérselo también a todos lo policías que escucharon la historia.
…Si, yo venía a buscar a mi novio. Un norteamericano que estaba en España sin permiso pero él no había cometido delito alguno, simplemente me quería y por eso porque al saber que yo estaba embarazada desertó del ejercito y había venido a buscarme, yo también le quería y lo único que deseábamos era estar juntos…
Le soltaron enseguida, yo no sé si fue por la influencia de aquel jefazo al que nunca vi y cuyo nombre di como referencia, o simplemente porque el hecho de que Bill fuese un desertor del ejercito USA les importaba muy poco y quizás ni siquiera tenían ninguna fuerza legal para detenerle.
Lo terrible fue la versión que Bill me dio de los hechos una vez estuvo fuera de la comisaría.
– Ha sido obra de tu padre, no puede ser de otra manera, él no quiere que me case contigo y ha planeado esta trampa. Caminábamos juntos cuando al llegar a la altura de una tienda de electrónica me dijo que me esperase fuera porque él iba a entrar para preguntar por alguien y entonces apareció ese policía y me detuvo-.
Yo me indigné contra él, aquel plan me parecía demasiado sórdido como para ser ideado por mi padre, sin embargo en cuanto me calmé y reflexioné también pensé que un padre como el mío haría cualquier cosa para evitar que su hija se tirase de cabeza al abismo. Bien, en este caso el abismo era mi matrimonio y él lo había intentado todo para evitar que cayese en él.
Pero papá lo negó siempre, aunque yo nunca estuve segura de sus palabras, me consta que fueron demasiadas casualidades juntas y además existía un hecho decisivo: Bill no era una personalidad importante para que la policía internacional le siguiera los pasos… ¿y cómo podía nadie saber que él era un desertor si alguien no se lo había dicho antes? Después de aquella supuesta última tentativa papá se dio por vencido e intentó ayudarnos, pero sorprendentemente fue entonces cuando comenzaron las verdaderas dificultades.
La ley española no podía casarnos, es decir no podía casarme con un personaje que supuestamente no existía y ya que habían aceptado nuestro matrimonio mis padres querían encubrir las apariencias porque el tiempo pasaba y mi embarazo comenzaba a ser evidente. Solo nos quedaba una única solución, recurrir a la Iglesia.
No existía ningún problema burocrático que la iglesia no pudiera solucionar en aquel entonces y a ella recurrimos. De todos modos no nos fue tan fácil como pensábamos.
Nos hablaron de un tal padre Arimón estaba especializado en matrimonios raros, o sea mixtos, ya que Bill era protestante aunque no practicante. Este religioso lleno de buena voluntad nos recibió en la sacristía de la Catedral de Barcelona donde cada día se formaban largas colas de gentes ansiosas de hablar con él y hallar solución a sus problemas. Allí pasamos nosotros muchas horas de espera porque resultó que, inesperadamente, aquel cura bienintencionado tampoco estaba muy dispuesto a casarnos. Nos dijo: esperar un poco y no os precipitéis, el matrimonio es una decisión para toda la vida y debe tomarse con alma y pensándolo bien – pero yo me desesperaba porque cada día era mas difícil ocultar nuestra situación y no es que a mi me preocupasen mucho las apariencias pero sufría por mis padres pues ya que habían aceptado que me casara al menos quería darles la satisfacción de que pareciese una boda normal y evitarles la vergüenza de las habladurías y los chismes.
Sin embargo el sacerdote, con evidente buen sentido, no acababa de decidirse, parecía como si algo en nuestra historia le asustase, supongo que nuestra relación, vista de un modo objetivo, tenia muy pocas garantías de estabilidad y duración, principalmente por la edad del novio, su evidente inmadurez y su situación irregular e imaginaba que yo me precipitaba a una unión con evidentes probabilidades de fracaso. Llegó a decirme que había visto a muy pocos padres tan preocupados y angustiados por una hija como el mío, añadiendo después que semejante dedicación “no era normal”. No me gustó su comentario porque nunca supe si podía considerarlo un critica o un elogio pero estoy segura de que lo que le convenció a dar su consentimiento fue la insistencia de mi padre…
Pero tampoco se terminaron aquí lo problemas. Faltaba un detalle importantísimo en el que nadie había reparado. Bill tenía solo 20 años por lo tanto era menos de edad y según la ley tampoco era dueño de sus actos, y necesitaba el permiso paterno para casarse. Escribimos rápidamente a su madre, pues sus padres estaban divorciados y ella tenía la custodia de los hijos habidos en su matrimonio. Mi padre le envió la carta traducida en ingles poniéndola al corriente de la situación y añadiendo que en cuanto se celebrase la boda, Bill había prometido que volvería al ejército y acabaría dignamente su servicio militar. La mujer agradeció mucho la carta pues gracias a ella pudo saber al fin donde se encontraba su hijo ya que el ejército le había notificado su deserción pero ella ignoraba su paradero y contestó rápidamente otorgando el ansiado permiso.
Y el día de la boda se acercaba…a veces por la noche me dormía pensando que ese día no llegaría jamás. Habíamos tenido tantos problemas y tantos contratiempos, que temía que algo iba a ocurrir justo en el momento decisivo. Pero no fue así.
No puedo recordar si la mañana de mi boda llovía o no, lo que si puedo asegurar es que aquella mañana, después de tantas dudas, problemas, e indecisiones por fin lucía un sol esplendido en mi corazón. Estaba tan contenta y me sentía tan feliz que ni siquiera me afectaba la cara de sufrimiento resignado de mi madre ni la seriedad de mi padre. Era el día de mi boda y pensasen lo que pensasen los demás yo me casaba porque quería hacerlo y con quien quería hacerlo, quizás no era una boda convencional, pero eso es lo que yo siempre había deseado. Desde niña había aborrecido las bodas elegantes, multitudinarias y tradicionales, nosotros solo seríamos un grupo reducido de invitados y nadie se apelotonaría en la puerta de mi casa para verme salir envuelta en absurdos tules como si fuera un espectáculo de feria. Yo llevaba un sencillo traje blanco, corto, con algunos adornos de colores vivos un ligero abrigo y una boina también blanca en la cabeza, todo sencillo y discreto, diferente, como siempre deseé, aunque en vista de los semblantes de quien me acompañaban parecía que yo era la única que me sentía a gusto casándome de aquel modo, hasta Bill me confesó que hubiera preferido una boda mas elegante y para consolarse cogió un pequeño clavel blanco de mi ramo de novia y se lo puso en el ojal de la solapa. Pero yo estaba firmemente decidida a que nadie me amargase aquel día irrepetible y mucho menos él.
Salimos todos juntos de casa hasta la iglesia contrariamente a la costumbre, ya que tradicionalmente los novios se reúnen allí pero en mi boda nada era como debía ser. Solo hubo un momento doloroso, al entrar me tropecé con una novia envuelta en un traje blanco de larga cola, ella acaparaba toda la atención y yo pasaba desapercibida…sentí algo parecido a la envidia e intenté disimuladamente que sobresaliese mi pequeño ramo de novia para que todo el mundo lo viese, pero olvidé el incidente en cuanto llegamos a la capilla donde íbamos a casarnos. Allí me sentí completamente protagonista.
Me casé en el museo de la catedral de Barcelona. Habían adornado el altar con flores y los maravillosos cuadros que colgaban de las paredes parecían sonreírme. El organista no había podido venir pero me consolé pensando que aunque no hubiese música los cuadros me sonreían.
Durante la ceremonia cuando Bill me puso el anillo en el dedo las lágrimas apenas si me dejaban ver, se puede llorar de alegría, lastima que yo no pudiese hacerlo, me contuve haciendo un gran esfuerzo no pedía permitir que mis ojos cuidadosamente maquillados se convirtieran en dos borrones negros. También hubo un momento embarazoso para mí, cuanto tuve que leer en ingles y en voz alta un pequeño párrafo de la Biblia, mi conocimiento de ese idioma no era muy bueno entonces pero en realidad eso poco importaba porque la audiencia no se enteró de nada ni yo tampoco.
Cuando miro las fotografías de la ceremonia me veo a mi misma transfigurada, con los ojos brillantes y una sonrisa casi beatífica en los labios. Pero veo también a Bill a mi lado muy serio y detrás nuestro a mis padres con la misma actitud que hubiesen tomado al asistir a un funeral, porque de hecho eso es lo que para ellos consistía aquella boda, el funeral por el entierro de sus ilusiones con respecto a su hija mas idolatrada. A la ceremonia religiosa siguió automáticamente la firma de papel para el matrimonio civil, con lo que la irregularidad de su situación en España quedó solventada a efectos del matrimonio, como anécdota añadiré que Bill tuvo que firmar su consentimiento para que nuestros futuros hijos renunciasen a la religión de su padre y fueran educados en la religión católica, como es natural, eso le molestó no por motivos religiosos, sino porque no pudo comprender porque él no podía haber exigido lo mismo pero lo firmó de todos modos porque nos interesaba a todos que el matrimonio se realizase y aquella era la única manera de conseguirlo.
Después de terminada la ceremonia salimos todos de la Iglesia camino al Hotel Colon que estaba justamente enfrente y donde papa había reservado una comida sencilla pero selecta. Éramos un grupo de trece personas incluido un compañero del trabajo que Bill había conocido hacía apenas quince días y que se empeñó en invitar, pero el muchacho no quiso quedarse al banquete de bodas porque se sentía incómodo entre tantas personas que no conocía y al final solo fuimos doce, parecía como si aunque el destino no hubiese querido que el número de los comensales fuese el de la tradicional mala suerte, pero nuestro matrimonio estaba condenado a la fatalidad y tampoco la tuvo.
A Margarita, que por supuesto asistió a la boda, se le ocurrió vestirse de blanco y los fotógrafos no sabían cual de las dos era la novia pues nos confundían, aquello no me agradó pero de todos modos me alegraba mucho que estuviese allí a mi lado participando de aquel importante momento de mi vida y también de que hubiera traído su maquina de filmar porque papa que siempre llevaba consigo la suya ni siquiera la trajo, supongo que no quería inmortalizar un día que no le hubiese gustado que hubiera existido.
El banquete fue bastante alegre dentro de las circunstancias y mis padres hicieron un gran esfuerzo por sobreponerse, el champaña hizo el resto. La foto del brindis me produce una especial tristeza porque pienso en todos los deseos formulados para nuestro futuro que parecía largo y en lo corto que fue y también en que ninguno de ellos se cumplió.
Al terminar la comida Bill y yo nos marchamos a Sant Cugat, el pueblecito donde mis padres tenían la casa de verano en el coche que mi cuñado nos había prestado. Yo quería pasar los días de nuestra luna de miel en una verdadera casa, no en un hotel como mis padres habían sugerido. Desde que Bill y yo nos conocimos siempre habíamos vívido en residencias, pensiones y casas de otros, necesitaba sentir la sensación de que aquel vagabundeo se había terminado, deseaba tener en un hogar para los dos aunque fuese por poco tiempo y al menos aquella era la casa de mi familia, donde yo pase gran parte de mi infancia y mi adolescencia.
Camino hacia nuestro nuevo destino paramos en una gasolinera, estoy segura de que llovía porque el suelo estaba mojado y al bajar del coche resbalé con mi flamantes zapatos nuevos y caí, por suerte la caída no tuvo consecuencias para el bebe que estaba esperando. El hombre de la gasolinera me preguntó: ¿Cuántos litros quiere señorita?- Y yo le corregí ansiosa de que todos supieran que ya era una mujer casada: Señorita, no Señora. Las palabras pueden significar cosas muy distintas en diferentes épocas de la vida, porque a medida que transcurrieron los años cada vez me gustó menos que me llamaran señora y ahora que ya he pasado definitivamente a ese nombramiento me gustaría volver a ser llamada señorita porque interiormente sigo siendo la misma chica que se paró a poner gasolina en el camino.
Cuando llegamos, mis padres que nos habían acompañado para enseñarnos el funcionamiento de la casa se fueron enseguida. Entonces subimos al dormitorio y allí en la vieja cama que me había visto nacer consumamos nuestro matrimonio como ya lo habíamos hecho la noche anterior en la habitación de la pensión de Bill y con el dueño gritando furiosamente desde la puerta que no se podían tener visitas, a pesar de saber perfectamente que nos casábamos al día siguiente.
Apenas nos habíamos recobrado de hacer el amor cuando oímos el timbre de la puerta del jardín, Bill se puso rápidamente un pijama y salió a la terraza…allí estaban de nuevo mis padres… como no teníamos teléfono, habían dado la vuelta mitad del camino porque se habían olvidado de decirnos donde estaba la llave de paso agua. A mi padre le hizo gracia la facha de Bill en pijama pero a él no le hizo ninguna verle de nuevo, no habían llegado en un momento demasiado oportuno y debían haberlo imaginado y esperar hasta el día siguiente, pero para ellos nosotros no éramos mas que unos niños de teta que habían cometido un disparate juntos y a quienes había que cuidar para evitar que siguieran cometiendo desastres. Nuestra intimad era poco valorada ante esos argumentos.
Aquella noche hicimos el amor cinco veces, nunca me había sentido tan feliz con Bill, hacer el amor de un modo legal después de tanto tiempo de hacerlo clandestinamente era un goce extremo. Por fin habíamos conseguido lo que tanto habíamos deseado…éramos marido y mujer, estábamos casados y esperábamos un hijo y sobretodo nos queríamos ¿Qué mas podíamos desear? No nos dábamos cuenta de que en realidad éramos unos seres sin ninguna clase de autonomía y que todo, absolutamente todo lo habían pagado mis padres: la boda, el banquete, el traje del novio e incluso el anillo de bodas, y también pagarían el billete de regreso de Bill a Alemania. Estábamos en deuda con ellos y no sabíamos cuando podríamos devolverla, porque aunque mis padres no querían nada a cambio era evidente que si no lo hacíamos estaríamos condenados a seguir siendo unos niños que juegan a papas y a mamas toda la vida. Pero aquel día eso poco nos importaba. Y sin embargo importaba. Importó mucho cuando al cabo de quince días Bill tuvo que empezar a prepara su maleta para la marcha.
Pasamos los últimos días en un hotel muy cercano a la oficina de mi padre, en la misma calle a pocos metros de la tienda. No recuerdo porque razón nos alojamos en un hotel pero si que no pasamos allí buenos momentos Durante aquellos ultimas días, quizás para aturdirnos y no pensar en la inminente marcha nos íbamos a dormir a las cinco de la madrugada y nos levantábamos ya muy entrada la tarde, pero ni siquiera hacíamos el amor, nos pasábamos el tiempo jugando a cartas. Una noche en medio de una partida Bill arrojó las cartas sobre la cama con furia y grito: ¿pero que estoy haciendo? en lugar de abrazarte y besarse estoy aquí perdiendo mi tiempo jugando a un entupido juego… La felicidad ya se había terminado, estábamos en muertos de miedo ante el futuro que se avecinaba. A parte esto yo no podía evitar una extraña sensación de remordimientos cuando pensaba que tan solo a unos metros mas allá los empleados de mi padre y el mismo estaban trabajando mientras yo dormía o ganduleaba, ni siquiera me daba cuenta de que todavía estaba en mi luna de miel.
Pero ahora me gustaría recordar aquella última noche que pasamos juntos. Fue una noche de pesadilla. Hacía ya días que respirábamos el miedo y la angustia de la separación, pero no hablábamos de ello. Yo sabía que Bill sentía pánico de volver al ejército y su temor no era solamente por los meses de castigo que debería pasar encerrado en una prisión militar, sino por los elementos indeseables que podía encontrar dentro de aquel encierro. Me había explicado espeluznantes historias de blancos linchados por negros y aunque yo conocía bien la tendencia a exagerar de mi marido en el fondo todo aquello que me contaba me inquietaba bastante.
Aquella noche fuimos a cenar a un pequeño restaurante cercano al hotel,
no regresamos demasiado tarde pues al día siguiente debíamos madrugar para ir a la estación de tren. Una vez en la habitación yo estaba ansiosa sus besos pero cuando intentaba abrazarle Bill me rechazaba con cualquier excusa, parecía una persona diferente, su actitud era fría y dura conmigo y apenas yo abordaba el tema de su marcha me hacía callar con brusquedad, yo casi no me atrevía a hablarle o sea que en lugar de charlar nos entretuvimos casi todo el resto de las noche enganchando postales con reproducciones de cuadros de los distintos museos que habíamos visitado juntos, como dos simples amigos. La frialdad y el hermetismo de aquella noche me hizo mucho daño pero ahora comprendo los extraños resortes que el ser humano utiliza para defenderse a si mismo en adversas circunstancias. Acabé de pasar el resto de la noche sola en mi cama llorando en silencio y esperando que amaneciera.
El día siguiente llegó aunque tardó menos que los otros días. De un repente me encontré en la estación de Francia con mis padres a un lado y Bill al otro y me di cuenta de que el tren iba a arrancar y que yo debía quedarme tierra. Toda la aparente frialdad y dureza de la noche anterior había muerto. Los dos llorábamos abrazados con la desesperación de seres de dos seres que no quieren separase y sin embargo deben hacerlo.
-Cuídate mucho cuando tengas el niño, me dijo él antes e que el tren arrancase – con los ojos arrasados. Papa me sujetó por el brazo y me dijo suavemente que debía bajarme del tren. Nunca olvidaré aquel día. Mi alma quedó marcada a fuego para siempre y la cicatriz nunca podrá ser borrada pase el tiempo que pase, seguirá allí durante todos los días de mi vida, desgarrándose cada vez que el pensamiento se detenga en aquel momento, como ahora. Y el tren arrancó y los dos nos separamos sin conocer con certeza nuestro futuro. No sabíamos si volveríamos a estar juntos, es mas ni siquiera sabíamos si volveríamos a vernos más.
La vida no fue fácil para mí después de su marcha. Mi situación en casa con mi familia pretendía ser la misma de antes pero no lo era aunque todos se empeñaban en tratarme exactamente igual yo ya no era igual. Me había convertido en una mujer casada y estaba esperando un hijo. El problema era que dependía de mis padres económicamente, por lo que ellos consideraban que debían seguir tratándome como siempre y que nada había cambiado.
Dos días después de su marcha Bill llamó por teléfono desde Alemania y me pidió que me reuniese con él en Paris, decía que no tenía valor para entregarse, se había gastado todo el dinero que mi padre le había dado para sus gastos en emborracharse y pasar la noche con una prostituta en un burdel porque se sentía solo y tenía miedo. Yo me asusté, pero comprendí que debía asimilar aquello con calma y le pedí que volviese a llamarme. La suerte hizo que mi hermana estuviese en casa en aquellos momentos y le pedí consejo, gracias a sus palabras encontré el valor suficiente para decirle que no contase conmigo que no iría a reunirme con él, y que si me quería debía vencer su miedo y entregarse. Mi hermana estaba segura de que si yo me mantenía firme él superaría aquel momento y no se equivocó. Siempre le agradeceré sus palabras.
A partir de aquel momento solo vivía esperando sus cartas que tardaban mucho en llegar, algunas de ellas eran monstruosas, hablaban de malos tratos en la cárcel y sobretodo estaban impregnadas de sentimientos de celos. Bill inmaduro e inseguro con una mentalidad aun adolescente estaba muy lejos e imaginar que para una mujer española de aquella época el matrimonio significaba sobretodo fidelidad absoluta. Ni siquiera se me había pasado por la imaginación salir alguna vez del claustro familiar para distraerme, pero a él encerrado entre cuatro paredes tenía muchas horas para pensar y su imaginación se desbordaba hasta el punto de llegar a amenazarme por supuestos actos que solo existían en sus pensamientos.
Su inmadurez era tal que llego a echarme en cara el hecho de haberle ocultado mi verdadera edad como una prueba de que yo era una mentirosa., El episodio de la edad tiene un cariz muy curioso: cuando le conocí Bill tenia 20 años y yo ya había cumplido lo 25, aquella diferencia de edad, era para mi la norma de todas mis relaciones, ya que debido a mi carácter y a mi apariencia siempre he entendido mejor con gente mas joven que yo, pero al descubrirlo a Bill le pareció unas mentira terrible, y trajo una terrible secuela de desconfianza, una secuela que tuve que arrastrar durante mucho tiempo, algo banal para mi a él le dio una importancia exagerada cuando estábamos rodeados de problemas realmente importantes
El tiempo pasaba lento para mi, observaba como mi cintura adquiría la cuadratura de un cuadrado con cierto rechazo y el hecho de saberle lejos y sufriendo se sumaba a las molestias físicas propias de mi estado.
Yo le enseñaba las cartas a mi padre porque necesitaba compartir con alguien mi desasosiego y este se escandalizaba al leerlas, sus comentarios eran: ¿Cómo puede pensar esto de ti?-
Pero Bill si lo pensaba y se torturaba inútilmente, torturándome también a mí. Mi vida podía haber sido una espera placida y serena pero aquellas cartas la convertían en un infierno. Decidí que debía hacer algo.
– Tengo ir a su lado, me necesita- le dije a mi padre.
Pero él no quiso ni oír hablar del asunto, no era razonable, yo no estaría mejor cuidada en ninguna parte como es casa, además ellos tenían el dinero, no había pues discusión posible. Pero yo no me daba por vencida tan fácilmente y comprendí que ya que ellos no me iban a pagar el viaje debía pagármelo yo mi misma. Por primera vez en mi vida intenté encontrar un trabajo. Cada día compraba el periódico y me leía la sección de anuncios de arriba abajo. Hice una balance de mis conocimientos: bachillerato incompleto, la carrera de piano sin terminar, carreras de bellas artes solo comenzada, lengua francesa e inglesa mediocremente habladas y peor escritas, conocimientos de mecanografía y taquigrafía muy rudimentarios… fue entonces cuando me di cuenta de la realidad: yo no estaba preparada para trabajar Aquel descubrimiento fue un golpe duro pero muy positivo para mí acostumbrada a ver la vida bajo un prisma de color rosa y opté por cuidar niños como una quinceañera que necesita dinero para sus gastos personales. Creo que fui valiente porque acepté aquel trabajo a pesar de saber que yo servia para mucho más y de tener a toda la familia en contra. Mi padre en aquellas circunstancias actuó de un modo sorprendente para mí, porque me dijo. – No digas quien soy yo cuando te pregunten quien soy, di que eres hija de un empleado de banco o cualquier otra cosa – Yo no comprendí porque se sentía humillado por mi decisión, siempre me había dicho que cualquier tipo de trabajo honrado dignifica al hombre sin importar su modestia, pero mirándolo bajo otro punto de vista, ciertamente mi padre había puesto a mi alcance muchas posibilidades y quizás lo que le avergonzaba no era el trabajo en si, sino que yo las hubiese desperdiciado y ahora tuviese que trabajar de simple niñera. A parte de esto supongo que también le dolía que yo quisiera marcharme de casa y dejarle para reunirme con Bill.
El trabajo consistía en cuidar a cuatro criaturas de clase acomodada cuyas edades oscilaban entre los dos y los seis años. Los sábados y domingos yo debía bañarlos, vestirlos, llevarlos de pasero, acostarlos, darles de comer y entretenerlos. Aquellos niños eran cuatro monstruos muy difíciles de dominar y las horas que yo estaba en aquella casa eran para mí una especie de infierno. Los padres de los cuatro energúmenos eran dos seres insoportables, convencionales y vanidosos. La mujer, una alemana trasplantada a España, añadía a su dureza germánica todas las características negativas que pudo adquirir de mi país. Cuando me entrevistaron como candidata al trabajo e ignorando los deseos de mi padre les di mi nombre mi dirección y mi currículo, me preguntaron: ¿Cómo siendo tu hija de buena familia y con estudios necesitas un trabajo como este? Aquella era la mentalidad absurda de la España de los años 1960.
Con uno de los niños, el mayor, mi odio llegó a adquirir proporciones gigantescas, especialmente después de haberme llamado culo gordo delante de un montón de personas. Recuerdo que una vez los lleve al cine y para vengarme le di una disimulada patada en la espinilla en la oscuridad, pero aquel pequeño ser pérfido y malvado supo inmediatamente quien había sido yo a pesar de estar en medio de mucha gente y se puso a gritar en contra mía poniéndome en evidencia delante de todos.
La familia no vivía lejos y a veces cuando paseaba en su cochecito al mas pequeño, pasaba por delante de la casa de mis padres, incluso recuerdo que una vez subí a enseñarles el bebe. El rechazo y los prejuicios de ellos me sorprendían porque yo lo veía todo bajo una óptica mas avanzada, me tomaba aquello como un aprendizaje, algo así como un curso puericultura experimental, un trabajo temporal y esporádico que ya se practicaba desde hacia tiempo en países extranjeros donde hasta los hijos de lo millonarios fregaban platos en los restaurantes durante el verano para pagarse las vacaciones, la actitud de papá me sorprendía mucho.
En realidad ya me di cuenta de que parecía reacio a toda clase de maneras de independizarme por mi misma cuando estudiaba francés en Paris donde todos mis compañeros alternaban sus estudios con algún trabajo eventual. Recuerdo que les escribí una carta explicándoles que se me había ocurrido dar clases de piano a principiantes mientras seguía estudiando y así ganarme algún dinero extra no pareció nada entusiasmado con la idea, tampoco gustaba que tocara el piano, quizás porque yo no estudiaba demasiado y le parecía que tiraba el dinero cuando pagaba mis clases en el conservatorio aunque también es posible que no creyera en mis facultades como pianista y era demasiado delicado para decírmelo.
La historia terminó cuando recibí una carta de Bill escrita en unos términos insólitos. Mi marido parecía haber madurado de golpe y me decía claramente que estaba harto de que yo le explicase mis problemas porque el tenia mas que suficientes con los suyos, también decía que estaba harto de que le dijese lo que tenia que hacer y lo que no debía hacer, añadiendo que si lo que pretendía era hacerme cargo de la familia podía hacerlo por mi misma sin contar con él, me remarcaba que había dejado su casa a los 16 años y que no se había casado conmigo para que yo actuase como su segunda madre. Decía que agradecía lo mucho que mi padres habían hecho por nosotros pero que estaba mas que harto de oírme hablar de ellos y que si yo no confiaba que el podría mantener a su familia sin su ayuda y si tanto les quería podía quedarme en España con ellos y el regresaría solo a Estados Unidos, Como colofón escribía: no estoy enfadado con tus padres pero con quien te has casado, conmigo o con ellos?
Aquella carta me produjo un ataque de nervios cosa que en mi estado no era demasiado saludable, y aunque me dolió pero no pude dejar de reconocer que en el fondo tenia razón y yo me estaba dejando influenciar por los consejos de mis padres de tal forma que ya no sabia pensar por mi misma. El medico reafirmó que yo no podía vivir en aquel permanente estado de angustia y papa
, aunque herido en sus sentimiento se hartó de aquella situación y me dio el dinero para el viaje. Para mi aquello fue un gran alivio.
Mi madre lloró mucho cuando se enteró de la decisión, y me dijo que era terrible para ella saber que su hija estaría sola en mi situación, con su marido en la cárcel, sus padre y amigos lejos para ayudarme si algo me ocurría pero fueron inútiles sus esfuerzos para evitarme un sufrimiento innecesario porque que la vida no fue tan amable y me lo dio después con creces.
Llegué a Alemania sola y perdida. Hacía mucho frío. Cuando me bajé del tren en la estación de Manheim le pregunté a un soldado americano si conocía algún hotel cerca de la base él amablemente me dio una dirección y yo fui allí en un taxi. No acabo de comprender como mi padre, que pensaba en todos lo detalles no había buscado un hotel desde España, pero sea como fuese aquella circunstancia era toda una experiencia para mi. Acostumbrada a viajar en ambientes estudiantiles y familiares, me sentía cohibida y desorientada, nunca me había hospedado en un hotel sola, y apenas podía comunicarme con los demás ya que no conocía casi una sola palabra de alemán y mi ingles era muy simple. A pesar de ello no me costó entenderme para que me dieran una habitación aunque tuve que subirme las maletas yo misma y eso no me gustó nada, el Hotel era demasiado barato para tener los servicios de un maletero pero parecía confortable y sobretodo estaba muy cerca de la base militar norteamericana que era exactamente lo que yo necesitaba.
La habitación no era muy grande pero si estaba limpia y la cama era blanda y cómoda, cubierta por un edredón nórdico de vivos colores, tenia además una amplia ventana que daba a la calle, desde donde a partir de aquel momento pase muchas horas asomada y fui testigo del ir y venir constante y disciplinado de multitud de alemanes yendo y viniendo a su trabajo en un compacto bloque de rostro inexpresivos, ni triste ni alegres, simplemente iban y venían: puntuales, eficientes, colorados, robustos, muchos rubios y algunos no tan rubios, pero todos con el mismo color desvaído en los ojos del cielo que descargaba sobre sus cabezas blancos y silenciosa copos de nieve.
Tardé un poco en acostumbrarme a esta nueva vida pero me ayudaron mucho los contactos que mi buen padre nunca dejó de tener conmigo. Aquella comunicación constante entre él y yo por carta e incluso por el innovador sistema de envío de casettes grabadas con su voz dándome ánimos y mensajes optimistas y explicándome todos lo acontecimientos que tenían lugar en España como por ejemplo un festival de canciones que la gente presenciaba con gran expectación por las pantallas de televison en la cadena interestatal de Eurovisión y en al que participan numerosos países europeos, y en conversaciones grabadas sin que nadie advirtiese que estaba haciendo porque solía esconder el micrófono debajo de la mesa en las comidas familiares. Mi padre que siempre estaba a mi lado cuando yo lo necesitaba y no dejó que me sintiera sola ni un solo momento durante mi estancia en aquel país extraño.
La familia propietaria de aquel hotel me miraba con una cierta curiosidad no exenta de extrañeza, ¿Qué hacía una mujer española sola y embarazada en un aquel país? ¿Dónde estaba su marido? Pero poco a poco me fui acostumbrando a aquella curiosidad y también a muchas otras cosas: al paisaje, al clima, a la gente, al idioma, a la pequeña iglesia del pueblo a la que solía ir cada día para desahogar mi añoranza y mi soledad, a las comidas a base de cerdo y patatas que aunque eran sabrosas me engordaron muchísimo, a los estrictos horarios de los autobuses que me llevaban al centro de la ciudad cuando iba de compras, a la limpieza exquisita de los alemanes, a las flores de los jardines y a los encajes de las ventanas de sus casas, y sobretodo a la base norteamericana y a la cárcel donde yo iba a ver a Bill cada domingo durante solo una hora, que era el máximo de tiempo permitido de vistas y donde en lugar de mostrar su alegría por verme tenia que soportar sus escenas de celos, sus malas caras y sus preguntas impertinentes y ofensivas que demostraban su desconfianza hacia mi y hacia si mismo. Algunas veces ni siquiera me besaba al verme y yo simplemente me sentía desgraciada sin comprender que él ni siquiera fuese capaz de agradecer mi sacrificio de estar allí junto a él sola en un país extranjero lejos de mi familia y de los míos. Ahora puedo entender mas la vergüenza e impotencia que debía de sentir al encontrase en aquella situación. En realidad los estábamos en una cárcel aunque la mía no tenía barrotes.
Mis padres me presionaron para que volviera y como yo dependía de ellos económicamente, el dinero se acabó y tuve que regresar a España. Una vez de vuelta en Barcelona las cartas de Bill, que intercambiábamos a través de la cruz Roja Internacional, se sucedieron una tras otra y aunque estaban censuradas en ellas se traslucía todos sus miedos y sus angustias pero al cabo de un tiempo dejaron de llegar. Entonces fue cuando decidí volver a marcharme, mis padres ya no se opusieron, se habían dado cuenta de que yo sufría mucho esperando noticias y que mi sitio estaba junto a mi marido, además estando cerca quizás yo podría hacer algo para aliviar su situación. Había sido condenado por una corte marcial a casi un año de prisión, pero yo intuía que si me movía entre personas influyentes podía conseguir que su condena se acortase, nos interesaba mucho a todos que saliera de la cárcel militar lo antes posible ya que nuestro matrimonio, celebrado en España cuando él era un desertor, podía ser considerado no válido por el ejercito norteamericano, que en este caso no se haría responsable de los gastos del nacimiento del niño. Debía actuar rápidamente, las clínicas privadas alemanas o españolas eran caras y mis padres ya habían gastado suficiente dinero con nosotros. Así pues, entre una vida cómoda en mi país y la multitud de problemas que debería afrontar sola elegí esto ultimo. Subí al tren nuevamente y recorrí dos mil kilómetros para intentar solucionar aquella situación, fiel al lema que mi impuse desde pequeña: la vida es riesgo y emoción, una vida monótona y fácil no merece la pena ser vivida.. Una vez escribí: “estamos rodeados de muertos vivientes, nos rodean por todas partes. A los vivos se les reconoce enseguida porque brillan entre los demás como piedras preciosas. Son los entusiastas, los que no desfallecen, los que quieren comerse el mundo como si fuera un gran pastel, saboreando hasta los mas pequeños trocitos de chocolate aunque luego se les indigeste, pero a ellos no les importa porque gozan de buena salud y de un estómago a toda prueba” En lugar de desanimarme siempre me sentía muy fuerte ante problemas verdaderamente graves y a veces me pregunto si no creaba yo misma esos problemas para poder demostrarme que podía afrontarlos y solventarlos.
El segundo viaje fue en febrero y yo ya estaba embarazada de seis meses. Recuerdo que al llegar a Basilea el tren que me llevaba a Alemania cambió de vía y el movimiento de enganchar y desenganchar vagones me mareó terriblemente, estaba sola en el compartimiento y me asusté mucho. Salí al pasillo, no se veía a nadie por ninguna parte como si fuese un tren fantasma y yo no sabía que hacer, tras una espera interminable pedí ayuda al primer hombre que pasaba, este me dijo que tenia prisa por ir a recoger sus maletas pero prometió volver a ayudarme, nunca lo hizo, quizás no quiso, no pudo o no supo encontrarme en aquel largo gusano de hiero con ruedas, pero la sensación de desamparo que sentí no podré olvidarla nunca.
A parte de esta anécdota cuando llegue a Alemania todo me resulto más fácil esta vez porque todo me era familiar y ya sabía a donde dirigirme.
Me instalé definitivamente en el hotel, no sabia cuanto tiempo iba a vivir entre las paredes de mi habitación, pero si sabía que disponía de poco para ayudar a liberar a Bill de su encierro antes de que naciera el niño. Me armé de valor y de ingenio y utilicé todos los medios que se me ocurrieron, desde la insistencia hasta inspirar lastima, todo era valido para conseguir lo que me proponía y lo conseguí. Pedí entrevista con el comandante, con el capitán y hasta con el capellán de la base y fui a hablar con todos ellos, este último que fue quien más me ayudó me dijo algo que nunca olvidaré, algo así como: ¿te das cuenta de cuando nazca el niño tendrás no solo uno sino dos niños para cuidar? – El capellán lo conocía bien y sus palabras fueron proféticas, Bill era un niño inmaduro y débil, lleno de complejos y ansias de cariño que no sabía corresponder. Recuerdo que una vez me dijo: Mi madre no me quiere, nunca me ha querido – quizás no sabía dar cariño porque creía que nunca lo había recibido.
No solo conseguí que saliera libre antes de tiempo sino también que el ejército declarase válido nuestro matrimonio, ser bonita, joven y estar embarazada conmueve a los corazones y yo aproveché estas circunstancias a mi favor.
Ilusionada le envié una larga carta a la madre de Bill a la que todavía no conocía explicándole nuestro planes para el futuro. Su contestación no me gustó nada. A ella no le parecía conveniente que Bill trabajase con mi padre e insistía en que eso no sería bueno para nosotros, hablaba también de que cuando sálese de la cárcel debía intentar encontrar trabajo en lo Estados Unidos ya que era un país con mejores oportunidades y nuestro hijo podría ser ciudadano americano lo cual tenia muchas ventajas sobre otra nacionalidades.
Mi sensibilidad y mi orgullo se sintieron heridos al leerla – Si piensa que América es lo mejor del mundo yo puedo pensar lo mismo de España. Le comenté a Bill indignada. Las palabras de la mujer estaba cargada de sentido común pero ella solo veía las cosas bajo su óptica porque la experiencia demostró mas tarde que la tierra de las oportunidades puede ser en cualquier lugar para quien sepa aprovecharlas y Bill era de esa clase de personas que las desaprovecha en todas partes. Como madre creo que debería haberle conocido mejor.
Una vez solucionado el gran problema los días en Alemania comenzaron a sucederse con una monotonía y lentitud desesperantes, mi único aliciente seguía siendo ir a la cárcel cada domingo para verle pero aquel encierro me parecía interminable, como no tenia amigos escribía mucho a mi padre que me contestaba puntualmente, y desde que le dije que el dueño del hotel era coleccionista de sellos siempre procuraba poner en los sobres los mas vistosos. Aquellas cartas era un gran alivio para mi pero yo seguía sintiéndome muy sola. Entonces decidí hacer algo para dejar de pensar en aquel futuro que parecía que no iba a llegar nunca y se me ocurrió la brillante idea de comenzar un curso de diseño de figurín por correspondencia. Sumergida en el mundo de la creatividad comencé a vivir el presente minuto a minuto y dejé de pensar en mi soledad.
Un día estaba yo comiendo en el comedor del hotel cuando la cara sonriente de Margarita apareció en la puerta, casi me eche a llorar de alegría al verla. Durante la semana que estuvo conmigo hicimos varias excursiones y visitamos preciosas ciudades pero sobre todo charlamos por los codos, recuerdo que grabamos un casette parodiando a todos nuestros amigos y familiares…era tan divertido que yo no podía parar de reír, le agradecí infinitamente que hubiese recorrido tantos kilómetros para venir a hacerme un poco de compañía. Después de tantas angustias y preocupaciones ella fue como un sedante para mí.
Pero cuando Margarita se fue ya no estuve sola mucho tiempo, estando cercana su liberación a Bill le permitían pequeñas salidas durante las cuales se escapaba a verme eran visitas contra reloj y hacíamos el amor furiosamente con un ansia y una pasión que nunca volvimos repetir empezábamos a tener una verdadera historia en común, una historia de novela como las que yo siempre había soñado vivir cuando era una adolescente sentada frente al escritorio de mi cuarto escribiendo historias parecidas con otros protagonistas, Bill enfundado en su traje militar, que le sentaba extraordinariamente bien me parecía tan guapo, alto y esbelto que yo moría de placer al verle y la vez de dolor por no poder entra a su lado, el hecho sufrir me excitaba tanto como amar, y yo amaba y sufría al mismo tiempo…
La noche de su libertad pudimos al fin compartir nuestra intimidad sin prisas pero en lugar de ello Bill se puso a enseñarme juegos de cartas que había aprendido durante su encierro, yo le dejaba hacer mirándole tímida y atónita sin comprender demasiado lo que le ocurría como la última noche
que pasamos juntos en España antes de que se entregase al ejercito, de repente la misma escena se repitió prácticamente igual, el día de nuestra despedida y el de nuestro reencuentro, volvió a arrojar las cartas sobre la cama y gritó. ¿Qué estoy haciendo? He estado deseando que llegase esta noche hora tras hora y jugar a las cartas es lo único que se me ocurre? Después mebesó furiosamente y a pesar de las advertencias del médico sobre la conveniencia de cortar las relaciones sexuales dado lo adelantado de mi embarazo hicimos el amor. Aquella anoche bendije a la vida y a la felicidad que esta me ofrecía a pequeños sorbos.
A partir de entonces ya todo fue más fácil, seguí viviendo en el hotel pero Bill se reunía conmigo a partir de las cinco de la tarde cuando acababa su servicio y a veces íbamos al cine, a comer una pizza incluso alguna vez a la discoteca aunque yo casi no podía ya andar pues me dolían mucho las piernas.
Mis padres vinieron a reunirse con nosotros cuando las fechas del nacimiento del niño estaban cercanas. El dueño del hotel que se había hecho muy amigo mío a raíz de pedirme que le guardase los sellos de las cartas que recibía de España se sintió muy feliz de conocer a mi padre y se deshizo en atenciones para agradecerle que le enviase sellos tan interesantes.
Y el momento se acercaba, yo no estaba demasiado nerviosa, supongo que porque la ignorancia de lo que va a suceder te hace inconciente, el nacimiento lo esperábamos dentro de los primeros quince días de Mayo pero se adelantó. El primer día de aquel mes estaba yo sentada en el banco de una de las calles de Manheim junto a mi madre y recuerdo que le dije muy sorprendida y algo asustada: estoy mojada. Mama se sobresaltó. –Esto quiere decir que el niño esta a punto de nacer- dijo.-
Volvimos apresuradamente al hotel e intentamos localizar a Bill sin resultado. Mi padre estaba muy nervioso porque no sabia que hacer, pero yo estaba curiosamente muy tranquila, recuerdo que me comí un bocadillo de salchichas típicas alemanas con un excelente apetito, no sentía ninguna sensación especial, quizás un ligero cosquilleo en el estómago, me habían dicho y lo había leído que seria un momento doloroso, pero no podía ni imaginarme lo terrible que iba a ser, por eso estaba tan tranquila e incluso trataba de tranquilizar a todo el mundo. Mi embarazo había sido tan placido que casi me había posado inadvertido, quizás el haber vivido situaciones tensas me había hecho incluso olvidarme de que estaba embarazada, solo se me hacia evidente cuando por las noches subía las escaleras del hotel y me sentía pesada y sin aliento y luego al quitarme la ropa y observar mi cuerpo deformado.
Milagrosamente Bill llamó por teléfono cuando ya desesperábamos de localizarlo – .Estoy en el carnaval de la cerveza, – me dijo alegremente- te llamo por si estas animada y quieres que te venga a buscar-
– Ya lo creo que quiero que vengas – contesté crispada – pero para que me lleves al hospital, estoy a punto de tener el niño.
Las cosas se habían precipitado. Cuando Bill llegó la más rápidamente que pudo, yo ya estaba preparada, en realidad no sabía si me estaba equivocando de fecha porque no sentía ningún dolor, ni siquiera molestias, aparte de estar mojada. Papa quería acompañarme también, peo a Bill le pareció completamente fuera de lugar, él se conformó sin protestar, pero me di cuenta de que le dolía mucho no poder estar conmigo en un momento semejante y a mi también me dolió que no pudiese acompañarme porque su sola presencia emanaba paz y confianza, hubiera sido una gran ayuda para mi, en cambio mi marido no lo fue en absoluto porque se comportó fríamente como siempre solía hacer en los momentos en que yo mas necesitaba una muestra de afecto.
Cogimos un taxi, pude ver una ultima imagen de mi padre diciéndome adiós desde la ventana de la habitación el hotel, sufría por mi y yo sufría por los dos, ambos habíamos pensado lo mismo que quizás ya no volveríamos a vernos. En el interior del taxi a Bill no se le ocurrió siquiera rodearme el hombro con el brazo, nunca he podido comprender aquella odiosa frialdad que se apoderaba de él cuando yo necesitaba más apoyo, yo empezaba a estar asustada pero no quise pedirle un gesto cariñoso como si fuera una limosna, me acurruqué en un rincón del coche y empecé a sentirme triste y desamparada, todavía teníamos que pasar por su cuartel para firmar unos papeles necesarios para mi ingreso en el hospital y hasta le acompañé a hacerlos, nadie podía suponer al verme que iba a ser madre en menos de cuatro horas.
Ya en el hospital me sentaron en una silla de ruedas y de este modo atravesé los largos pasillos, dos jóvenes enfermeras me cogieron por su cuenta, me tomaron la presión, la temperatura, me desvistieron y depilaron, lo cual me llenó de vergüenza pues lo consideré innecesario y hasta humillante. Una vez preparada me acompañaron a una habitación donde otra mujer estaba también de parto y se quejaba angustiosamente. Yo comenté con ingenuidad que ojala me hubiera llevado un libro para leer, así la espera se me haría mas corta y la enfermera sonrió de un modo extraño, después comprendí por que, al cabo de media hora yo me quejaba tanto o mas que aquella pobre mujer que estaba a mi lado. Me enseñaron unos gráficos colgados en la pared y me dijeron que cuando llegase a la fase del último cuadro estaría a punto de ser llevada al quirófano.
Eran aproximadamente las dos de la madrugada cuando ingresé en el hospital Militar de Heidelberg y sobre las cuatro rompí aguas, me asusté terriblemente, las enfermeras que venían a mis llamadas de timbre me explicaron que era algo natural y que el momento se acercaba, entonces empecé a tener dolores, Bill en el taxi había intentado seguir la cuenta de mis contracciones, pero ciertamente yo no tenia entonces contracción alguna que tener en cuenta, mas hubiera apreciado un apretón de manos. Las contracciones empezaron a partir de aquel momento, me habían dicho que tras una contracción seguía una pausa, pero a mi no me ocurría eso, y entonces me di cuenta de que no había conocido el dolor hasta entonces.
El sudor humedeció mi frente y la garganta se me secó de tanto gritar, mis manos se agarraban con fuerza a los barrotes de la cama al no tener ninguna mano amiga para apretar, veía el resplandor de las luces de la ciudad tras los cristales de la ventana y en los poco instantes que podía pensar algo solo pensaba que debía huir de allí, de aquella habitación y de mi propio cuerpo atormentado, aquel horrible dolor que no me dejaba ni un solo momento superaba mis fuerzas de mujer joven. Yo pedía calmantes pero estos no me hacían ningún efecto, también pedía a gritos que Bill viniese a mi lado, pero me dijeron que no estaba permitido en el hospital que los maridos acompañaran a sus mujeres en el parto, según las reglas era mejor que se pudriesen de angustia y de dolor en un cuarto oscuro sin mano amiga o unas palabras de animo y como única compañía a otra parturienta acompañando tus gritos con los suyos. Incapaz de soportar mas me desmayé y cuando volví en mi me di cuenta de que me había ensuciado encima, después de aquello una enfermera ya no se separó de mi lado, la dilatación había sido mucho más rápida de lo que todos habían supuesto y cuando me llevaron al quirófano no tuvieron ni tiempo de darme la inyección epidural porque el niño ya estaba naciendo.
El momento del nacimiento fue rápido y no sentí dolor alguno, creo que mi cuerpo había sufrido tanto que ya no podía sufrir más, cuando terminó todo el médico me acarició un mejilla !Dios mió como agradecí aquella caricia, la única que había recibido desde que entré en el hospital! luego dulcemente me dijo en ingles: Tiene usted una hija – y yo le contesté también en inglés con los ojos llenos de lágrimas de emoción: ¡No es posible, no puedo creérmelo.- Me era difícil creer que ya era madre, que había tenido un hijo, que yo sola había hecho algo tan maravilloso e importante. Ya no recuerdo más pero creo que me dormí con el llanto de mi hija acariciando mis oídos.
Cuando desperté estaba en otra habitación y las luces de los neones me hacían daño en los ojos, no estaba sola, habían otras mujeres allí pero yo no podía verlas pues habían corrido unas cortinas a ambos lados de mi cama. Le pedí a la enfermera si podían apagar la luz porque estaba muy cansada y necesitaba dormir y ella me miró como si estuviese loca, evidentemente yo no comprendía aun que no estaba en una clínica privada sino en un hospital militar, al cabo de poco rato entró otra enfermera y me preguntó si quería desayunar y esta vez fui yo quien pensé que las enfermeras estaban completamente locas, lo que acabé de confirmar cuando seguidamente entró otra preguntándome si me quería duchar.
Yo solo quería dormir…simplemente dormir…acababa de parir a mi hija y estaba exhausta ¿era tan difícil de comprender que yo necesitase dormir? pero las enfermeras cumplían su rutina y poco le importaba mis necesidades.
Bill vino a verme poco después, le pregunté si había visto a la niña y me dijo que si y que estaba preocupado por unas arrugas que tenia en la frente. Bill no se comportaba como yo siempre había soñado se comportaría el padre de mi hija al verla por primera vez, era tan simple que no le importaba preocuparme a mi en un momento en que yo necesitaba estar sumamente relajada, pero luego pensé que la mayoría de los recién nacidos tiene arrugas en la frente y me tranquilicé. También me comentó muy molesto que mi madre al sabes que era una niña sabia exclamado: ¡que lástima que no haya sido un chico! – (un típico comentario machista de mi madre). Los encontré a los dos completamente entupidos y no me alegré de verles.
Pero papa si fue un alegría para mí, él parecía feliz, él sabía que en aquel momento yo necesitaba, comprensión, cariño y consideración. Me sonrió y me preguntó como me encontraba, yo, siempre preocupada por mi aspecto físico le pregunté a mi vez: ¿Hago mala cara? – Te ves algo pálida, pero es natural – me contestó – entonces le dije mirándole fijamente a los ojos- Nunca mas volveré a pasar por esto.- Y así fue.
Estuve tres días en el hospital. Poco a a poco iba recuperándome y familiarizándome con mi jija, que a mi me parecía la niña mas hermosa de todas las allí nacidas y creo que era verdad. Tenia la piel sonrosada y las facciones pequeñitas, la cabeza bien formada, y habían desaparecido por completo de su frente las famosas arrugas, su cuerpo era largo y bien constituidlo ¡era perfecta!
Me preguntaron si quería darle el pecho y aunque yo siempre había sentido una repugnancia innata y poco explicable a esta función natural dije que si, quizás porque mi instinto maternal se imponía mis inclinaciones racionales, lo hice por creer que era lo mejor para ella, ella era lo mas importante para mi. Me hice amiga de mis compañeras de cuarto, una robusta alemana que había caminado a las tres horas de haber parido a su segundo hijo y una americana de color. Recuerdo nuestras excursiones al comedor, pues en el hospital no servían la comida en la cama, parecía un peregrinación de dolorosas y al sentarnos y levantarnos de las sillas tardábamos un buen rato a causa del dolor que nos causaban los puntos.
Mi estancia en el hospital la recuerdo ahora muy vagamente pero se que me parecieron los tres días mas largos de mi vida tantos deseos tenia de volver a casa con los míos. Las enfermeras americanas eran todas jóvenes y guapas, una de ellas me recomendó una especie de sostén corazas del que yo no quise ni oír hablar, pues odio toda clase de sujeciones y no creo que el cuerpo se deforme por sentirse libre si no todo lo contrario.
Cuando estuve preparada y vestida para marcharme, casi no pude reconocer mi propio cuerpo, había engordado algo pero mi vientre había desaparecido, era como sentirse mujer de nuevo. Recorrí los largos pasillos del hospital esta vez a pie y con mi hija entre mis brazos, recuerdo que le dije a la enfermera que caminaba a mi lado, soy tan feliz, tan feliz…. jamás he vuelto a experimentar aquel sentimiento de felicidad, inmenso, inexplicable, que me embargaba en aquel momento con aquella pequeña obra maestra entre mis brazos. Era la primera vez en mi vida que yo había creado algo que verdaderamente merecía la pena, aquel pequeño ser de cabecita sin pelo manos y pies diminutos, cuyo calor penetraba en mi cuerpo a través de las ropas llenándome de amor y de ternura. No puedo describirlo con palabras solo puedo repetir que jamás en mi vida me había sentido tan completa, tan llena de todo, era como si todas las verdades del mundo hubieran quedado descubiertas, como si todas la metas hubieran sido alcanzadas, todo el dolor olvidado, como si la vida se hubiera detenido en aquel momento y aquella comunión que existía entre mi hija y yo alcanzase al resto de la humanidad con nosotras, las dos éramos una y el universo entero éramos nosotras también, la sensación de haberlo alcanzado todo en el mismo instante en que el medico había puesto el pequeño cuerpecito entre mis brazos porque todo estaba en aquella pequeña hija, después de tanto buscarlo ella me había traído el sentido de la vida. Ahora en la distancia del tiempo pienso que aquello fueron momentos de iluminación.
A la salida me esperaban mis padres, Bill y Maria Jesús, una amiga española a quien había conocido por medio de su novio, un norteamericano que compartió conmigo a unas clases de alemán durante unos días en la base. Todo me sonreían felices y yo era la mas feliz de todos ellos, la mujer más feliz del mundo, diría yo. Pero camino hacia el hotel tuvimos ya la primera discusión de padres recién estrenados, yo le había pedido a Bill que comprase una cunita para el bebe y él había esperado hasta el ultimo día y además fue tan tarde a comprarla que las tiendas estaban ya cerradas, así pues la niña no tenía lugar donde dormir. Ante el problema a mi madre se le ocurrió una brillante solución, utilizar una de nuestras maletas como cuna y si lo hicimos, a la niña se la veía preciosa durmiendo allí, parecía una muñeca dentro de un estuche.
Como ya éramos una familia completa y no podíamos seguir viviendo en el hotel, Bill se dio prisa esta vez en encontrar un apartamento cerca de la base en un lugar precioso rodeado de céspedes y flores. Mis padres se marcharon después el bautizo, que celebramos en una de las Iglesias Católica de la ciudad y antes ante de que nos trasladásemos al nuevo apartamento pero no sin insistir que me fuese con ellos a España, sus motivos no me parecieron convincentes, quizás junto a ellos mi vida y la de la niña sería mas cómoda pero si alguien tenía que cuidarse de ella era yo misma y si algo tenía que aprender mi intuición y mi cariño hacia ella me enseñarían.
Decoré mi nuevo piso con mucho cariño, era un apartamento amueblado aunque yo encontré la manera de poner detalles que le dieron un toque personal, pero en aquella época estaba convencida de que la única forma de llevar un hogar y consolidar mi nuevo estado de señora casada y respetable era ser metódica porque a mis 26 años una buena parte de mi misma seguía estancada en mi infancia. Inconscientemente imitaba la forma que mi madre llevaba la casa y hacia las cosas que siempre había odiado hacer, imponiéndome a mi misma un orden perfecto, todo debía estar en su sitio para sentirme bien, mas adelante me di cuenta de que aquella obsesión por el orden era completamente neurótica y una manifestación de mi propia inseguridad, como si me sintiese vigilada por la observadora e inquisitiva mirada de mi madre, pero aquella buenas intenciones eran desastrosas porque actuaba contra mi propia manera de ser y me esclavizaban. Yo limpiaba, iba a la compra, cocinaba, llevaba la ropa a la lavandería planchaba, llevaba a pasear a la niña en su cochecito por los bonitos caminos de los alrededores y como única diversión cotorreaba con alguna de las vecinas, todas americanas y esposas de soldados como yo. Nuestra vida familiar se desarrollaba de un modo aparentemente tranquilo, al fin tenia una situación estable después de tantos problemas, de un repente ya no quedaba nada por conseguir de todo lo que me había propuesto, y aunque mi hija era una continúa fuente de ilusión para mí, era todo tan fácil, seguro y metódico que hasta resultaba aburrido.
Naturalmente encontrar entre mis brazos un juguete tan precioso, de piel suave y ojos chispeantes me fascinaba, pero la responsabilidad de cuidarla me asustaba un poco. Aun recuerdo el día de su primer baño, la sumergí en el agua con un manual de puericultura en una mano y ella en la otra, lo que hacía muy difícil bañarla por cierto, pero pronto nos fuimos adaptando la una a la otra, ella aprendió a tenerme como perpetua esclava y yo me identifique como su mas perfecta adoradora; Solía dormirse mamando y al ponerla en su cuna el hambre la despertaba enseguida pues no había comido suficiente y se ponía llorar, aquella continua demanda me volvía loca y entonces se me ocurrió la brillante idea de atarme un gran pañuelo al cuello, meterla dentro y llevarla siempre acuestas como las indígenas, de este modo y mientras yo me movía por la casa ella comía cuando le venía en gana. Pero la solución no era demasiado practica y al cabo de dos meses decidí dejar de darle el pecho y alimentarla con biberones, a pesar de ello la niña seguía durmiéndose mientras chupaba y entonces ya en el colmo de la desesperación le compré un juguete original desconocido en España, un muñeco sujetador de biberones y lo puse en su cuna junto a su almohada así cuando se despertaba ella solo tenia que mover la cabeza y se encontraba el sabroso biberón a la altura de su boca, aunque nada de ello decían lo libros de puericultura aquella su fue una solución definitiva
Mis padres volvieron a Alemania en las fechas del nacimiento oficial para cubrir las apariencias y la familia no sospechase que yo estaba embarazada antes de casarme. Empezaba el verano y el calor centro europeo me asfixiaba, eso no parecía afectar demasiado a los alemanes que aprovechaban para salir a sus terrazas y jardines y tostarse al sol, mi padre con su peculiar sentido del humor solía decir que estaban congelados y necesitaban quitarse de encima los fríos acumulados en sus moléculas durante el invierno, lo cierto es que nosotros nos pasábamos el día sudando y evitando los atroces rayos solares y ellos los buscaban desesperadamente.
Aquel mes de Julio del año 1969 el hombre piso la luna por primera vez en la historia y todo el mundo estaba conmocionado por la noticia, pero para nosotros paso un poco mas desapercibida porque durante este segundo viaje comenzaron los preliminares de la tragedia que después se cernió sobre nuestras vidas, algo así como el pequeño vapor de agua que se condensa poco a poco hasta convertirse en un gran nube que amenaza tormenta y no pudimos compartir la alegría y el interés que la noticia indudablemente merecía porque estábamos demasiado inmersos en nuestra nube negra.
El primer día que mis padres pasaron con nosotros en el nuevo apartamento Bill no apareció en toda la noche. La reacción de todos fue de y preocupación y angustia, imaginamos que podía haberle sucedido un accidente o cualquier otro problema grave y nos asomamos durante largas horas al balcón de la casa mirando la calle esperando verle aparecer de un momento a otro, cuando volvió al fin ya amanecía y mi padres exhaustos se habían dormido, al preguntarle que le había ocurrido me contestó con una frase histórica que definió la situación para siempre.
.-He ido a divertirme con mis amigos porque esta noche estabas con tus padres y sabía que no te sentirías sola.- No hay comentarios.
Bill tenía una concepción de la vida familiar, insólita para nosotros y absolutamente lógica para él, así pues el entendimiento era difícil por ambas partes y aquella no fue la única noche, dijéramos que la primera de una sucesión de una larga serie de noches.
Aquellas horas nocturnas de espera que siguieron después unas tras otra me marcaron duramente, yo no podía admitirlo ni comprenderlo. Imaginé siempre que el hombre que se uniese a mi me protegería y acompañaría, me habían inculcado un fuerte sentido familiar, cosa de la que Bill carecía, pero yo no estaba preparada para cambiar mis ideas como tampoco estaba preparada para comprender que un muchacho de 21 años no estaba capacitado emocionalmente para la aventura de ser padre responsable y marido fiel porque a esa edad se es prácticamente todavía un adolescente. Eso lo comprendo ahora, como comprendo también las palabras el capellán de la base cuando me dijo que después el nacimiento de mi hijo debería hacerme cargo de dos niños. Pero quizás debería hablar un poco de las circunstancias que convirtieron a mi marido en lo que era, ya que no solo actuaba de aquel modo por la edad sino por su especial manera de ser.
Su infancia tenía el cariz de una típica tragedia americana y probablemente con ella podía haberse escrito un buen best seller. A los 14 años fue testigo del divorcio de sus padres. Su madre, que solo tenía 32, abandonó a su marido que la engañaba y la hacía victima de toda clase de humillaciones y los cuatro hijos de la pareja quedaron bajo la custodia paterna por la sencilla razón de que ella no disponía de medios para mantener a su familia. Viviendo con su padre los cuatro hermanos: Bill, Carol, Diana y Linda tuvieron que soportar toda clase de vejaciones, la hermana mayor que entonces tenia 13 años, fue incluso violada por él y el mismo Bill obligado por su propio padre a acompañarle en sus frecuentes visitas a casa de prostitutas. Incapaz de soportar más y aun sin tener edad sufriente para conducir Bill cogía sin permiso el coche de su abuelo para recorrer cientos de kilómetros y reunirse con su madre que viva en otro Estado, su madre con dolor tenía que devolverle una y otra vez a la casa paterna, las leyes estaban claras, había una sentencia del juez y debía cumplirse ella sabía muy bien que si las desobedecía podían quitarle la custodia de sus hijos en el futuro, y para obtenerla trabajaba duramente, pero Bill solo comprendía que era rechazado sistemáticamente por su madre cada vez que intentaba estar con ella.
Helen, que además de ser una mujer muy atractiva era también practica, se dio cuenta enseguida que nunca podría recuperar a sus hijos con su modesto sueldo de enfermera y consiguió casarse con un ingeniero que trabaja entonces en la NASA y disponía de buena posición económica, no creo que ella le amase realmente pero se sacrificó casándose con él como único medio de poder hacerse cargo nuevamente de sus hijos y evitar que vivieran con un hombre desequilibrado. Pero los cuatro años que Bill tuvo que convivir con su padre lo marcaron duramente y nunca pudo borrar la idea equivocada pero arraigada en su alma, de que su madre lo había rechazado y por lo tanto no lo quería. Quizás por ello él tampoco sabia querer, aunque me consta a su manera lo intentaba.
Explico todo esto porque considero que semejantes experiencias justifican muchas cosas aparentemente sin justificación. Bill necesitaba sentirse querido pero no podía devolver ese amor porque sencillamente no sabía como hacerlo, nunca se lo habían enseñado. Pero la trágica historia de su adolescencia no termina aquí, su padre harto de que abandonase la casa para volver al lado de su madre, decidió llevarle a un reformatorio acusándole de robar y conducta desordenada, a la salida de aquel lugar que mas que probablemente no contribuyó a ayudarle en su formación , su madre, ya casada y disponiendo de un situación estable y desahogada lo reclamó a su lado junto al resto de sus hijos, pero el muchacho ya estaba malogrado, su mente no había podido asimilar aquellos acontecimientos y ya no había estabilidad alguna que pudiese salvarlo.
En su nuevo hogar siguió robando coches y escapándose de la escuela y a los 16 años, aconsejado por su padrastro que ya no sabia que actitud tomar con él, se enroló como voluntario en el ejército donde destinaron a ultramar. Lejos de su hogar, de su familia y de su país, sintiéndose solo y desarraigado, su conducta fue de mal en peor, pasando más tiempo arrestado que de servicio. Al conocerme vio en mí a la imagen de la madre y compañera que necesitaba, pero yo no estaba preparada para semejante tarea porque yo también necesitaba apoyo y él solo podía ofrecerme su propia necesidad de apoyarse en mí. Me dijo que había desertado del ejército para no ir a la guerra del Vietnam pero no me dijo que habría desertado antes de que lo echasen de un modo deshonorarle porque el ejército estaba tan harto de él como sus padres.
El cielo y la tierra se me cayeron encima cuando me di cuenta de que mi matrimonio no se parecía en nada a lo que yo esperaba, mis padres habían intentado decírmelo y yo misma lo sospechaba antes de casarme pero siempre pensé que todo se solucionaría y que él cambiaría de modo de ser. La evidencia del fracaso era demasiado terrible e hice quizás lo peor que podía haber hecho pero también lo más humano, pensé que Bill no me quería y me refugié en el cariño de mi padres como cuando era pequeña y en el colegio los niños se reían de mi. Mis padres actuaron de la forma quizás menos conveniente pero también mas humana, se convirtieron en el sostén moral y económico de dos adolescentes a la deriva, porque eso era lo que éramos los dos y tras todo esto existía mi hija, un pequeño ser inocente que no tenía ninguna culpa de aquella situación caótica.
En aquel segundo viaje mis padres fueron testigos de acontecimientos que los llenaron de tristeza, la imagen de ambos abrazados y llorando durante una de las muchas noches en que Bill no apareció por casa hasta el amanecer y de la mía gritándoles que me dejaran en paz y que no se metieran en mis asuntos no la olvidaré fácilmente. Recordar a aquellos dos seres a quienes yo quería tanto llorando por mi culpa y abrazándose para darse fuerza me duele en lo mas hondo del corazón, pero mi reacción era bastante lógica, vivían tan pendientes de mí y de mis problemas que inconscientemente añadían una carga mucho mayor a la que ya tenía que soportar porque les involucraba en mi infelicidad y les hacía también desgraciados, aquello me hacia también sentir doblemente culpable.
A Bill le propusieron entonces asistir a una escuela de formación de radio técnicos en otra pequeña base americana situada en los Alpes alemanes. Al saberlo mis padres me propusieron que regresase a Barcelona con ellos y la niña, mama decía que el cambio de clima podría ser perjudicial para un bebe de pocos meses y con este argumento casi me convencieron, afortunadamente en el ultimo momento cambié de opinión y tuve la certeza de que mi lugar estaba junto a mi marido, fuesen como fuesen las cosas sabía que debía empezar a tomar las riendas de mi vida y que a la niña no le pasaría nada mientras estuviese conmigo. Se marcharon muy tristes los dos, pero mi decisión fue irrevocable y estuve acertada.
En Baviera vivimos una época feliz y tranquila, teníamos una habitación alquilada en una pequeña casita muy cerca de la escuela de radiotécnica y el ejército pagaba nuestro alquiler y el de las dos familias más que compartían con nosotros las distintas habitaciones de la casa. Los dueños eran campesinos bávaros, afables y rubicundos con el rostro surcado de arrugas que tenían su propia vivienda muy cerca de la nuestra y a veces nos invitaban a tomar el te o café. El lugar era precioso y desde la ventana de nuestro cuarto se podía contemplar un esplendido panorama de altas montañas cuyos picos aun conservaban las nieves de invierno, prados verdes y casitas típicas rodeadas de flores como la nuestra.
Vivíamos en las afueras de un pueblecito llamado Lengries que en invierno era una estación de esquí y estaba situado a menos de 1 Km. de la casa, allí íbamos a comprar aunque algunas veces nos trasladábamos al economato militar de la base mas cercana. Enseguida hice amistad con mis vecinas de cuarto, un par de muchachas muy jóvenes de 18 y 19 años casadas con soldados americanos pero sin hijos, eran las dos muy sencillas y bastante incultas, (una de ellas porque me preguntó una vez si en España hablábamos inglés cosa que me sorprendió mucho).
Asuntos burocráticos pendientes me reclamaban urgentemente y un día decidí que debía ir a Manheim, en realidad quizás no eran tan urgentes pero aquello era una buena excusa porque necesitaba estar sola y respirar un aire distinto. Estuve fuera dos días durante los cuales mi cuerpo actuó como si el bebe tuviera que tomar alimento cada cuatro horas, y el pecho me dolía intensamente al no poder eliminar la leche. Decidí aprovechar aquel viaje para dejar de amamantar a mi hija, y me coloqué un pañuelo alrededor del pecho fuertemente atado y así me dormí aquella noche, acunada por un agudo dolor y preocupada por si Bill sabría desenvolverse solo con la niña.
Cuando volví a Lengries mis pechos estaban secos. Lo encontré todo como lo dejé pero mi marido había tenido muchos problemas, el agujero de la tetilla del biberón era demasiado pequeño y la niña succionaba en vano su papilla mezclada con leche, Bill tardó algún tiempo en descubrir lo que pasaba y mientras tanto el bebe había amargado sus dos noche con sus llantos de hambre. Me contó que hasta llegó a tirar el biberón por la ventana con desesperación, (supongo que por no tirarla a la niña) por suerte, una de las vecinas de cuarto, oyendo los llantos lo ayudó a descubrir cual era el problema y cuando llegué todo estaba solucionado. Me dolió mucho el mal rato que tuvo que pasar mi hija pero por otro lado pensé que fue muy aleccionador para Bill sufrir aquella experiencia porque ya estaba harta de ser la única que se levantaba por las noches cuando el bebe lloraba.
Bill y yo hablábamos entre nosotros pero aunque yo aprendía cada vez más inglés no por eso nos comunicábamos mejor. A él solo le gustaba charlar de coches, motos y electrónica y a mi me hubiera gustado hacerlo de alguna otra cosa de vez en cuando, tampoco parecíamos estar rodeados de gente que tuviese mucho que decir, así que yo me sentía bastante sola.
Mientras duró nuestra estancia en Lengries, que fue corta, tuve la suerte de poder asistir al festival de la cerveza en Munich, ciudad muy próxima al lugar donde vivíamos, y allí en la gran sala de una cervecería llena a rebosar de centenares de personas, sentados en largos bancos alrededor de largas mesas. Comimos y bebimos con todos ellos y también como todos ellos cantamos a pleno pulmón cánticos estridentes que se ahogaban entre los aullidos de la orquesta y frenéticos golpes del bombo y los platillos, mientras tanto nuestro bebe dormía en su cunita portátil completamente ajena a aquella Apocalipsis de ruidos, aunque paradójicamente en casa se despertaba a menudo llorando en el silencio mas absoluto de la noche.
Yo estaba muy poco atractiva en aquella época, mí cara era la de siempre pero no había adelgazado después del nacimiento de la niña y solo podía vestirme con trajes anchos para disimular mi exceso de peso. Cuando volvimos a Manheim decidí ponerme a régimen. Una de las cosas que acabó de decidirme a adelgazar fue ver la silueta de mi vecina del piso de arriba, una americana rubia y enorme casada con un mejicano. Era joven y quizás no hubiera sido fea sin la tremenda capa de grasa que la envolvía. Tan ruidosa como gorda, tan sucia como ruidosa, era una mujer de escasas base cultural y tenía dos hijas de corta edad, pálidas y delgadas con quienes desahogaba su mal humor y a quienes alimentaba mal, no por falta de medios sino simplemente por desidia. Su marido era militar y cada vez que se ausentaba para ir a maniobras militares ella le era infiel sistemáticamente, malas lenguas comentaban que se había acostado con casi toda la base, aunque a mi me parecía sorprendente que algún hombre quisieran estar con ella dadas sus trazas. Entrar en su casa daba la misma sensación de entrar en una pocilga de cerdos. El olor a basuras, mezcladas con orines de niño eras terrible y representaba para mi un verdadero sacrificio permanecer allí mas de cinco minutos, pero ella parecía siempre feliz y siempre sonreía y sobretodo deseaba ser amiga mía, imagino que porque nadie quería serlo.
La que si llegó a ser mi amiga fue otra americana californiana también vecina y que como casi todas las mujeres de los soldados era muy joven. Graciosa y atractiva aunque no bonita, rubia y estilizada recuerdo que le sentaban de maravilla los uniformes de trabajo de su marido. Se llamaba Connie y era madre de una niña que no se parecía en nada a ninguno de los dos. Recuerdo que Bill había hecho algunas veces el comentario de que él no se sentiría nada tranquilo teniendo un bebe así. Aunque todo lo bien que me sentía al lado de una era a la inversa al lado de la otra, las dos me ayudaron mucho a pasar mi estancia en Alemania mas llevadera y a ampliar mi conocimiento de los norteamericanos así poco a poco entremedio de muchas otras diversas anécdotas llego la fecha en que Bill se licenció y pudimos ser libres de yugo militar que lo había tenido atado como una res, sin criterio ni voluntad propia durante cinco años de su vida.
Le enviaron a los Estados Unidos en un avión especial fletado para todos los soldados que acababan su servicio militar. Yo me quedé en Alemania arreglando mis papeles para seguirle después, y no fue fácil, porque solicité un visado de emigrante sin saber lo que estaba solicitando, luego me di cuenta de que era casi como pedir la llave del cielo y que para merecerla debía de ser hallada sin macula de pecado. Me exigieron certificados penales de todo tipo, amen de partidas de nacimiento, matrimonio et etc, tuve que escribir a España para que me los tramitaran y creo que por primera vez en mi vida odié a los Estados Unidos con todo su poder y su gloria a los que parecía tan difícil acceder viniendo de la vieja y modesta Europa. Me dijeron que los tramites eran mero recuerdos de la guerra, en los que las alemanas se casaban con los soldados americanos simplemente para salir de su país, yo pensaba que desde la segunda guerra mundial había llovido mucho y no entendía el porque de tantas dificultades a todas luces innecesarias. Una vez con el Visado en mi bolsillo decidí hacer algo complicado como era mi norma habitual, en lugar de coger un avión directamente a Usa y reunirme con Bill quise ir primero a España. porque estaba impaciente por a mis padres. Lo mas lógico hubiera sido esperar y también lo mas económico, ya que el vuelo a América era gratis para las esposas e hijos de los soldados, pero no lo era ir desde Alemania a España y después volver. De todos modos algo de lógica si tenía mi idea puesto que en el tren pude cargar prácticamente todo mi apartamento. Ahora me parece inverosímil la cantidad de cosas de las que no me quise desprender, hasta recuerdo que me lleve una bascula automática de baño porque en España no las vendían todavía y en la aduana querían hacerme pagar impuestos por ella como si fuera un tesoro, pero con mi alma de trapero a cuestas yo no podía abandonar Alemania dejando tantos objetos que habían formado parte de mi vida fuera útiles o no.
En la estación de Francia me esperaba toda la familia. Yo era feliz…mi felicidad estaba metida dentro de una cunita donde sobre un rostro de mejillas sonrosadas asomaban unos ojos chispeantes y una nariz de garbanzo enmarcados por un gorrito de color azul cielo. Mi hermana que aun no conocía a la niña casi lloró al verla y yo me pregunté si era la misma mujer que meses atrás consideraba la posibilidad de eliminar. aunque fuese de un modo accidental. lo que entonces parecía un problema irreversible, pero no era ella la que había cambiado, lo habían hecho las circunstancias y lo que antes era una fuente de problemas ahora era la dicha de todos, me sentí muy fuerte al pensar que había sabido dirigir mis propias circunstancias y no dejar que ellas me dirigieran a mi.
En la inverosímil cantidad de cosas que traje conmigo lo más increíble es como pasé la aduana, o los policías se desanimaron al tener que revisar todo aquello o pensaron que nada de aquello tenía importancia. Entre otras muchas cosas llevaba cajas y cajas llenas de herramientas de Bill; clavos, tornillos, martillos, destornilladores, y toda clase de cosas semejantes que de alguna manera formaban parte de si mismo porque eran sus juguetes, con ellas comenzaba trabajos que nunca acababa abandonándolo todo a su alrededor como un niño cansado de jugar y también muebles, ropas y utensilios diversos. Todo lo que había constituido parte de nuestras vidas viajaba conmigo.
Estuve con mis padres un par de semanas en paz y tranquilidad. Bill me llamaba desde los Estados Unidos, me encontraba a faltar e insistió en que no dejase a la niña en España cuando fuera a reunirme con él. Hizo bien en insistir porque mis padres ya estaban presionando para ello. En realidad nunca me había planteado aquel viaje como algo definitivo. Siempre estuve segura de que volveríamos a España pero me llevé a la niña, los padres de Bill querían conocerla y yo no podía negarme, aunque pensaba que habían hecho muy poco para merecerlo pues ni siquiera vinieron a nuestra boda ni nos enviaron un regalo que compensase los esfuerzos económicos que estaban haciendo mis padres para ayudarnos.
Intentamos reservar un hotel en Frankfurt desde Barcelona ya que desde allí yo debía coger el avión en el que cruzaría el Atlántico pero fue inútil. Por aquellas fechas precisamente se celebraba la Feria del Libro y no había sitio en ninguno de los hoteles de aquella ciudad. Al final decidí irme sin alojamiento, imaginando que lo máximo que podía pasar es que durmiésemos en el aeropuerto una noche y sin embargo esta perspectiva me asustaba un poco, ya no era la despreocupada estudiante que viajaba sola y a la aventura, me había convertido en una madre responsable y aquella responsabilidad en forma de muñeco rubio y llorón me desconcertaba a veces. Todo había cambiado, la vida había dejado de tener el mismo sentido, el riesgo ya no era apetecible, mi seguridad, mi salud, mi vida en suma se habían vuelto valiosas ya que de ellas dependía otro ser, era un nuevo sentimiento desconocido que nacía del instinto y me convertía en una persona diferente, era un premier paso de un largo proceso, los primeros indicios de una madurez que había tardado en llegar. Tenía 27 años recién cumplidos.
Fui a Frankfurt mas asustada que mi propia familia. Los problemas que nunca me habían afectado, como por ejemplo encontrar un sitio donde dormir parecían incluso mas importante para mi que para mis padres a quienes siempre les habían importado tanto estos problemas y me sentí sola. Pero todo salió bien, hubiera podido ser un peregrinaje terrible de hotel en hotel con la niña y las maletas a cuestas pero me hice amiga de unos españoles que iban a visitar la famosa Feria y ellos me cedieron la reserva de un familiar que no había podido venir.
Ocupé pues aquella milagrosa habitación cerca de la estación el tren y coloqué a la preciosa carga que llevaba conmigo en su cunita portátil sobre una de las camas individuales mientras me felicitaba por mi buena suerte, pero aquella misma tarde cuando salía para dirigirme al economato US en Frankfurt y comprar una marca especial de leche para el bebe, me caí por las escaleras del hotel con ella en los brazos y no nos matamos de milagro, un nuevo milagro…pero la que se hizo más daño fui yo porque verdaderamente es cierto que los niños son de goma.
El día siguiente era el gran día, cuando subí al avión que me tenía que llevar a los Estados Unidos de América me di cuenta de que por fin iba a convertir en realidad el sueño de mi infancia, pero lo que nunca pude imaginar entonces es que el avión que me iba a transportar al soñado continente era una casa de maternidad con alas. Un gran número de esposas de soldados yankis, la mayoría americanas y algunas europeas pero casi todas con sus respectivos retoños, llenaban el aparato hasta rebosar. Las primeras volaban de nuevo a casa tras una larga estancia en un país extranjero y las segundas la hacían hacia lo desconocido como yo, que estaba muy emocionada pero a la vez llena de miedos, una mezcla de atracción y de rechazo por partes iguales.
La travesía fue infernal, no tengo palabras para describir lo sucedió dentro de aquel vientre de avión con más de cien mujeres acompañando a un montón de niños de edades comprendidas entre meses y pocos años. Las azafatas parecían enloquecidas… aun me parece verlas. El avión pertenecía a una compañía de aviación sueca y todas eran altas, rubias y delgadas pero su piel pálida estaba enrojecida por el continuo ajetreo a que las sometieron entre la preparación de biberones y papillas, cambio de pañales, mareos y vómitos, llantos desesperados y voces enfurecidas de las madres de aquellos pequeños tiranos. Imagino que debió de ser una de las travesías mas duras de sus vidas.
La cunita portátil de Tina con ella dentro estaba absolutamente empotrada bajo el asiento delantero al mío, por suerte la niña durmió como un angelito durante todas las horas de la travesía pues como ya he dicho tenía la curiosa cualidad de dormir como un tronco cuando todo se derrumbaba a su alrededor y llorar desesperadamente en el silencio más absoluto.
Cuando se empezaron a vislumbrar las primeras luces del Nuevo Continente, me olvidé de todo lo que me rodeaba y me transfiguré en Juana de Arco el día de su primera batalla, estaba llegando a América y aquello era la culminación de mi sueño infantil hecho realidad por haber sido lo suficientemente inconsciente e intrépida para vivir como deseaba hacerlo. La emoción me subió a los ojos en forma de lágrimas, eran momento irrepetibles, momentos por los que merece la pena haber nacido.
Mi marido, su madre y su hermana Carol me esperaban a las puerta de las llegadas del aeropuerto Kennedy, enseguida distinguí a Bill, alto y sonriente… nos besamos con ansias de mucho tiempo, yo estaba enamorada de el y él lo estaba de mi, lo que sentimos entonces estuvo muy cercano al éxtasis, éramos jóvenes y habíamos estado mucho tiempo separados, en nuestro reencuentro habían muchas ansias de contacto físico pero había también un hijo en común y muchos buenos momentos y penalidades detrás, lo cual nos unía de un modo mucho mas fuerte y auténtico.
Su madre era muy hermosa y causó un gran impacto en mí: rubia esbelta y cimbreante, parecía la negación en movimiento de lo que debía ser una suegra tradicional. Cuando le pregunté a Bill porque nunca me había explicado lo guapa que era su madre simplemente se encogió de hombros. Era claro que Bill nunca había mirado a su madre con ojos de hombre porque ni siquiera se había dado cuenta de su atractivo.
El viaje hacia la casa fue largo, tan largo que pensé que no iba acabar nunca, no podía imaginarme que las distancias en aquel país fueran tan enromes, pero estaba claro que eso era lo que decían los mapas y eso fue lo primero que llamó mi atención, lo grande que era todo: las calles, los coches, las casas, la tiendas, los cines, los supermercados…
Nos detuvimos varias veces en el camino para beber y mover las piernas. Advertí enseguida que todos los lugares estaban llenos de luz y de música, todo parecía alegre y me gustó. El país y yo empezamos a caernos simpáticos desde el primer momento y aquello me pareció un bien augurio. Aquel gran país que yo siempre había soñado visitar desde niña no me decepcionó porque se parecía a mi misma, era espontáneo, alegre y joven y yo me sentí a gusto en él desde el primer momento.
Bill y yo nos recostamos sin ningún recato en el asiento trasero, su madre conducía, y Carol estaba sentada junto a ella.. Yo me estrechaba entre los brazos de mi marido, mientras la niña dormía a nuestro lado. Eran momentos de plena felicidad. Y tuve la clara consciencia de que tenía todo lo necesario para estar en el cielo. Y en él estaba, no me cabe duda.
Después de mas de cinco horas de viaje, cuando llegamos a la casa, el recibimiento ni puedo ser más cálido, mi suegro abrió al puerta y me abrazó efusivamente, como un padre recibe a una hija que viene de lejos, yo me sentí un poco cohibida, especialmente porque no era el verdadero padre de Bill y en cambio su madre, a pesar de ser muy amable conmigo no me había dado siquiera un beso. Sus otras dos hermanas aún adolescentes me miraban llenas de curiosidad y no menos cohibidas que yo, probablemente Bill les había contado maravillas de mí y se sentían fascinadas al verme y yo quería estar a la altura de sus expectativas.
La casa había sido limpiada y ordenada a consciencia por mi llegada y superaba todo lo que yo había podido imaginar. Era confortable, grande y bien decorada, no me fijé en que los muebles no eran de madera sino de plástico, ni que las cuadros eran reproducciones, ni las estatuas de piedra sintética, yo no veía entonces aquellos detalles. Todo me pareció maravilloso.
Pero desgraciadamente los primeros problemas no tardaron en llegar, fueron simples altercados domésticos que, aparentemente pequeños, son precisamente los que convierten la convivencia diaria en insoportable y que necesitan toneladas de paciencia para poder ser sobrellevados.
El primer problema fue la temperatura ambiente. Mi suegro tenía puesto el termostato de la calefacción a 28º C en el mes de octubre cuando en el exterior se disfrutaba de una saludable temperatura de 20º C
Siempre he soportado muy mal el calor y sudaba continuamente mientras todo el resto de al familia parecían tan frescos y ahí empezó el juego, mitad cómico mitad dramático entre mi suegro y yo: en cuanto él giraba la espalda y salía de la habitación yo abría la ventana, naturalmente él siempre me descubría y volvía a cerrarla diciéndome muy correctamente que el dinero de la calefacción volaba al exterior al mismo tiempo que el calor, pero yo continuaba abriéndola y él otra vez cerrándola, con lo cual el malestar entre los dos era evidente. Ese escupido juego el escondite le costó a Tina un terrible constipado, afortunadamente sin consecuencias.
A parte de esta historia domestica, mi suegra y yo también empezamos a tener problemas aunque de otra índole, dijéremos más femeninos y también más ridículos porque tardé bastante en darme cuenta de que había caído en el seno de la típica familia americana de clase media que desciende directamente de los de los primeros pioneros puritanos procedentes de Inglaterra que desembarcaron en tierras americanas.
La historia es la siguiente: Yo me había comprado un precioso conjunto de bata y camisón que me ponía por las mañanas para ir cómoda por la casa, quizás era algo transparente pero a mi no me parecía que fuese en absoluto escandaloso, pero a mi suegra no se lo parecía así y me había insinuado muchas veces que aquellas transparencias no eran demasiado adecuadas para llevarlas habiendo hombres en la casa, yo me hacía la sorda porque me encantaba el conjunto, me lo había comprado expresamente para la ocasión y no pensaba quitármelo para dejarlo en un armario. Aquello ocasionó una guerra fría entre mi suegra y yo aun de mayores proporciones que la ocasionada por culpa de la calefacción con mi suegro, Verdaderamente me hubiera costado muy poco cambiarme de ropa y evitar el malestar general, pero no quería darles ese gusto porque su actitud me parecía exagerada y ridículas, yo no tenía intención de conquistar a los maridos ajenos con aquella supuestas transparencias, aquello estaba claro para mí y mi intención era lo más importante. La convivencia con la gente no parecía importarme demasiado, debía ser bastante difícil convivir conmigo en aquella época.
Para acabar de empeorar la situación extendí los problemas a mi cuñada Carol que vivía con nosotros junto a su marido y también a sus dos hermanas solteras. Yo había leído muchos manuales de puericultura que mi padre de enviaba por correo cuando estaba en Alemania y no parecía bien que mi bebe fuese cogido en brazos continuamente cada vez que una de ellas lo deseaba porque los manuales decían muy claramente que aquello era contraproducente para la educación de un niño. Cuando se lo dije a Bill para que lo hiciera saber a los demás, mis relaciones se enfriaron absolutamente con todos.
Mientras tanto sucedían en el mundo cosas importantes. Las manifestaciones pacifistas en contra de la guerra del Vietnam reunieron en Washington, a pocos kilómetros donde nosotros vivíamos una impresionante multitud de 250,000 personas. A mi me hubiera gustado mucho ir porque aunque la política me era indiferente el tema de la guerra el Vietnam era un hecho que rebelaba a toda persona con un mínimo sentido de justicia y además me daba cuenta de que era un lástima no asistir a un acontecimiento histórico semejante estando tan cerca, pero los padres de Bill se opusieron a que fuéramos, como con toda seguridad se hubieran opuestos los míos, los motivos alegados fueron que podían haber habido disturbios y ser peligroso, pero yo seguía pensando que merecía la pena arriesgarse y que Bill mas que yo debería haber insistido por haber vivido en sus compañeros las consecuencias de una guerra tan cruel y absurda como aquella, pero no disponíamos de coche ni tampoco podíamos indisponernos con su familia ya que vivíamos en su casa y a su costa, o sea que no fuimos. Pero yo siempre pensé que la causa de la negativa no fue simplemente prudencia, mis suegros eran los típicos americanos de clase media conservadora que no se implican en nada mas que en ir a jugar a los bolos y comer hamburguesas en la cadena de restaurantes Macdonald, y a parte de esto y pocas cosas mas, nada podía moverlos de sus cómodos sofás delante de la televisión. Siempre pensé que fue una lastima no haber ido, como solidaridad ante una causa justa.
Era curioso que en una época en que los jóvenes buscaban nuevas formas de vida, alejándose cada vez mas de la moral y la sumisión a la generación precedente nosotros adoptábamos el patrón familiar de las mayores como únicas soluciones para la nuestra. Yo sentía cierta envida por lo que habían sido capaces de liberarse de los patrones convencionales pero aceptaba vivir como una familia tradicional porque creía que era la única manera de ser una madre responsable, aunque quizás simplemente estaba demasiado ligada a mis padres y no quería herir sus sentimientos rompiendo moldes como otros jóvenes con o sin hijos hacían. Nunca he podido responder a esta pregunta que me he formulado muchas veces. Quizás algún día consiga hacerlo y espero que estas memorias me sirvan para descubrirlo. Nada puede cambiar el pasado pero para mi es importante saberlo para poder vivir mejor mi presente.
Pero la vida continuaba con o sin manifestaciones y a los pequeños problemas domésticos se otro mayor. Mi marido no había encontrado trabajo ni parecía tener demasiados deseos de encontrarlo, que mi suegro estaba en el paro y que todos comíamos del dinero de sus ahorros, aquellos pequeños problemas domésticos de convirtieron en algo tenso e insoportable.
Yo había escrito a mis padres contándoles el maravilloso cuento de hadas que me había parecido el país, la casa y la familia, pero cuando mi suegro en una reunión familiar nos comunicó que o Bill encontraba un trabajo o debíamos marcharnos de allí, (decisión muy razonable y absolutamente lógica) yo volvía a escribirles con gran resentimiento incapaz de ponerme en el lugar de otros. En mi egoísmo de niña mimada solo comprendía una cosa, que no echaban. Quizás debíamos habernos quedado allí, y afrontar nuestra situación como lo que éramos, dos adultos responsables de una familia, pero no lo hicimos y volvimos a actuar como dos adolescentes, incapaces de tomar las riendas de nuestras vidas.
Mi padre vio el cielo abierto con aquella noticia y se apresuró a contestarme diciéndome que en España seríamos bien recibidos y que
Bill podría contar con un buen puesto de trabajo en su fábrica. Yo había ido a América con espíritu de aventuras nunca me había planteado quedarme para siempre, porque en el fondo no quería sepárame de mi padre, quizás no volví por cobardía sino por un sentimiento extraño que me alertaba de un peligro desconocido.
Tampoco Bill tenía demasiados deseos de quedarse porque en realidad ya no se identificaba con su país, había pasado demasiados años fuera de su patria y ni siquiera le importaba demasiado donde ir porque no se sentía ubicado en ningún lugar, no encontré pues ninguna oposición por su parte a la propuesta de mi familia. Solo su madre se sintió herida, era una buena mujer con una experiencia atormentada tras sus espaldas y en el fondo se sentía culpable de no haberse podido dedicar más a su hijo mayor. Yo no comprendía demasiado su vida a mi entender muy vacía y abúlica pues dejaba pasar prácticamente todo el día sentada enfrente del televisor haciendo punto, pero si comprendía que había sufrido mucho y que quería a su hijo porque habíamos tenido largas conversaciones íntimas y nos habíamos sentido compenetradas. No nos guardábamos rencor.
Y un buen día dejamos la dorada América, Bill para no volver jamás.
Recuerdo una estación de tren pero no recuerdo ni donde ni cuando y también recuerdo como lloraba su madre al despedirnos. Supongo que el mismo sentimiento que había comenzado en mi interior había también empezado a tomar forma dentro del suyo. Ese sentimiento tenía un nombre. Presentimiento.
Viajamos en tren hasta Nueva York. Allí nos esperaban Margarita y su marido Carlos. Mi amiga se había casado con un colombiano que yo le presenté en Barcelona, el encuentro había sido algo curioso porque en realidad Carlos se había citado conmigo pero a mi me gustó mas su acompañante y él entonces se había fijado en Margarita que me acompañaba a mi. Ahora ambos vivan temporalmente en la llamada Gran Manzana y parecieron muy felices de recibirnos. Nos llevaron a visitar el Impire State Building y me impresionó tener que levantar la cabeza para poder alcanzar con los ojos la cumbre del famoso rascacielos. Aquel fue el primer contacto con una ciudad que después llegó a convertirse en algo muy familiar para mí.
Pasamos la noche en el apartamento de mi amiga y su marido y al día siguiente cogimos un barco que nos conduciría a España, habíamos decidido volver por mar debido a la gran cantidad de equipaje que Bill llevaba consigo, especialmente muchos baúles repletos de enciclopedias, porque mi marido que tenía alma de investigador las consultaba continuamente.
La travesía fue toda una experiencia, de las que no pueden olvidarse. El barco era una ciudad flotante, uno de esos monstruos marinos con capacidad para miles de personas, con varias piscinas en cubierta, salones de baile, cine, teatro…existían tres niveles, o sea tres clases: económica, turística y de lujo, no creo que haga falta decir en cual de ellas viajábamos nosotros. De todos modos y dado que el barco era tan lujoso, incluso la tercera clase era confortable. Nuestro camarote estaba literalmente sumergido en el mar y el azote de las olas contra las paredes del barco producía un ruido que cuando conseguías acostumbrarte hasta era agradable. Podía haber sido una travesía muy romántica, pero no lo fue, es imposible que nada tenga un tinte romántico viajando con un bebe de diez meses. Si cenábamos en el restaurante no tardaba en llegar el camarero, al que habíamos dejado de guardia con una propina, para advertirnos que la niña estaba llorando en el camarote, si íbamos al cine debíamos salir a media película porque el bebe estallaba en llanto, no podíamos pasear juntos por cubierta pues no podíamos dejarla a la niña sola sin estar nosotros localizables, en resumen que cada uno de nosotros vivió el romanticismo como pudo pero por supuesto por separado. Ni siquiera recuerdo que hiciéramos el amor durante toda la travesía.
En uno de mis pocos momentos de soledad recuerdo la impresión que me produjo la vista del Océano profundo y oscuro, el barco parecía una cáscara de nuez insignificante en medio de las enormes olas y tuve conciencia de que estaba a bordo de un juguete perdido entre aquella inmensidad de agua, me pareció que no podía respirar como si estuviese encerrada y no pudiera hallar la salida. Aquella sensación de asfixia, me produjo un gran desasosiego, era la plena consciencia de saberme a merced de lo elementos, y también de mi insignificancia, sentí el miedo que da la impotencia. (yo entonces no sabía aún que padecía claustrofobia, lo averigüé mas tarde al quedarme encerrada en un ascensor) Desde entonces preferí viajar en avión, el riesgo es el mismo pero en el vuelo todo sucede tan rápido que ni siquiera se tiene tiempo a pensar en nuestras limitaciones.
Había un gran reloj en el salón el barco donde cada día se adelantaban las manecillas una hora y los pasajeros ajustaban sus relojes al nuevo horario. Bill y yo olvidando nuestro billetes de tercera clase recorríamos todos lo salones el barco como dos niños curiosos. Yo sentía por primera vez en mi vida la discriminación que da el dinero, podía viajar en un módico estándar estudiantil pero ya no era estudiante, ahora viajaba como esposa y madre de familia y como buena burguesa consideraba que mi puesto ya no estaba abajo de las escaleras del barco junto a los emigrantes y los pobres sino en primera clase como cuando viajaba con mis padres y nos alojábamos en buenos hoteles. Con el tiempo mi punto de mira fue haciéndose más amplio pero entonces yo no era más que una niña demasiado bien acostumbrada que hacía mis pinitos de mujer responsable y el papel me venía demasiado grande, como postizo, me habían lavado el cerebro con tal espuma que solo había en él burbujas de convencionalismo.
Yo tenía una peluca rubia a lo Doris Day y me divertía poniéndomela y sacándomela para cambiar de aspecto. Un camarero italiano estuvo loco por mí hasta que descubrió que mi pelo era de color castaño, como el de la mayoría de las latinas, entonces sin apreciar mis ojos verdes ya no me dedicó más atención, supongo que se sintió decepcionado porque deseaba relacionarse con una sajona y fue una lástima porque nos servía con gran esmero.
España nos sorprendió con su luz que dañaba nuestros ojos acostumbrados a las neblinas del Atlántico, nunca me había dado cuenta de lo azul que era el cielo y lo blancas que podían ser las nubes de nuestro país. Aquello me gustó, lo que ya no me gustó tanto fue el corro de chiquillos harapientos que rodeaban a Bill por todas partes llamándose mister y pidiéndole limosna. Con su facha de vaquero de película del oeste americano y su elevada estatura mi marido sobresalía entre aquel enjambre de pieles morenas y cabellos oscuros. Me sentí avergonzada, nunca había visto nada parecido en Cataluña y deseaba ignorar que esas cosas podían ser posibles en nuestro país. Pero aunque yo quisiera ignorarlo España seguía siendo un país subdesarrollado en muchas de sus regiones, No me daba cuenta de que a pesar de la crisis económica que ya empezaba asentirse en la comunidad europea, la emigración seguía siendo una de las características españolas, y mas el 20 por ciento de la población activa tenia que recurrir a la emigración para poder subsistir. Bill se sentía muy molesto ante aquella situación y yo también. Alquilamos un coche y nos marchamos enseguida rumbo a Barcelona prácticamente huyendo de allí.
Apenas si recuerdo nada del viaje, excepto que Tina, ( rebautizada así por mi suegra que encontraba su nombre, Antoinette, demasiado largo), iba en el asiento trasero durmiendo como siempre dentro de su cundita.
Mirando mis viejos álbumes de fotos puedo ver algunas que no hicimos durante el viaje. Yo iba vestida con una capa de pana de color canela y llevaba una gran pamela negra de última moda en la cabeza, creo que cada edad tiene su encanto especial, a la niña gordita le había sucedido la adolescente ingenua y pizpireta y a ésta la mujer joven en toda su plenitud física porque creo sinceramente, después de ver aquellas fotos, que a los 27 años yo era una verdadera belleza, mi cuerpo nunca estuvo a la altura del rostro pero sus pequeñas imperfecciones se borraban al mirarme los ojos. Bill era también un hombre muy atractivo. Soy artista y la belleza siempre me ha impresionado aunque a medida que pasaron años, mi concepto de la belleza fue cambiando y ya no consistió simplemente en un conjunto de hermosas facciones si no en la esencia que mana de la belleza interior y se trasluce en el brillo de la mirada o en una conversación inteligente, supongo que este es un proceso natural que todo ser humano debe seguir. Como dice una magnifica frase que encontré no se donde: hay ser humanos que maduran y otros envejecen, y yo espero madurar y no envejecer nunca aunque la piel se arrugue escribí
Mis padres habían preparado maravillosamente la torre de San Cugat para nosotros, había amor en cada uno de los detalles y rincones, para mi fue algo conmovedor llegar y encontrarme con aquella sorpresa. Habían pensado hasta en el más mínimo detalle, estufas, lavadoras, vajilla incluso encontramos el armario de la cocina repleto de botellas con nuestras bebida preferida y el jardín se veía precioso con una gran cantidad de flores recién plantadas, Además papá había convertido el cuarto testero en un taller para Bill incluyendo toda clase de herramientas necesarias para su trabajo. Supongo que acondicionando nuestro nuevo hogar debieron disfrutar como dos niños preparando la casa de sus muñecas.
Aquellas navidades se reunió allí toda la familia por primera vez, la casa de mis padres siempre había sido el lugar tradicional para celebrar las fiestas navideñas pero yo insistí mucho para que viniesen aquel año porque me sentía muy feliz en mi nuevo hogar. Siempre había adorado aquella casa que como un mago papa supo convertir de un antiguo caserón en un hogar confortable y cálido, impregnándolo todo de su propia personalidad.
Años después la casa se vendió y yo me trasladé a un piso desde el cual podía verla por la ventana pero aunque ya no me pertenecía siempre siguió siendo mía en esencia porque los recuerdos, girones de mi vida, siguieron viviendo dentro de sus paredes y revivían en mi cerebro al evocarlos. Durante muchos años soñé cada noche con ella y la recorrí en sueños, paseaba por el jardín, me miraba en las aguas del pozo,me dejaba acariciar por el sol en la terraza de mi cuarto y me estiraba en la cama donde nací y pase mi primera noche de bodas, abría el antiguo armario donde mi abuelo guardaba sus escopetas de caza, me asomaba al pequeño cuarto de soltera donde compartía con mis amigas secretos juveniles y entraba en el lavabo para reencontrarme con mi imagen en el mismo espejo que había sido testigo de mi trasformación de niña en adolescente y también volvía a sentarme frente a mi padre en las viejas butacas de mimbre y dialogaba con él como solíamos hacer, diciéndonos todo lo que las palabras no sabían decir con los ojos. Como aquel día en que me dijo con su serenidad habitual: Aunque yo me vaya antes que tú, quiero que estés tranquila porque yo siempre estaré contigo.
Me pregunté después muchas veces cómo mi padre podía estar tan seguro de aquella afirmación tan rotunda. Pero el lema de mi padre era la verdad y jamás hablaba por hablar.
Pasó la Navidad, comenzamos el año 1970 y los problemas comenzaron también. Bill trabajaba y yo me ocupaba de mi casa y de mi hija, aparentemente no había motivo de preocupación alguna, pero era solo aparentemente. La base de todos lo problemas era que Bill era perezoso o al menos así lo parecía, pero la pereza, aparte de ser uno de los siete pecados capitales, puede ser tal y como leí en un libro psicología, muchas
otras cosas: El perezoso puede tratarse de un neurótico, de un enfermo y en tal caso no es de extrañar que repudie el trabajo , sus reservas de energía son tan precarias que no consiguen enviar al cerebro los estímulos necesarios que provocan ese estado de conciencia que impulsa a la actividad gozosa.
He repetido la frase del libro porque yo no podía haber empleado otra mejor y ha sido una verdadera lástima que yo no lo tuviera en aquella época porque muchos errores no se hubieran cometido, pero entonces nadie fue lo suficientemente inteligente para considerar que la pereza podía ser a parte de un defecto y de un pecado, una auténtica enfermedad y cuando empezamos a plantearnos esa idea era ya demasiado tarde.
Todos nos equivocamos, mis padres con su bondadosa protección que nos hacía dependientes en todo y yo que me decanté hacia su lado, como una esposa traicionada en sus más profundas aspiraciones. Para ellos no éramos una pareja de recién casados sino un par de niños que debíamos ser vigilados y cuidados como tales y con esta actitud cargada de buenas intenciones ninguno de los dos podíamos madurar nunca.
Pero aunque ahora intente comprender la actitud de Bill también puedo comprender la mía. Mi marido llegaba frecuentemente tarde por las noches y era completamente imposible despertarle a la mañana siguiente para ir a trabajar, yo debía telefonar a la oficina de mi padre e inventar mil excusas que él naturalmente no creía y a veces Bill ni siquiera venia a dormir o cuando llegaba, ya entrada la mañana, se metía en la cama y no se levantaba durante todo el día. Quizás aquel excesivo control familiar le hacía añorar su vida salvaje en el ejército pero yo más bien creo que desconocía lo que era una familia porque nunca la había conocido.
Mi padre sufría mucho por mi y también porque debía justificar su sueldo y su actitud delante de su sus socios y demás personal de la empresa. que no podían admitir que por el simple hecho de ser el yerno del dueño se le permitiese el lujo de cobrar y hacer lo que le daba la gana.
Bill siempre se arrepentía de su actitud porque creo que ni siquiera era consciente de lo que hacía. pero si era consciente de que nos hacia sufrir a todos. Si yo a los 27 años hubiera sido capaz de analizar la situación como ahora… pero quizás no es una cuestión de edad si no de vivir el problema desde dentro o en perspectiva, el ser protagonista de un drama no da la serenidad necesaria para detenerse a pensar en el porque de las cosas. Ahora puedo ver la película desde la platea del tiempo y como transcurrió la acción en la pantalla y puedo, como un experimentado director cinematográfico, razonar como esa misma película podía haber sido interpretada para llegar a ser un éxito y no un fracaso. Pero entonces habían demasiados sentimientos en la baraja y el juego era demasiado fuerte.
Mi padre se excedió en su protección intentando tratar a mi marido como le hubiese gustado que le hubiese tratado a él en su juventud, solía decir que nunca había tenido ayudas de ninguna clase y si las hubiese tenido podría haber ido aun mas lejos…dadme una palanca y levantaré el mundo…era su lema. Pero no se dio cuenta de que cada ser humano es diferente y quizás Bill necesitaba precisamente sentirse más responsable de sus actos para reaccionar. Mi madre se dejó guiar por su mentalidad de orientación negativa, según ella Bill era malo porque era pobre, porque era más joven que yo y además era porque era extranjero. No hubo piedad para él, le hizo sentir incómodo a cada momento y creo que llegó a odiarle por no ser el ideal que ella siempre había soñado para su preciosa hija, como si yo fuese una continuación de si misma.
Y yo solo tenía en cuenta una cosa: que mi marido me dejaba sola y no trabajaba para mantener a su familia, nunca hasta el final me detuve a pensar en que podían haber otras causas, lo más fácil pero también lo más humano era pensar que no me quería. Acababa de casarme y quería vivir una vida tranquila después de tantos años de alboreadas tormentas sentimentales pero no encontraba la paz.
Nunca me ha gustado la monotonía, porque me atraen las emociones fuertes, siempre y cuando dejen un sabor de plenitud y enriquecimiento, porque la variación puede ser armónica y gratificante. Aquella situación solo me daba desasosiego, inestabilidad y desequilibrio, era como vivir en un infierno donde todos sufríamos, incluso el propio Bill que se sabía el causante pero no podía evitar ser la causa.
Ahora me doy cuenta de que mi marido huía de si mismo y aunque sentía grandes deseos de ser amado y recuperar lo que perdió de niño no podía hacerlo, el daño recibido en su infancia fue tan grande que su reloj se quedó parado para siempre. Todo el tiempo que vivió después fue un espacio vacío.
Papa se repetía una y mil veces como podía actuar así teniéndolo todo para ser feliz, pero ni él ni yo, estábamos preparados para responder a esa pregunta. Quizás sólo un psicólogo podía haber averiguado la respuesta pero cuando se nos ocurrió esa idea Bill se había ido ya definitivamente de este mundo. Sin embargo no me siento culpable, pienso que si todo sucedió como sucedió fue porque entonces yo era distinta y obré solo como sabía hacerlo, no fue inconsciencia sino limitación.
En realidad siempre he hecho lo que yo creía debía hacer. Cuando era una adolescente y no me dejaba besar en el cine era porque creía que eso no estaba bien considerado a los ojos de Dios, desterré ese concepto de dios de mi pensamiento cuando besé por primera vez, pero fui fiel en mi matrimonio a pesar de se desgraciada porque consideré que era un deber ante mi misma y ante mi compañero, por eso ahora no siento remordimientos, solo tristeza. Éramos una familia torturada, mi padre sufría y a su forma Bill también, y yo estaba en medio de los dos sufriendo por ellos y por mi misma al mismo tiempo, decantarse hacia el uno u el otro era imposible porque les quería a ambos y así el tiempo pasaba buscando desesperadamente una salida que posiblemente hubiese encontrado si me hubiera detenido a pensar fríamente desligándome de mi problema e intentando verlo desde fuera con serenidad.
Yo escuchaba a mi padre en sus justas lamentaciones de hombre bueno que estaba haciendo todo lo posible por ayudar y solo recibe a cambio golpes inmerecidos, su pena, su angustia, su humillación y su impotencia se trasformaban para mi en rencor en cuanto veía a mi marido y aquella actitud no ayudaba a resolver nada sino a empeorarlo todo.
Durante mucho tiempo cada vez que pasaba por la estación de Sant Cugat recordaba las noche en que iba a buscarle, esperando ver su cara en cada rostro y sabiendo que si no llegaba en el ultimo tren ya no vendría a dormir Todavía me parece sentir el amargo sabor que venía a mi boca cuando desesperanzada de verle arrancaba el coche y volvía a casa para dormirme sola en la gran cama de matrimonio donde yo había nacido hacia 28 años. No hay nada terrible en dormir sola cuando no esperas a nadie, pero es algo terrible hacerlo cuando si lo esperas. Yo no quería hacer el amor con Bill después de tantas noches en las que me dormía llorando sola, no quería dar ninguna satisfacción a quien ninguna me daba. Mi marido le estaba haciendo daño a mi padre, a mi hija y a mi y yo no podía entregarme a un hombre por la noche cuando durante todo el día le odiaba. Así poco a poco aunque me sentía físicamente atraída hacia él, mis necesidades sexuales disminuían. He olvidado muchas cosas pero aquel recuerdo de mis tristes esperas persiste.
A parte de todo esto me sentía inútil, llevar una casa y ocuparme de mi hija no eran suficientes para mí y me angustiaba la idea de pensar que esa iba a ser mi única meta en el futuro. Yo llevaba un gran caudal de ideas en mi interior que nunca había podido ni sabido desarrollar enredada en mis continuas borrascas sentimentales, ahora debía canalizar toda aquella energía como la única salida a aquella situación que se me estaba haciendo insoportable, necesitaba encontrar un trabajo creativo que me hiciese olvidar mi infelicidad, debía de encontrar satisfacción en algo porque mi vida como esposa y madre estaba incompleta. Eso me impulsó despertar de un largo letargo y me inscribí en un curso de diseño, la segunda parte del mismo curso que ya había estudiado en Alemania por correspondencia. Siempre me gustó dibujar, casi tanto como escribir y supongo que escogí el dibujo por reunir todas las facetas deseadas ya que aparte de desarrollar mi imaginación ocupando mi mente en algo mas que no fuesen los problemas que estaba viviendo, como profesión podía ser rentable, cosa mucho mas difícil de conseguir con mi incompleta carrera de piano o escribiendo libros porque además también necesitaba ganar dinero para independizarme de la tutela de mis padres. Ellos también lo comprendieron porque me apoyaron y ayudaron mucho a conseguirlo, ofreciéndose a cuidar de mi hija mientras yo iba a clase por las mañanas y aquello dio un nuevo aliciente a mi vida. Paralelamente, la comisión de justicia de las cortes españolas dictaminó la mayoría de edad de las mujeres en España a los 21 años como los hombres. Todo parecía avanzar un poco más, en mi vida y fuera de ella.
A medida que avanzaba el curso, iba descubriendo nuevas posibilidades creativas, el diseño de trajes me gustaba pero lo que realmente me fascinaba era dibujar los estampados de la ropa de las modelos, imaginar formas, armonizar líneas y descubrir colores… una nueva dimensión se abría ante mis ojos haciéndome casi olvidar los problemas de mi vida matrimonial. Acabé el curso con las mejores notas y me decidí a buscar trabajo en un estudio de diseño textil.
No recuerdo como conseguí la dirección pero un buen día me dirigí con mi hija de la mano y una carpeta de diseños bajo el brazo a la primera entrevista de trabajo de mi vida. Me recibió una elegante señora de mediana edad que tras echar un vistazo a mis dibujos y clasificarlos de bastante malos me dio un puesto de dibujante en su estudio de diseño situado en una de las calles mas vanguardistas de Barcelona.
En la entrevista hubo una anécdota muy divertida. Tina con sus tres añitos recién cumplidos al oír calificar mis dibujos como bastante malos se apresuró a replicar con fuerza: Mi mamá dibuja muy bien…
Mi hija sentía una gran inclinación hacia el dibujo y ya desde muy pequeña se pasaba largas horas dibujando a mi lado, el arte siempre fue nuestro lazo de unión… pero los lazos también se deshacen con el tiempo.
Trabajé durante un año en aquel el estudio y no gané apenas dinero, pero tuve ocasión de ampliar los horizontes de mi mundo que se había quedado muy reducido dándome la oportunidad de conocer gente nueva, pero mi trabajo terminó cuando la dueña me despidió presa de unos terribles e injustificados celos. Su marido se había mostrado especialmente amable conmigo y trataba de enseñarme el oficio en serio, estaba cargado de buena voluntad pero me imagino que su mujer no lo juzgó de esa manera y un día me dijo que ya no me necesitaba. Fue un duro golpe para mí que ya estaba suficientemente dolorida. Los nervios me afectaron los ojos y estuve viendo doble imagen durante mucho tiempo, hasta el punto de que el problema me impedía conducir. Fui al oculista y me dijo que mis ojos estaban sanos pero me recetó algo para el sistema nervioso, dijo que mi estado de ansiedad era el causante de aquello trastornos. El problema se solucionó temporalmente pero no pudo solucionarme la causa.
La situación entre Bill y mi familia iba cada vez peor, papá lo había incorporado como socio a su empresa pero todas las ilusiones que había puesto en la idea de un sucesor se vivieron abajo. Bill solo hablaba de que el negocio cde mi padre era anticuado, que se empleaban métodos arcaicos de producción y que debía renovarse todo el sistema, quizás sus ideas eran buenas pues procedía de un país mas adelantado que el nuestro y él era inteligente ¿pero… quien podía prestar atención a lo que decía si no era capaz de cumplir con un horario ni con sus obligaciones como trabajador? Si su comportamiento hubiera sido distinto mi padre hubiese sido el primero en escucharle y entenderle ya que siempre fue un hombre progresista. La situación llego a tales extremos que mi padre, a instancias de mi propio marido, rompió la sociedad que había pactado con él. Aquello fue muy duro para papa, era triste para mi ver como aquel ser tan bueno iba marchitándose poco a poco al igual que sus esperanzas, por eso yo siempre estuve a su lado y estoy satisfecha de haberlo hecho, porque la conducta de mi marido, fuera por las causas que fueran, era inexplicable, se le dieron toda clase de apoyos y ventajas y las desperdició todas una por una, sin buscar ninguna alternativa por su parte. Pero mi padre jamás lo abandonó, evidentemente por mí y por su nieta naturalmente.
Y un día mi marido conoció a Gaby, un chico que trabaja en negocio familiar de suministros eléctricos situada a pocos metros de la nuestra.
Bill solía ir a recoger género en su tienda, y como más o menos de la misma edad enseguida les unió una buena amistad. Gaby era encantador, tenía el pelo muy rubio y los grandes y azules enmarcados por unas gruesas gafas de miope y también era un chico muy bueno y muy trabajador, que atravesaba un mal momento, su padre acababa de suicidarse y a consecuencia el negocio familiar tenía que cerrarse. Ambos decidieron asociarse y montar su propia empresa.
Papá a pesar de su desencanto les ayudó a instalarse y se comprometió a comprarles toda la producción ya que de momento no tenían ningún cliente. Aunque la idea de aquella sociedad no era mala, y Bill estab entusiasmado con la idea, todos seguíamos sin comprender como mi marido podía rechazar un puesto privilegiado en una empresa segura y con perspectivas muy favorables de futuro para lanzarse a la aventura e iniciar un negocio sin ninguna garantía de éxito. Papá había comentado una vez: Es como modelar una talla de madera, si la madera es de buena calidad el escultor puede conseguir una obra de arte pero si la madera es mala la escultura se romperá en pedazos.
Bill se rompía en pedazos día tras día. El negocio con Gaby no funcionó aunque no recuerdo exactamente porque motivo, y decidimos separarnos por un tiempo. Durante una semana no supe nada de él, no se donde fue y si me lo contó no lo recuerdo, pero fue una semana terrible en al que me di cuenta de lo difícil que era vivir sola, quizás porque aun le quería o porque simplemente estaba acostumbrada a vivir acompañada, o una mezcla de las dos cosas.
Una tarde cuando yo llegaba de Barcelona con el coche vi a Bill esperándome en la entrada de casa, intenté fingir indeferencia incluso estar molesta porque había vuelto antes de lo acordado pero en fondo estaba loca de contento y apenas si podía disimular mi alegría. Me pareció tan atractivo que me sentí de nuevo tan enamorada como cuando era recién casada y aquella noche hicimos el amor con la misma pasión de antes.
Tuve a mi marido escondido en casa durante algunos días porque no me atrevía a decir a mis padres que había vuelto. La máxima esperanza de mi familia era que nos separásemos…nadie veía otra solución a nuestros problemas y por eso cuando Bill se fue, todos suspiraron aliviados, lo que nadie supuso es que yo, a pesar de mi aparente resolución de separarme iba a encontrarle a faltar. Me asustaba mi propio cambio de parecer y me pareció que no podría enfrentarme a mis padres si lo aceptaba de nuevo a mi lado, ellos estaban dispuestos a mantenerme a mí y a la niña pero no a él. Sin embargo la fatalidad hizo que nos cruzáramos con mi padre por la carretera cuando él venía hacia casa y nosotros íbamos hacia Barcelona.
El enfrentamiento fue terrible, pero yo me mantuve firme en mi decisión. No quería separarme de Bill. Era mi marido, era el padre de mi hija y yo le quería a pesar de todo. Sugerí a mi padre que no nos ayudase tanto, que nos diese la oportunidad de pasar nuestras propias experiencias, que quizás fuesen muy difíciles pero quizás también convenientes, yo estaba convencida de que sin ningún tipo de ayuda Bill reaccionaría y cambiaría de actitud. Pero la respuesta de mi padre fue en realidad una pregunta: ¿Pero si no hago todo esto por ti, por quien voy a hacerlo?
Y comprendí que en el fondo él me estaba dando todo el amor y la ayuda que nunca recibió en su infancia, era una manera de saldar la deuda que la vida había contraído con él. Quizás la gente pueda pensar que me deje ayudar por comodidad o pereza pero en realidad solo fue porque comprendí que quitarle aquella compensación hubiese sido cruel.
Y la vida siguió y Bill se quedó a mi lado. Mi padre no podía volver a admitirlo en su empresa ya que todos sus socios estaban en contra y entonces se le ocurrió montarle un pequeño taller anexo a la tienda, donde le encargó la fabricación de unos aparatos de los cuales le compraba toda la producción, no ganaba mucho, y yo me decidí a escribir a su madre y pedirle una pequeña ayuda económica para compensar el esfuerzo que mis padre hacían para ayudarnos, algo así como un pequeño regalo para compensar el que nunca nos mandaron para nuestra boda , pero no recuerdo si me contestó. De todas maneras podíamos vivir de una manera modesta sin demasiados problemas y al cabo de un tiempo empezamos a comprar muebles nuevos para nuestro nuevo piso. Cuando aun no habíamos acabado de pagarlos Bill decidió también comprarse un buen tocadiscos, ni que decir tiene que mis padres consideraron esta compra como un gasto innecesario y a mi tampoco me pareció un momento oportuno para hacerlo. Pero si Bill hubiera esperado mas tiempo jamás hubiera existido el momento oportuno para él y gracias a ese aparente despilfarro pudo escuchar buena música aunque fuera por poco tiempo. A veces es importante vivir solo el presente y desentenderse del futuro, es una lección que la vida me enseñó y yo aprendí rápidamente.
No tardó mucho en comprarse también una moto, una Norton del año 1939, le costó muy barata porque era una pieza de museo que apenas funcionaba pero era tan espectacular que la gente nos paraba por la calle para fotografiarla. A pesar de que mis padres opinaron esta vez que era una locura, la parte joven que aun no habían conseguido aplastar en mi se reveló, y en el fondo me gustó mucho que se la comprase. Me encantaba subir en el asiento trasero de la moto agarrada a su espalda y correr por la carretera como si las preocupaciones se quedasen atrás en el camino.
Los domingos solíamos salir al campo los tres pero en coche, casi siempre era yo la que insistía en salir porque la casa se me caía encima, signo inequívoco de mi malestar interior a menudo mis padres venían a vernos.
A Bill no le gustaba tenerlos en casa en casa el fin de semana y era natural que quisiera pasarlo en la intimidad con nosotras, yo debía haberlo comprendido pero un algo incomprensible me decía que no iba a tener a mi padre a mi lado mucho tiempo y debía disfrutar al máximo de su compañía. Por eso era yo la que solía pedirles que viniesen.
La garra que apretaba mi corazón no cedía y yo convivía con ella día y noche. Aquella sensación inexplicable que amargaba mis días tenía un nombre: presentimiento..
Aquella extraña congoja que me angustiaba a todas horas respiraba muerte. Veía muerte en todas partes, incluso en el mas radiante día de primavera lleno de sol y de color, la vista de los cementerios me aterrorizaba, apartaba los ojos cuando pasaba por delante de alguno y por la noche todas mis pesadillas se centraban en la muerte, ella estaba presente en todo lo que yo hacía o veía o pensaba y no había alegría posible para mi. No sabía lo que me estaba ocurriendo, y me sentía doblemente desgraciada porque a nadie podía contar lo que me estaba pasando, solo mi pequeña cada día más hermosa e inteligente me ayudaba a vivir. Me preguntaba el porque de aquello, pero solo lo supe cuando aquel presentimiento se hizo realidad.
Todos los miércoles papá se tomaba su día de descanso semanal y venía a verme la niña y a mi. Aquellos eran los únicos momentos en que podíamos hablar solos y a mi me hubiera gustado decirle – No me expliques lo que pasa sino lo que sientes y piensas, vacía tu interior para que yo pueda comprenderlo porque necesito saberlo todo de ti .-Pero papa estaba tan inmerso en los problemas del presente que no se daba cuenta de la poca importancia que todo lo que parecía tan importante iba a tener en poco tiempo. La intensa necesidad de comunicarme con su alma, le sorprendía bastante porque no lo comprendía y yo tampoco podía explicarle mis miedos.
Paralelamente a mis secretas angustias Bill no hacía más que hablar de que quería marcharse a los Estados Unidos. Tanto y tanto insistía que mi padre le propuso pagarle el viaje de vuelta a condición de que fuese solo.
-Cuando encuentres allí un buen trabajo Gloria y la niña se reunirán contigo– su propuesta era justa y razonable, solo le guiaba un propósito, mi felicidad y aunque quizás hubo un tiempo en que la felicidad para él se regía por otras motivaciones, como el riesgo y la aventura, a través de los años ese concepto de la felicidad había cambiado, para mi padre la felicidad consistía en estabilidad y seguridad. Escribimos una carta a su madre pidiéndole que ayudase a encontrar un trabajo par Bill en su país, pensaba que si habían podido ayudar al marido de su hermana Carol, quizás podrían hacer lo mismo con su propio hijo. Pero la carta nunca llegó a enviarse y Bill no aceptó a marcharse solo a América porque tenía la clara la convicción de que allí nunca encontraría un trabajo seguro y estable y de que yo jamás me reuniría de nuevo con él, pero se marchó antes a un lugar desconocido para todos incluso para él mismo y ya no regresó mas. Murió de accidente de coche en la madrugada del primer día del año 1973. Supongo que aquel desenlace era la explicación de mis angustias inexplicables, porque dejé de sentirlas después de lo ocurrido como si la aquella presión desconocida que ahogaba mi espíritu cesara al haber ocurrido lo inevitable.
Escribir sobre lo que sucedió es volver a abrir las heridas que aunque parecen cicatrizadas nunca podrán estarlo del todo y explicar los detalles me hace daño. Supongo que irán fluyendo poco a poco de un modo natural.
Tuve que soportar la muerte de Bill absolutamente sola, pues la única persona que podía haberme consolado era mi padre y cuando ocurrió el accidente estaba gravemente enfermo en el hospital.
Mi padre murió también 28 días después que mi marido de un neumotórax y cuando ocurrió yo ya estaba tan dolorida que aquel doble golpe me encontró casi insensible, de otro modo no creo que hubiera sido capaz de soportarlo. Papa era la persona más importante de mi vida y no es una simple frase, es la verdad. Siempre me había dicho a mi misma que sin él yo no podría seguir viviendo y creo que si continué haciéndolo fue porque una desgracia tras otra me hizo menos vulnerable al dolor.
A mi padre lo hospitalizaron en condiciones casi críticas, todos creímos que se trataba de un ataque al corazón pero luego nos explicaron que se le había reventado un pulmón. Recuerdo que le acompañé hasta el hospital en una ambulancia e intenté darle ánimos durante el trayecto, Bill todavía vivía entonces. Mi madre, mi hermana y yo pasamos largas horas de espera en las sala de urgencias consumiéndonos de impaciencia y de angustia, hasta que nos comunicaron que no había sido un ataque cardíaco y al saberlo nos abrazamos locas de contento antes lo ojos de otras personas que, como nosotras, esperaban con angustia noticias de sus seres queridos, todos nos felicitaron con solidaridad por nuestra buena suerte.
Después de la operación a que lo sometieron papa parecía fuera de peligro y todos estábamos convencidos de que lo peor ya había pasado, sin embargo lo peor todavía tenía que venir.
La primera noche que mi padre pasó en el hospital quise quedarme a velarlo pero no me dejaron, en cuanto llegué a casa me faltó tiempo para arrojarle a la cara a mi marido la acusación de que todo lo que le estaba sucediendo era por su culpa y que mi padre había estado a punto de morir a consecuencia de los disgustos que él le había dado, pero Bill, con gran sorpresa por mi parte se puso a llorar mientras me escuchaba. A la vista de las lagrimas que caían por su cara enmudecí, era difícil acusar a una persona de unos actos que evidentemente no hacia conscientemente, tuve que callarme pues me di cuenta de que mis palabras le hacían mas daño del que imaginaba, como si la situación le hiciera revivir alguna otra del pasado y hacerle daño tampoco iba a salvar a mi padre.
Mi vida se convirtió a partir de aquel momento en continuas idas y venidas al hospital. Se acercaba el año nuevo, papá parecía mejorar y yo me sentía algo más feliz, para celebrar aquella mejoría decidí hacer una pequeña reunión en casa con unos cuantos amigos íntimos. Durante la noche bailamos, bebimos y charlamos. Entre los invitados había una chica desconocida, la novia de un amigo y Bill coqueteó descaradamente con ella, muerta de celos yo hice lo mismo ya no recuerdo ni con quien. Cuando todos los invitados se fueron Bill estaba tan borracho que cuando intentó sentarse en el sofá a mi lado se cayó al suelo, entonces riendo de su propia torpeza me dijo mientras se incorporaba con una extraña entonación en la voz: Me gusta mucho esa chica…, me gusta muchísimo. – Aquellas palabras me hirieron en lo mas profundo. Y de repente todo se precipitó ante mis ojos como una película visionada a toda velocidad, vi a Bill levantarse para decirme que se iba a comprar cigarrillos y oí el ruido de la puerta del piso al cerrarse, me quede quieta durante unos minutos, unos minutos que hubiese podido cambiar toda una vida pero que yo deje pasar sin reaccionar, de repente tuve el impulso de mirar por la ventana, y le vi en la calle intentando poner el coche en marcha, comprendí entonces que él no iba a comprar tabaco sino que iba a continuar la noche por su cuenta y me encendí de indignación, no iba a permitir que me dejase sola otra vez el primer día del año. Corrí escaleras abajo y en mi desesperación no pensé ni por un momento que él no estaba en condiciones de conducir y podía tener un accidente, pensé solamente que no quería quedarme sola. Cuando llegué a la calle ya se había ido, me quedé unos instantes mirando la calle vacía como si me hubieran vaciado a mi también.
Cuando subí a casa todos los sentimientos volvieron y me desbordaron, incapaz de razonar, me paseé por el pasillo como un animal desesperado hablando sola, temblando de de odio resentimiento y rabia. El ser humano puede a veces olvidar su condición y esta era una de las ocasiones, herida en lo más intimo por el desprecio que me había hecho delante de todos, desee una y mil veces que no regresase nunca mas a mi lado. Y así lo fui gritando a los oídos sordos de las paredes el pasillo de mi casa y de mi hijita que dormía profundamente.- No quiero que vuelva, no quiero verle nunca más.– repetí aquellas palabras no se cuantas veces en voz alta haciendo mío este pensamiento, identificándome con él. Algo muy extraño le sucedía a mi mente, mi cuerpo seguía estando allí paseando incansablemente por el pasillo pero yo ya no estaba en el interior de aquel cuerpo, mi energía se concentraba en un solo pensamiento destructivo que volaba a través des espacio hacia una meta muy concreta: Bill conduciendo borracho en la oscuridad de la noche. Perdí la noción del tiempo y de la realidad introduciéndome en una nueva dimensión, la dimensión de las ideas, con toda su fuerza y su poder, que yo entonces desconocía.
Eran las tres de la madrugada cuando deseé con toda mi alma que Bill no regresase jamás, después cogí un trozo de papel y escribí nerviosamente en inglés: No vuelvas más aquí, esta ya no es tu casa – yenganché el mensaje en la puerta. Me fui a mi habitación y me estiré vestida en la cama y por fin después de tantas horas de angustia pude dormir.
Me desperté temprano y cuando me di cuenta de que Bill no estaba a mi lado me sentí llena de desasosiego. Me levanté, quité el papel de la puerta y me vestí y arreglé cuidadosamente, contradictoriamente quería estar guapa para cuando él volviese se diera cuenta de que no había comparación posible entre yo y la estúpida chica de la noche anterior. Estaba muerta de celos, no sé si a consecuencia de mi por mi vanidad ultrajada, o porque aun le quería.
Me asomé al balcón esperando verle llegar, pero en lugar de ello vi un coche de la policía estacionado delante de la casa, un estremecimiento me sacudió, esperé unos minutos llena de angustia deseando que el timbre no sonara, pero sonó y cuando abrí la puerta me encontré con dos hombres de uniforme que me miraban muy serios como si yo hubiese hecho algo malo y viniesen a arrestarme. Entonces me dijeron que Bill había tenido un accidente con el coche. No pude contenerme y grité: Lo sabía, había bebido demasiado y no podía conducir, pero en realidad acababa de darme cuenta de ello. – Se ha hecho mucho daño? ¿Dónde está?- continué preguntando. – Tengo que ir a verle enseguida-
Uno de lo policías me miró de un modo muy extraño, tenia los ojos claros, saltones y inexpresivos, no recuerdo su cara pero nunca podré olvidar aquellos ojos que brillaban con el brillo de la estupidez y que parecían no tener vida. – ¿No me dirá usted que ha muerto? – pregunté antes de que me contestara. Me era difícil reconocer el sonido de mi propia voz como su otra persona hubiese hablado en mi lugar. No hubo respuesta a mi pregunta y pensé que aquello no me estaba pasando a mí y estaba presenciando una escena que en realidad vivía otro. En el silencio comprendí lo que había ocurrido y caí en el vulgar y humano histerismo.-
No puede ser, me engañan, no me dicen la verdad, no puede haber muerto, debe de tratarse de otra persona, no puedo creerlo.-
El policía de los ojos entupidos me interrumpió bruscamente- Oiga, señora, no se ponga usted así…– ni una sola palabra de consuelo ni un gesto de comprensión, el hombre estaba incluido ofendido conmigo porque dudaba de su veracidad y sin duda le molestaban también los ataque de histeria.
Reaccioné rápidamente, yo no iba a ponerme a la altura de aquellos dos seres incapaces de la más mínima comprensión y respeto por el dolor ajeno. Me tragaría mi pena y no la convertiría en un burdo show tragicómico. Apunte como pude la dirección que me dieron y despedí, no quería verles mas en mi casa, no quería verles mas en mi vida, me producía nauseas verles no solo por la terrible noticia que me habían traído sino porque su personalidad me daba ganas de vomitar.
Comenzaron de nuevo los paseos arriba y abajo del pasillo, pero esta vez ya no me sacudía el odio sino una angustia sorda y terrible. Me retorcía las manos repitiendo una y otra vez. – No puede ser, no puede ser, como la noche anterior había repetido – no quiero que vuelva más a esta casa -.
Tina me miraba sin comprender desde su cuarto, su mirada inocente me hizo reaccionar, la abracé, aquel pequeño cuerpecito me reconfortó y volví a la realidad de la cual quería salir a toda costa. Llamé a mi amigo Pascual y le pedí que me acompañase y que se quedara la niña en su casa.
En el camino, sentada al lado de mi amigo en su coche, yo miraba al cielo y me preguntaba donde estaría Bill ahora porque algo me decía que aunque ya no estaba entre nosotros en cierto modo no se había ido y podía escucharme aunque yo no lo viera. Mirando el espacio azul que se erguía sobre mi cabeza esperaba ver reflejada su cara entre las nubes y recordaba su frase: Yo no tengo futuro, nunca me lo he planteado, se que algo me ocurrirá y me iré pronto de este mundo.- también recordaba mi presentimiento y me daba cuenta de que quizás sabemos mucho mas de lo que creemos saber. Creo que fue a partir de aquel instante cuando empecé a recobra la fe perdida de mi adolescencia, pero convertida en algo distinto, porque mi mentalidad también era ahora muy distinta.
En el Ayuntamiento nos confirmaron su muerte y nos dieron algunos de lo objetos personales que Bill llevaba consigo en el momento del accidente. Luego nos acompañaron al depósito de cadáveres del cementerio donde se lo habían llevado después de haberle encontrado muerto dentro del coche volcado en uno de las curvas de la carretera que iba de Sant Cugat al pueblo vecino.
Cuando entré en la pequeña habitación no pude ver nada, estaba muy oscuro, poco a poco mis ojos se fueron habituando a la penumbra y pude distinguir una silueta larga tendida sobre algo. Me acerqué y le miré.
Aquello era Bill. Tenía los ojos abiertos pero no miraban nada, parecían de vidrio, la boca tampoco estaba cerrada del todo y unos pequeños hilos de saliva colgaban de sus dientes, su traje estaba sucio y mojado así como sus cabellos. Me costó reconocerlo aunque no cabía duda de que era él. Sin duda alguna algo se había escapado de su interior, ese algo que le hacía ser el mismo con toda su personalidad contradictoria y compleja, lo que yo veía parecía un muñeco de cera. Toqué una de sus manos y la aparté enseguida, estaba muy fría, yo nunca había tocado nada que tuviese aquella frialdad, fui incapaz de besarle o acariciarle porque aquello que yacía sobre una mesa de madera no tenia nada que ver con el muchacho irresponsable, a veces simpático, a veces taciturno, pero lleno de vida que era mi marido y al que la noche anterior había visto reír, bailar, comer y beber en toda su plenitud de hombre joven…aquello era simplemente un envoltorio, pero el verdadero Bill debía de estar en alguna parte… teníamos una cuenta pendiente por saldar, mucho por hablar, muchos años para vivir, una hija que debíamos ver crecer juntos…no podía haber desaparecido así y para siempre… aquella separación había sido demasiado brusca y cruel, no podía aceptarla. Yo necesitaba creer que Bill seguía existiendo en alguna parte, la idea de que alguna vez volvería a verle me era necesaria para poder soportar seguir viviendo, a pesar de que hacia menos de 24 horas había deseado con toda mi alma no volver a verle jamás.
Y volví a sentir la fe. Los religiosos hubieran dicho: Dios te la devolvió y los ateos; te inventaste una mentira piadosa para encajar aquel golpe. Yo no se lo que me ocurrió solo puedo decir que la esperanza ocupó un lugar en ni alma compartiéndola con el dolor, quizás fue una consecuencia de la desesperación o quizás tenia que ocurrir aquello pera cambiar mi modo de sentir pero todo es posible puesto que nada sabemos y solo nuestra ignorancia marca los límites.
No lloré, a veces cuando el dolor es demasiado grande ahoga las lagrimas. Salí de allí enseguida, quería alejarme de aquella horrible visión y necesitaba desesperadamente un brazo donde apoyarme, pero no encontré ninguno. Mi amigo estaba demasiado afectado para pensar en mí, y tuve que pedirle, que me sujetase.
Salimos de allí los dos juntos la gravilla de la tierra del cementerio chocaba contra mis zapatos al caminar produciendo un ruido característico, yo me sentía avergonzada de que las lagrimas no acudieran a mis ojos. Cogimos el coche de nuevo y le pedí que parase en un farmacia para comprar un calmante porque presentía que estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa, La farmacéutica al verme en aquel estado me miró con cierto desprecio.- Yo no tengo nada para calmarla inmediatamente-. Dijo con sequedad. Yo la mire y estuve a punto de gritarle: acabo de ver a mi marido muerto en el deposito del cadáveres del cementerio, tenia solo 24 años y hace escasas horas bailaba y reía conmigo ¿no merezco acaso un poco de comprensión?Pero no dije nada, me tome una de las pastillas que se digno darme con condescendencia y me fui de allí jurándome a mi misma que jamás volvería a poner los pies en aquel sitio, ni volvería a ver la cara de aquella mujer. En un momento así un gesto de apoyo lo era todo, y aquella mujer con su insensibilidad acababa de asestarme un nuevo golpe.
Pascual me dejó en casa de mi amiga Margarita, no quise ir a ver a mi hermana porque sus hijos eran aun muy pequeños y yo necesitaba estar en calma y encontrar algo de consuelo. Margarita mi amiga de siempre me ofreció un refugio de paz en su casa como cuatro años antes había hecho cuando regresé de Paris embarazada.
Allí pasé varios días, creo que perdí la noción del tiempo, pero aquel era el único sitio en que podía estar porque ni siquiera podía ir al hospital a ver a mi padre enfermo ya que me aconsejaron no hacerlo para evitar contarle nada de lo sucedido y no agravar su estado. De aquellos días solo recuerdo vagamente una sensación de profunda nauseas al levantarme por las mañanas y unas terribles ansias de que el día acabase, el sufrimiento era tan intenso que me dejaba completamente extenuada, solo deseaba dormir porque en el fondo deseaba estar muerta yo también. De pronto se me ocurrió que debía avisar a los padre de Bill, ellos tenían derecho a saber lo que había pasado, comprendí que debía de haberlo pensado antes yo no estaba en condiciones de pensar.
La noticia estalló como una bomba. Mis suegros al enterarse se apresuraron a coger un avión y cruzar el océano. Nunca espere que lo hicieran ya que no lo habían venido para la boda. Tuvimos que aplazar el entierro. No hubieron grandes dificultades para conservar su cadáver ya que según me dijeron, al no haber muerto de enfermedad, no tenía fármacos en el cuerpo que acelerasen el proceso de descomposición.
El día de su llegada mi hermana y yo fuimos a buscarlos al aeropuerto, recordaré siempre la aparición de mi suegra. Rubia, esbelta y juvenil, luciendo unos pantalones a cuadros de vivos colores y una cadena dorada ciñendo su cintura. Aquel atuendo escandalizó a mi hermana, que al verla exclamó con muy poco respeto a mi dolor y a la libertad de cada uno. Parece mentira, su hijo esta todavía caliente y ella se viste como para ir a una fiesta.-Para mi tradicional hermana el dolor debía manifestarse no solo por dentro sino también por fuera, una costumbre muy española, muy católica y también muy hipócrita, probablemente si mi suegra hubiera aparecido vestida de negro, las apariencias hubiesen estado cubiertas y poco hubiera importado como se sentía por dentro. Pero yo sabía que a pesar de los colores de los cuadros y de la sonrisa pintada de rojo en la hermosa cara de aquella mujer su corazón iba de luto riguroso. Mi suegro me dijo que había perdido mucho peso, yo a ellos los encontré magníficos y parecían muy enamorados sin embargo luego supe que estaban a punto de separarse y si habían venido juntos era porque la importancia de lo ocurrido borraba cualquier otra circunstancia. Fuimos a casa de mi hermana, donde estaba mi hija, Helen, mi suegra le había comprado un oso de peluche en el aeropuerto casi a regañadientes pues ella se había enamorado de un gran payaso, yo la había disuadido de comprarlo porque sabía que Tina era demasiado pequeña para apreciar ese tipo de juguetes, y que además le gustaban mucho los osos. Ella lo compró pero a disgusto y yo no supe comprender que lo importante a veces no es lo que se compra sino como se compra.
La familia de mi hermana Maria Ángeles les hizo un gran recibimiento, Helen y Leon llegaron a su casa tras casi morirse de miedo por la autopista. Mi hermana era una típica conductora latina, nerviosa, rápida, ágil y bastante imprudente, sobretodo para mis suegros que no habían estado nunca en Europa y habían experimentado otra tipo de conducción que la lenta y segura de los enormes coches americanos, Ángela, como ella la llamaban les pareció poco menos que un peligro publico.
La llegada de la pareja americana fue un acontecimiento de tal calibre que por un momento hasta llegó a olvidarse el motivo que había ocasionado su venida. Todos quedaron encantados con los dos decorativos y educados norteamericanos, porque los anglosajones cultivan y en cierto modo padecen de una exquisita educación de la cual la sonrisa es la base principal y saber sonreír es la clave para ganarse la simpatía de las gentes. Así, pronto fueron perdonados los pantalones llamativos y más bien se consideró aquella vestimenta como algo exótico de alguien venido desde tantos miles de kilómetros.
Tras las presentaciones y estar un rato charlando con la familia me los llevé a casa. Me sentía tristemente contenta. Triste porque sabía cuando le hubiera gustado a Bill verlos allí, contenta porque estaban en mi apartamento y sentía que de algún modo Bill participaba de su presencia aunque no pudiésemos verle. Al ser humano le resulta difícil adaptarse y la desaparición de mi marido había sido tan rápida y tan brusca que su presencia seguía viva en mi pensamiento hasta el punto de sentirla casi real.
Helen quiso ir a verle enseguida y yo les llevé. Sin duda habían hecho un buen trabajo porque su cuerpo se conservaba intacto como un muñeco de cera envuelto en sábanas blancas. Mi suegra lloró mucho cuando le vio, pero yo, como la primera vez, tampoco pude llorar, un tapón de pena me estaba ahogando el alma.
Todo parecía tan irreal que a veces no me parecía estar viviéndolo sino contemplándolo como una espectadora desde una butaca, en el fondo esperaba que de un momento a otro abriesen las luces y apareciese la letras de FIN en la pantalla, pero esto no ocurría nunca y aquella película ya duraba demasiado, se estaba haciendo interminable, dura, terrorífica, como una verdadera pesadilla.
De vuelta a casa mi suegro fue a comprar algo en el supermercado, les miré comer entre asombrada y atónita, porque yo era incapaz de tragar ni un solo bocado. Luego nos fuimos a dormir y por primera vez desde que mi Bill había muerto me acosté sola en el cuarto de los invitados con los ojos secos y el corazón encogido y así, esperando que amaneciese el día del entierro de mi marido deje pasar la noche.
Cuando al fin llegó la mañana me sentía vacía por dentro, incapaz de ningún sentimiento. Me vestí de negro y me puse la cruz bizantina que a Bill le gustaba mucho porque quería llevar algo muy suyo, aquella cruz de plata antiquísima, desgastada por el uso pero de una belleza rara y misteriosa fue lo mas adecuado para despedirle.
Fuimos en el coche de mi padre que yo conducía inexpertamente pues no estaba acostumbrada a llevarlo pero que era más cómodo. La iglesia estaba llena de gente pero yo no me fije en nadie, solo en el ataúd de madera clara que estaba colocado a los pies del altar. Se me hacía muy difícil comprender que Bill estaba allí dentro, seguía sin estar completamente convencida de que lo que había sucedido era real. Trataba de no desesperarme pero quería salir de aquella pesadilla a toda costa. La ceremonia se me hizo eterna, yo no tenía lágrimas, no podía llorar y sabía que debía hacerlo, que me haría bien pero mi congoja no quería salir y estaba allí comprimiendo mi alma amenazando explotar de un momento a otro. Explotó en el cementerio, en el momento del entierro cuando vi tapiar con cemento el nicho y me di cuenta de que jamás volvería a verle, sentí rabia, dolor y desesperación, amargura y sobretodo impotencia. Mi hermana que estaba a mi lado, más preocupada por el espectáculo que yo podía ofrecer a los demás que por mis propios sentimientos, me dijo por lo bajo: Contrólate Gloria, por favor, contrólate. – Y me controlé a duras penas, pero la amargura que no pudo salir me iba corroyendo poco a poco las entrañas. Una vez acabó todo me marché de aquel lugar tapándome la cara con las manos para que no me vieran y para no ver a nadie tampoco. La gente me abrió paso.
Había mucha más de la que yo supuse. Estaban todos mis amigos e incluso algunos vecinos de la casa, aquel gesto de solidaridad me había reconfortado, siempre pensé que a Bill le gustaría ver que tanta gente se hubiese a acordado de él. Camino de casa paramos por la carretera para ver el coche destrozado que aun no había sido retirado de la curva donde había sucedido el accidente. Allí hundido en el barro, estaba el pequeño 600 que con tanta ilusión mi padre había comprado para nosotros, el rojo vivo de su carrocería se había manchado y su plancha estaba deformada. En aquel lugar donde se había detenido el reloj del tiempo de Bill, acompañada de los ojos de muchas personas curiosas, algunas solidarias y otras morbosas por lo macabro del espectáculo, la sensación de irrealidad se hizo insoportable.
Y la pesadilla continuó, de un repente me vi a mi misma en el comedor de mi casa rodada de familia y de amigos que trataban de consolarme, pero papa no estaba a mi lado y no podía apoyarme en él como siempre había hecho, aquella pesadilla era tan cruel que me negaba su presencia en le momento de mi vida en que mas lo necesitaba. Sin embargo mi hermana siempre estuvo junto a mi y se lo agradecí muchísimo porque mi padre y mi madre no podían hacerlo. Pero luego se fueron todos y ella se fue con ellos, aun me quedaban Leon y Helen y con ellos fui a ver a mi padre al hospital. Estuvimos considerando la posibilidad de decirle la verdad pero las enfermeras me disuadieron, incluso tenían miedo de dejar que le viese, imaginaban que yo no sabría disimular mi emoción y mi pena, pero yo las convencí porque necesitaba estar con él y me propuse ser fuerte y no dejar traslucir mis sentimientos.
Desde su cama de enfermo papa me miraba con aquellos ojos grises tan profundos cuyo brillo ni siquiera la enfermedad había podido apagar. Nos cogimos de la mano, las caricias entre nosotros fluían ahora espontáneas, ya no existían los antiguos prejuicios, habían sido demasiados años de desear besarle y abrazarle, apretar sus manso, acariciar su rostro sin atreverme a hacerlo, ahora ambos volvíamos a la infancia donde el contacto entre padre e hija no se obstaculizaba por la diferencia de sexos y los prejuicios, volvía a ser la niña que dormía sobre la espalda de papa y lloraba abrazada a su pijama colgado tras la puerta cuando estaba triste y él no estaba en casa para consolarme. Pero mi padre algo vio detrás de mi forzada sonrisa porque me pregunto que me pasaba y yo le contesté : nada– No se si me creyó, creo que estaba demasiado preocupado en su propio problema para ahondar en ningún otro, pero a mi me confortó el calor de su mano y me sentí mejor. Pensé que al menos lo tendría a él y con él a mi lado podría rehacer mi vida brutalmente rota y todo sería más fácil, también papa me necesitaría a mi y los dos podríamos comunicarnos mejor que nunca, porque a pesar de nuestros diferentes puntos de mira debido a la diferencia de edad, ambos éramos muy parecidos y buscábamos el equilibrio al lado de los que amábamos y los dos nos amábamos mucho. Luego entraron los padres de Bill en la habitación. Mi suegro le hizo reír diciéndole por gestos que debí recuperarse para ir a USA y jugar un partido de baseball juntos, mi suegra iluminaba la habitación con su belleza y su elegancia innata que fascinó a todo el mundo. Papa se quedó encantado con la visita y aparentemente convencido de que Bill estaba en la cama enfermo de una fuerte gripe que la había impedido venir. Conocer a sus padres fue una gran satisfacción para él, la única dentro de la tragedia.
Helen y Leon se marchaban por la tarde a los Estados Unidos y me di cuenta de que solo disponía de unas horas para enseñarles algo de la ciudad, al menos todo lo que Bill deseaba que conociesen. Así pues conduje como un autónoma en medio de las calles de Barcelona repletas del transito navideño sin darme cuenta de que a ellos no les interesaba nada o muy poco de lo que yo quería enseñarles, pero no intentaron disuadirme porque no querían herir mis sentimientos, me di perfecta cuenta de ello cuando camino el aeropuerto intenté desviarme algo de mi ruta para enseñarles la montaña del Tibidabo, quería hacerlo porque aquella era una de las grandes ilusiones de Bill, yo sabia bien como a él le encantaba la montaña y su iglesia y pensaba que hubiera sido un buen homenaje a su memoria visitarlo juntos, quizás mucho más que todas las misas y oraciones que se pudieran decir en su memorial, pero ellos alegaron que no había suficiente tiempo y podían perder el avión, yo consideré que había tiempo de sobra y comprendí que no les interesaba verlo, me sentí muy dolida por Bill y por mi misma. Ahora pienso que quizás les hacía daño estar aquí y deseaban irse lo antes posible lejos de los recuerdos que hieren, al fin y al cabo su madre, lo había visto muy pocas veces a partir de al fecha que de hijo cumplió 14 años y le sería fácil reconstruir su vida de nuevo como si nada hubiese sucedido porque seguiría pensando que Bill no estaba muerto sino simplemente muy lejos, como siempre había estado.
Se fueron y yo me encontré verdaderamente sola. Entonces comenzó la verdadera pesadilla. Todo lo que había vivido hasta entonces no habían sido mas que rápidos ensueños porque el aturdimiento, la gente, y la cantidad de cosas para hacer en poco tiempo me impedían ver la magnitud de lo ocurrido, limitándolas a flashes semiinconscientes en los que yo me preguntaba si lo que estaba viviendo era cierto o no. La verdadera pesadilla estaba en la casa vacía, los trajes colgados en el armario que parecían esperar a quien no iba a ponérselos nunca mas, los libros que ya no se leerían, las herramientas que no volverían a ser usadas, su querida moto aparcada en el garaje, el hueco de su cuerpo en su sofá favorito, en la música muda de su tocadiscos comprado con tanto esfuerzo y que tan poco tiempo pudo escuchar, en la cama fría, helada por las noches y en su presencia escondida en cada rincón de la casa. Aquello si que era una verdadera pesadilla con toda la amargura la desesperación de que era la realidad. Decidí actuar para no volverme loca y mi primer impulso fue retirar de mi vista todo lo que pudiese recordarle, ayudada de mi fiel Consuelo, la mujer que nos ayudaba en las tareas domésticas desde que mi hija nació y que la quería como si fuera de su propia familia empaquetamos sus ropas y pertenencias en maletas. Consuelo había llorado mucho por Bill, aunque él apenas le hablaba por su temperamento poco sociable y la dificultad del idioma. Aquella sencilla mujer había sabido reconocer todo el calor humano de su persona, porque el nunca supo como, sin pretenderlo, se había ganado el corazón de las gentes.
.-Me parece como si su marido fuese a hacer un viaje.- decía la buena mujer mientras me ayudaba a doblar la ropa y ponerla dentro de las maletas.- así me lo imagino y no quiero pensar en lo que ha pasado, esto me tranquiliza.-
Ojala yo hubiera podido sugestionarme también hasta el punto de creérmelo, pero yo sabía que Bill había emprendido un viaje sin retorno y que el papel que escribí y colgué en la puerta diciéndole que no volviera había sido un premonición. Mas adelante, cuando descubrí el poder de la mente llegue incluso a suponer que mis pensamientos pudieron haber intervenido es lo que sucedió, pero nunca sentí remordimientos porque yo desconocía entonces esa fuerza y no pudo sentirme culpable de algo que no sabía, creo que el trágico final de Bill estaba ya trazado, así lo presentía él cuando a pesar de su juventud no veía futuro alguno en su vida y quizás yo fui la herramienta pero no la causa.
Las noches que siguieron al entierro fueron las mas terribles de mi vida. Mi alma absolutamente quebrantada se dejo llevar por el miedo, sentía tal miedo físico, casi terror que no podía dormir sola. Una de las noches no pude resistir mas, me levanté de la cama y me fui a buscar a la buena Consuelo para pedirle que viniese a dormir conmigo, y allí al lado de aquel cuerpo que olía a sudor de trabajo me sentí confortada y pude dormir por primera vez.
Mi hermana intentó quedarse un tiempo a mi lado. Vino con su maleta y yo se lo agradecí con toda mi alma, pero al cabo de dos días su marido la reclamó, dijo que la casa no marchaba sin ella a pesar de la criada. La vi marchar con lo puños apretados y los ojos húmedos de lagrimas, no quería irse, yo la había juzgado a veces superficial y estaba equivocada, era buena, sabía que yo la necesitaba y quería estar a mi lado, pero su marido no entendía mas allá de su propio egoísmo y ella pertenecía a su marido, por lo tanto debía obedecerle, este era el trato e su matrimonio. Mi hermana ya no se rebelaba, solo le quedaba algo de dignidad, por eso lloraba, pero se fue y yo volví a quedarme sola. Puse la esperanza en mi joven sobrina Maria Ángeles. Ella y yo nos llevábamos solo once años de edad y siempre habíamos sido buenas compañeras, pero no demostró serlo en aquella ocasión pues prefirió irse a esquiar con sus amigos que hacerme compañía, digna hija de su padre, egoísta como él, a mis ojos su juventud no podía excusarla.Puedo decir que en los momento mas tristes de mi vida nadie pudo o quiso estar a mi lado, pero aprendí algo importante de aquella experiencia, que los humanos tenemos una capacidad de sufrimiento mucho mayor a lo que imaginamos, aunque en realidad eso lo descubrí después, cuando mi padre murió en el hospital exactamente 28 días mas tarde del accidente de Bill.
De repente caí enferma con fiebres muy altas y tuve que quedarme en cama, como nadie podía venir a cuidarme, Katherine una vecina que vivía en el piso de abajo se compadeció de mi y me subía la comida, siempre se lo agradecí, ambas nos habíamos conocido en la adolescencia y la vida nos había vuelto a unir al cabo de los años, sus tres hijos pequeños, mas o menos de la edad de Tina que a veces jugaban juntos, ella fue la única compañía que tuve aquellos días, pero tampoco podía pasar demasiado rato conmigo pues tenía una familia que la necesitaba. Estábamos las dos muy lejos de imaginar que el futuro no uniría para siempre de una forma insospechada.
A aparte de sus frecuentes pero cortas visitas nadie mas venia a veme, mi hija estaba en casa de mi hermana y mi madre en el hospital cuidando a mi padre, tampoco tenía amigos porque había roto deliberadamente con todas las amistades de soltera que me recordaban un tipo de vida que ya no me interesaba y me encontré mas sola que nunca. Estaba enferma triste, llena de angustia y por las noches entre la fiebre y la desesperación me entraba una sórdida congoja que parecía estallar en mi pecho y me ocasionaba espantosas pesadillas pero lo peor de todo no era todo aquello, lo peor de todo era que ni siquiera podía ir a ver a mi padre al hospital.
Pero como siempre he sido imaginativa un día se me ocurrió una idea que me pareció salvadora. Escribí a Mari Jesús, la chica que conocí en Alemania mientras estaba viviendo en aquel país, pensé que debía saber lo que había ocurrido porque ella fue testigo y me acompañó durante mi embarazo y el nacimiento de mi hija, además sentía una irreprimible necesidad de comunicar mi desgracia a quien quisiera oírla, de comunicarme con los demás, que mi único consuelo era sentirme compadecida, me sentía tan abandonada por todos que un simple gesto de piedad era como una bálsamo para la herida que sangraba en mi alma.
Así pues la escribí, ella se había casado y vivía con su marido en la base americana de Manheim donde Bill había estado cumpliendo su servicio militar
Pero Maria Jesús no me contestó, vino a verme. Aquel gesto me llenó de alegría, después de todo, dentro de mi desgracia la vida aun tenía algunas satisfacciones. Ahora tendré una buena amiga, pensé, que me hará compañía, me consolará y me cuidará – Pero a María Jesús no pareció hacerla demasiado feliz el hecho de que yo estuviera enferma y pronto llegué a la conclusión de que lo que me había pasado le había servido de perfecta excusa para marcharse lejos de su marido y llevarse a su hijo, un precioso niño de ojos tan azules como los de John, su padre americano.
No me dijo si tenía problemas en su matrimonio, siempre fue muy reservada y cargada de convencionalismos, pero era evidente que los tenía, quizás pensó que ambas podíamos ayudarnos mutuamente, pero difícilmente podía ser así si no me explicaba lo que le estaba sucediendo.
Estoy escribiendo esta parte de mi vida con desgana e impaciencia porque tengo deseos de terminar de una vez, intentar recordarlo supone un esfuerzo enorme para mí, pero de hecho me doy cuenta de que no he olvidado nada, todo esta archivado en mi inconsciente, ha estado allí escondido porque hechos como aquellos no debían haber sido vividos nunca y ahora acuden con desgana al mandato de mi mente consciente, forzados a abandonar su voluntario escondite donde han permanecido durante años sin molestar, pero en el fondo están deseando ser olvidados otra vez.
María Jesús se quedó a vivir en casa pero de hecho solo pasaba las noches allí pues estaba todo el día fuera. Yo me sentí decepcionada, especialmente por su trato, áspero y frío, todavía no puedo comprender lo que ocurrió, quizás yo esperaba demasiado de ella o quizás ella esperaba algo más de mi. Mi papel de enferma no le agradaba pero yo no fingía, estaba verdaderamente muy enferma y no solo física sino anímicamente y no podía atenderla como ella esperaba. La tormenta que se avecindaba estalló el día en que me preparo un arroz hervido para cenar y se empeñó en que me lo comiera diciendo que era bueno para mí, quizás tenía razón pero a mi solo verlo me daba nauseas, mi estomago admitía muy pocas cosas y le dije que lo sentía pero que no podía comérmelo, ella insistió tanto que hice un esfuerzo lo intenté pero no conseguí terminármelo, entonces María Jesús se puso histérica, me dijo que yo era muy mala enferma aparte de una niña mimada, exagerada y consentida y no se cuantos adjetivos mas, pero como yo seguía sin poder acabarme el famoso plato de arroz, no se lo pensó dos veces, cogió su abrigo, su maleta y a su hijo y sin despedirse siquiera se marchó. No volví a verla más y todavía sigo sin entender lo que pasó realmente. Quizás yo era una enferma difícil y según ella exigía demasiados cuidados y atenciones, pero no fingía, no podía valerme por mi misma y necesitaba ayuda. Su marcha me afectó mucho, vomité el poco arroz que había conseguido tragar, y estuve sacando bilis toda la noche, muy asustada llamé al médico de urgencia que no tardó en len llegar.
Era un hombre joven, bajito moreno y algo metido en carnes, fue muy amable conmigo y aunque apenas pude explicarle lo que había pasado pues las palabras no fluían a mi boca y tartamudeaba el comprendió el trauma que estaba sufriendo y se compadeció de mi, como me trató con dulzura yo me aferré a él como a un clavo ardiendo. Vino a verme muchas veces, no se si se interesaba por mi como enferma o como mujer, aunque me inclino a pensar que era lo segundo porque me llamaba cada día por teléfono y venía a visitarme siempre que podía, desatendiendo a otros pacientes.
Cuando estuve algo mejorada Tina volvió a mi lado y la vida pareció recobrar un poco su sentido. Me comunicaba con papá por teléfono, su voz sonaba muy débil porque apenas podía hablaba y respiraba mal, como una vela que va extinguiéndose poco a poco, pero aun estaba vivo y con esperanzas de salir pronto del hospital, yo lloraba cada vez que le escuchaba a través del hilo telefónico, le encontraba mucho a faltar y contaba los días que faltaban para reponerme del todo para ir a verle, pero esto nunca sucedió. Mi padre y yo no volvimos a vernos nunca más. Murió inesperadamente en el hospital de un ataque al corazón un día del mes de enero, su corazón se había cansado de luchar.
La noche de su muerte yo dormía tranquila con mi hijita y mi sobrina adolescente Elena que había venido a hacernos compañía, era un muchacha muy diferente a su hermana mayor, tenia muchos problemas de comunicación y sobretodo necesitaba muchas atención y cariño, cosa que su madre con tantos hijos no podía darle, se refugiaba en mi casa siempre que su padre la dejaba, y yo creo que le hubioese gustado quedarse a vivir con nosotras, Yo podía haberle dado mucho de lo que ella deseaba si me hubiese encontrado en otras circunstancias, pero en aquellos momentos no podía darle nada a nadie porque ni siquiera podía dármelo a mi misma y necesitaba de los demás.
Mi hermana me llamó por la mañana para decirme que me vistiese pues vendrían a recogerme para ir al hospital, me extrañó aquella urgencia cuando aun yo no estaba recuperada, pero no quise pensar demasiado, me hacía daño hacerlo y ya estaba suficientemente dañada, que papa hubiese muerto era una circunstancia que no podía plantearme sin caer en la desesperación. Mi cuñado vino a buscarme dos horas mas tarde de la fijada, la huella de una noche en blanco se leía en su rostro, estaba pálido y desencajado, entonces pensé: papá ha muerto y contrariamente a lo que siempre había imaginado no me morí también.
Nunca pensé que podría sobrevivir a la muerte de mi padre, él era mi guía, mi refugio, mi seguridad, todo…y sin embargo en aquel momento me estaba enfrentando a lo que siempre imaginé imposible, observaba con asombro que mis pulmones seguían respirando, que la sangre continuaba circulando por mis venas, y mi corazón no había cesado de latir, una sabia insensibilidad se adueñó de mi cuerpo, en tan poco tiempo había sido tan brutalmente agredida por la vida que ya no tenía ni ánimos para reaccionar, el dolor me había tocado tan intensamente que ya no había sitio en mi alma para más dolor. Pero volví a equivocarme.
Cuando llegué a casa de mis padres, mi madre y mi hermana se me echaron al cuello llorando, las abracé estrechamente e intenté llorar con ellas, pero mis ojos estaban secos desde hacía demasiado tiempo, solo sentía que me estaban vaciando por dentro y aquella terrible la sensación de vacío era cada vez era mayor. Me llevaron a su lado, y volví a ver un muñeco pálido que nada tenía que ver con el padre a quien tanto había amado, comprendí otra vez que algo faltaba, que algo de él se había ido muy lejos, el espíritu, el alma, la esencia, el nombre no importaba, de aquel hombre tan bueno que me quería tanto ya no estaba en su interior iluminando sus hermosos ojos, dando calor a sus manos protectoras, dibujando una sonrisa en sus labios. Toqué su frente helada como el mármol para despedirme de su cuerpo y ya no quise verle mas porque desee recordarlo tal y como era en vida. Todos los que habían venido a acompañarnos se fueron poco a poco, algunos quisieron quedarse hasta el día siguiente, pero nosotras dijimos que no. Deseábamos estar solas la ultima noche en que su cuerpo todavía nos acompañaba, como cuando la familia todavía no se había separado y los cuatro éramos felices, porque aquella era la ultima noche que pasaríamos los cuatro juntos.
Mama no le abandonó ni un momento, estuvo junto a él casi hasta el amanecer, solo cuando se sintió rendida vino a estirarse con mi hermana y conmigo, pero como no había sitio suficiente para las tres puso un colchón en el suelo junto a la cama para ella. Y así las tres pasamos aquella noche espantosa en mi antigua habitación de soltera sabiendo que papa estaba muerto al otro lado de la pared y que al día siguiente se lo llevarían de allí para siempre.
Al día siguiente después del funeral, cuando mi hermana mi madre y yo íbamos a acompañarle al cementerio en su ultimo paseo por las calles de Barcelona, la ciudad que tanto había amado y cuyos rincones tantas veces había filmado con su cámara, un guardia de tránsito se cruzó con la comitiva fúnebre y saludo al féretro con un gesto de firme. Aquel saludo me pareció un póstumo homenaje a aquel hombre bueno y sensible que fue mi padre. Un hombre de paz que merece ser recordado por su gran sentido de la justicia. Me enseñó toda una filosofía de la vida y me dejaba la herencia mas valiosa que un padre puede dejar a sus hijos, todo el amor que había sembrado en su vida. Estoy convencida de su paso por el mundo no fue estéril.
Durante el entierro, en el momento en que el ataúd desaparecía tras la losa del nicho, mi hermana y yo nos apartamos de la gente y nos fuimos juntas a mirar el mar que desde la montaña de Montjuich se extendía frente a nosotras. Volvíamos a sentirnos muy unidas. Ella me dijo: A papá le gustaba mucho mirar el horizonte.- Y entonces al fin pude llorar. Y a través de mis lágrimas me pareció ver los ojos de mi padre mirándome entre la espuma de las olas. Entonces comprendí que lo que me había dicho una vez era cierto. Él siempre estaría conmigo.