Y empezó un nuevo capitulo de mi vida.
Yo deseaba huir de mis recuerdos, de mi casa, de mi ciudad y de mi país. Una amiga mía me había hablado de los cursos de verano para extranjeros que se impartían en la Universidad de Lausana para aprender francés y enseguida encontré en aquella idea la excusa perfecta para escaparme, aunque me costó un par de meses convencer a mi padre para que me dejase marchar sola al extranjero. Después de aprobar el examen de conducir y en cuanto conseguí la aprobación paterna escribí a la Universidad para reservar plaza y desde allí me enviaron una serie de direcciones para poder alojarme durante mi estancia en el país. Después de dudar mucho, elegimos una casa que alquilaba habitaciones para estudiantes muy cerca de la misma Universidad. A mí me hubiera gustado mas ir a una residencia para universitarios pero mi padre encontró mas adecuado y quizás más familiar alojarme en una casa privada. Aquel mismo verano me fui a Suiza. Pero antes de marcharme me sucedieron varias cosas.
Como cada año los estudiantes de la carrera de música en el Conservatorio el Liceo representamos una opera de fin de curso y en deferencia especial para nosotros y nuestros profesores, el centenario teatro de la opera nos cedía su maravilloso escenario. Era un gran honor para todos poder cantar e interpretar instrumentos en el lugar donde tantos divos y divas consagrados habían actuado, aunque naturalmente eras una representación privada y la sala sólo se llenaba de familiares y amigos de los alumnos.
En el curso de solfeo conocí a una chica de Valencia con la que intimé algo, era simpática y me introdujo en su grupo de amigos. Todos, como ella, eran valencianos y pertenecían a la llamada acción católica, cantaban en un coro de iglesia, hacían excursiones y organizaban fiestas en las que como mayor diversión cotilleaban a placer y se criticaban entre ellos. En resumen: eran agradables pero bastante hipócritas y sobre todo extremadamente provincianos. Sus mentalidades no podían ser mas opuestas a las mías y tuve que hacer un tremendo esfuerzo para adaptarme a ellos, pero me sentía sola y los necesitaba, o sea que me adapté. El único buen recuerdo que guardo de aquel grupo tan distinto a mí fue haber conocido a Juanjo, el hermano de mi amiga, un chico muy bueno que deseaba ayudarme con su amistad .
También hice un viaje en coche a Madrid con mis padres. Mi padre iba como de costumbre a visitar a sus clientes y representantes y aunque normalmente solo le acompañaba mi madre en estos viajes ambos decidieron que me convenía un cambio de aires y me llevaron con ellos. Allí volvía ver a Fernando Valentí, mi antiguo pretendiente. Fuimos a cenar juntos y nos besamos y abrazamos furiosamente como despedida pero habían pasados siete años y sucedido muchas cosas durante aquel tiempo y ya solo nos impulsaba la atracción sexual.
Cuando Fernando bajó de su coche para acompañarme a la entrada del hotel observé una pequeña mancha en sus pantalones sentí asco por él y por mí. Entré en la habitación que compartía con mis padres despeinada, sofocada y descontenta conmigo misma, ellos estaban ya dormidos e intenté no hacer ruido para que no despertarlos, estaba avergonzada, no me había sentido cómoda con Fernando ni con mi actitud ¿por qué había dejado que me besase y abrazase de aquel modo si ya no sentía nada por él? simplemente me había dejado llevar por mis instintos, Fausto me había acostumbrado a un ritmo sexual frecuente y mis hormonas estaba desesperadas por la abstinencia.
Cuando Fausto me dejó, una de sus ultimas frases fueron: lamento que por mi causa ya no seas virgen, añadiendo después – Pero no tienes porque contárselo al próximo. – A raíz de aquellas palabras e impulsada por el despecho yo había llegado a mis propias conclusiones. Si ya no era virgen… ¿Qué importaba nada? Aunque me reprimiese ya nunca mas volvería a poseer lo que había perdido.
Aquel fue el comienzo de una declive peligroso y el primer encuentro de muchos otros parecidos con los que tuve experiencias frustrantes, lo cual me hizo escribir en mi diario: Ya jamás seré feliz con nadie, ni quiero serlo siquiera. Tengo un carácter con el que nadie puede convivir conmigo, he nacido para estar sola y así seguiré siempre, si fuese un poco menos cobarde me suicidaría pero ni siquiera a eso me atrevo, ya no soy un adolescente que explica sus penas, soy una mujer hecha y derecha y sé de sobras que a mi edad la mayoría de las mujeres suelen ser madres de familia y esposas pero yo nunca voy a ser eso porque he nacido distinta a las demás y sin embargo solo Dios sabe la enorme necesidad que tengo de volcarme en alguien, confiar en alguien. He nacido para amar y sin embargo nade puede quererme a mí porque soy diferente.
Eran palabras muy exaltadas dictadas por la amargura de quien desea algo y no lo consigue tan rápidamente como desea. Yo debía darme tiempo a vivir por mi misma antes de encontrar a un nuevo compañero de viaje, pero mi impaciencia no me lo permitía. De todos modos algo había de verdad en mis palabras llenas de desilusión… yo era diferente… especialmente en una época en que las mujeres solían casarse jóvenes y lo peor de todo,
deseaba amar pero a la vez sentirme libre, eso entonces y ahora, era difícil de conseguir. Deseaba volar por mi misma más que nada en el mundo pero tenia miedo, habían sido demasiados años de protección, mis alas estaban atrofiadas y la presión exterior era muy fuerte, especialmente la de mi madre para quien que la ruptura de mis relaciones con Fausto había sido algo así como una catástrofe.
A la lista de romances le siguió un antiguo cliente de mi padre que él mismo me presentó sin tener ni remota idea de las consecuencias.
Se llamaba Luis y creo recordar vagamente que era un hombre joven y guapo. Me enamoré o al menos así lo creí yo. En realidad yo estaba siempre pronta a enamorarme de cualquiera que me hiciese un poco de caso, a mis veintitrés años yo me sentía muy joven pero la sociedad parecía indicarme de mil modos que ya no lo era tanto especialmente para seguir siendo soltera y sin un novio y como además Luis era rubio y tenía los ojos azules encajaba perfectamente (dejando aparte el molesto hecho de que era bastante bajito) con la imagen del hombre ideal para enamorarme. Junto a él, viví una breve historia de amor bastante superficial, sin embargo releyendo alguna de las cartas que me escribió en aquella época, me he dado cuenta de que me apreciaba mucho, pero aunque nos habíamos acostado juntos Luis solo deseaba ser mi amigo.
Cuando al fin me fui a Suiza le escribí varias cartas contándole toda clase de pormenores sobre mi estancia allí, él me contestó en un todo un tanto paternalista dándome buenos consejos e intentando orientarme en la vida, yo me sentí decepcionada al leerlas porque no deseaba una amistad, había comenzado de nuevo la búsqueda del compañero perdido y mi imaginación me hacía siempre creer que todo aquel que no correspondiese a mis expectativas era un desaprensivo a quién no le importaba nada jugar con mis sentimientos. A la vuelta ya no volvimos a vernos más. Aquella ruptura no me hizo demasiado porque en realidad no le quería. Supongo que a él debió dolerle más no solo porque me apreciaba, sino porque era bastante engreído.
Mi viaje a Suiza fue para mí como una liberación. Convencer a mis padres para que me dejasen salir al extranjero había sido una ardua tarea, pero al fin había logrado mi propósito. Iba a pasar un mes sola, en un país desconocido, para asistir a un curso de verano que daban en la universidad de Lausana para aprender francés.
Recuerdo bien como me sentía cuando subí al tren que debía llevarme a mi destino, algo así como Juana de Arco con zapatos recién estrenados, mejor dicho sombrero, porque me compré uno para la ocasión, un sombrerito convencional y discreto por supuesto, ya que cinco años al lado de Fausto trasformaron no solo mi mente sino mi vestuario. También recuerdo las lágrimas de mi madre en la estación, comprensibles ya que era la primera vez que abandonaba el nido familiar aunque solo fuera por un mes. Pero aunque sentía miedo yo estaba radiante. El viaje era muy importante para mí en sus dos vertientes: no solo iba a conocer otro país, otra cultura, otras gentes y costumbres sino que iba a reencontrarme a mi misma. Supongo que mis padres creyeron que aquella separación me ayudaría a madurar, pero se equivocaron.
En Suiza me sentí libre y me emborraché de aquella sensación de libertad confundiéndola totalmente con el libertinaje emprendiendo una desenfrenada carrera en busca de lo que nunca había hecho aun, vivir por mi misma, pasando por alto toda clase de barreras y de convencionalismos
Recuerdo mi llegada a Lausana, mi desorientación, mi miedo y mi sorpresa ante todo lo que veía tan nuevo para mí, tan distinto a lo que estaba acostumbrada. Cuando me apeé del tren busqué desesperadamente a un maletero que me ayudase a llevar mi equipaje hasta la calle, allí cogí un taxi y le di la dirección de mi nuevo alojamiento, mi primera gran sorpresa fue darme cuenta que el taxista era una mujer, algo impensable en Barcelona en aquella época. Ya en el interior del vehículo, camino a mi nuevo hogar, me dediqué a mirar con gran curiosidad la ciudad y sus gentes desde la ventanilla. Todo me parecía un sueño. Aquellas calles tan limpias con tantas flores y aquella agente tan guapa, tan rubia alta y bien formada… pero mis sueños se desvanecieron bruscamente en cuanto llegue a mi destino y me di cuenta de la clase de vivienda que me había tocado en suerte.
Era una casa en el barrio más antiguo de la ciudad, muy bien situada para mis fines, ya que estaba en la misma calle de la Universidad, pero yo había imaginado algo tan distinto que se me cayó el alma en los pies. Pagué el taxi y con mis maletas a cuestas comencé a subir por una destartalada escalera de madera que crujía bajo mis pies hasta el segundo piso.
Me paré en el rellano y llamé al timbre. Me abrió la puerta una mujer bastante mayor, alta y muy delgada que ya me estaba esperando pues conocía mi hora de llegada por mediación de la Universidad.
Yo me las vi y deseé para poder entenderme con ella en mi enmohecido francés del colegio y ella fue atenta conmigo aunque fría y distante. Me enseñó mi habitación y el resto de la casa, que era tan vieja como su aspecto exterior indicaba, una casa típicamente suiza aunque solo en la fachada ya que en su interior reinaba el más absoluto desorden.
Como latina, yo siempre había oído comentar sobre el orden y la limpieza de los países centroeuropeos y aquello fue para mi una nueva decepción, porque mi madre había hecho de la limpieza y el orden la norma de su vida y me desagradaba el desorden y la suciedad..
Por el contrario mi habitación me gustó mucho. Era bastante amplia y tenía una ventana que daba a una de las calles más céntricas de Lausana.
Una vieja chimenea en un rincón le daba un aspecto romántico. La cama estaba cubierta por una colcha a cuadros de vivos colores y también tenía una práctica mesa y un par de sillas donde yo podría estudiar, leer o escribir cómodamente y un gran espejo donde poder mirarme de pies a cabeza cada día. Me pareció luminosa, alegre y muy acogedora, mucho mas que mi propia habitación en Barcelona que desde que edificaron una casa enfrente era oscura y además estaba amueblada con muebles escogidos por mis padres que a mí nunca me habían gustado. Pensé que por fin iba a disponer de un armario para mi sola y además podría mirarme a gusto cada mañana en lugar de tener que ir a hacerlo en el espejo de la habitación de mis padres.
Aquella misma tarde fui a ponerles un telegrama para decirles que había llegado sana y salva. Vestida con un correcto traje azul marino y un sombrerito también azul marino a juego, exactamente como debía vestir una pequeña burguesiíta recién salida del cascarón, recorrí las calles de la ciudad con un miedo terrible a perderme. Cuando llegué a la estación, entré en una de las cabinas de teléfono y una vez conseguida la comunicación poco me faltó para no echar a llorar cuando oí la voz de mi padre a través del hilo, me asombró la serenidad de sus palabras y aquella misma serenidad me dio el suficiente animo para contener los sollozos, pero cuando colgué el auricular los deseos de coger un tren de vuelta para casa se me hacían irresistibles. Tenia miedo y me sentía sola, sola como nunca me había sentido, entonces no se como ocurrió, hice amistad con un matrimonio de emigrantes italianos y tras unos minutos de animada charla me invitaron a cenar con ellos. Recuerdo bien el plato de espaguetis que casi me obligaron a comer cuando de lo que yo tenia ganas era casi de vomitar. En el tocadiscos del restaurante tocaban una y otra vez una canción que nunca podré olvidar ya que siempre la asociaré con aquella noche de añoranza. Love me…please, love me… de un tal Michel Polnareff pero apenas si puedo recordar a la pareja, lo que si recuerdo es que casi no nos entendíamos, mejor dicho no me entendían a mi, porque yo si podía comprenderles, quizás saber hablar otras lenguas de raíces latinas me facilitaba la comprensión. Cuando nos despedimos les rogué que fueran a visitarme a Barcelona, nunca vinieron, no sé por que. Quizás no disponían de medios, quizás perdieron el interés, pero nunca olvidaré su simpatía y sus deseos acompañarme en aquella primera noche en un país extraño. Ni siquiera pensé que pertenecían a una clase social inferior, aquella noche mis prejuicios no existieron, estaba sola física y moralmente sola, lo único que yo deseaba era comunicarme con alguien no importaba quien fuese.
aquel matrimonio humilde me brindó compañía y afecto.
Aquella fue mi primera lección de humildad. Yo empezaba a aprender. Comenzar a vivir a los 23 años era toda un experiencia. Aunque en realidad los cuatro años pasados junto a Fausto fueron cuatro años que restaron a mi verdadera edad, yo en realidad era aun una adolescente.
Cuando me despedí de mis amigos comencé a caminar sola subiendo la pendiente que me llevaba a mi nueva casa. Di un pequeño paseo por las calles a aquella hora poco frecuentadas, apenas si podía ver nada porque las lagrimas me empañaban los ojos, tan miserable y perdida me sentía. Cuando al fin me acurruqué en mi cama estaba completamente arrepentida de mi hazaña a lo Juana de Arco, para una muchacha que jamás había ido sola a ninguna parte lanzarse a una aventura semejante era algo demasiado grande para digerirlo en un momento, así que me dormí llorando de angustia y de pena.
Al día siguiente era mi primer día de clase. Armándome de valor me vestí con uno de mis clásicos conjuntos de niña modosita y me dirigí a la Universidad. Nada mas atravesar la puerta me di cuenta que había algo en el ambiente que me trasformaba, me llamó la atención aquel heterogéneo conjunto de chicos y chicas procedente de todas partes del mundo, su despreocupación en el vestir y su modo de hablar y comportarse de todos comunicándose en cien lenguas diferentes. Mientras esperaba mi turno en la larga cola formada en la entrada para asistir al examen de clasificación me sentí cómoda entre ellos, con una comodidad nunca experimentada. pero a la vez sumamente a disgusto con mi apariencia, me dije a mí misma que seria la ultima vez que yo aparecería por allí vestida de aquel modo.
No tardé ni cuatro días en comprarme unos cómodos pantalones de pana, una minifalda pantalón y varias blusas desenfadadas de vivos colores a juego y a medida que mi mente se trasformaba se trasformó también mi modo de vestir.
El primer día de clase me encontré perdida entre toda aquella babel, a la hora de la comida no me atreví a ir como todos al restaurante universitario porque aun no conocía a nadie y me sentía muy cohibida, así que me compré un bocadillo y una coca cola en el colmado de la esquina y subí a comérmelo sola en mi cuarto. Al día siguiente comprendí que aquel sistema que yo me estaba imponiendo por culpa de mi timidez no iba a poder resistirlo durante mucho tiempo, y decidí enfrentarme a la situación de la mejor manera que yo entendía. Hablé con el profesor y le pregunté por el nombre de algún español que estuviese también estudiando en la universidad, por descontado que me refería a un estudiante del sexo femenino, mi timidez no daba para mas, me facilitaron una lista con varios nombres de los cuales escogí uno al azar: Isabel y fui a buscarla a la salida de su clase. Era una chica alta, delgada y rubia con los ojos azules que no se correspondía en lo mas mínimo al aspecto físico que los suizos debían suponer tenía una española. Me acogió con naturalidad aunque ligeramente sorprendida por mi enorme desespero por encontrarme sola.
– Si hubieses esperado un par de días mas hubieras conocido a montañas de españoles. Me dijo, añadiendo: Esta universidad esta llena de ellos.
Isabel me presentó a su grupo de amigos con el que no congenié demasiado. Eran efectivamente todos españoles, iban siempre a todas partes juntos y hacían de esta unión una continuación de su vida en España. Yo, desde luego no quería hacer esto, había ido allí precisamente para todo lo contrario, romper con mi vida en mi país, pero supe utilizarlos inteligentemente para introducirme en lugares donde por mi timidez nunca me hubiese atrevido a entrar sola, por ejemplo en las discotecas.
En una de ellas conocí a un muchacho francés que me sacó a bailar ante la expectación de todo mis nuevos amigos y la sorda envidia de mis nuevas amigas, que precisamente habían estado comentando todo el día lo difícil que era entablar amistad con extranjeros. Injustamente el físico en una excelente tarjeta de presentación, si yo ni hubiese sido guapa probablemente hubiera tardado mucho más en conocer a nadie o quizás nunca lo hubiera hecho.
El muchacho se llamaba Jacques y era lo más parecido a un artista de cine que yo pudiese imaginar: alto, moreno, guapo y además bien educado, culto y sensible, en resumen un chico encantador. Nos entendimos bastante bien en un francés bastante defectuoso por mi parte pero nos entendimos lo suficiente. Él estaba estudiando arquitectura, tenia 22 años y según aprecié enseguida era sumamente nervioso. Me dijo que estaba preparando un examen muy importante y a eso se debía su estancia en Suiza, también me dijo que quería verme otra vez pero que no podría ser tan a menudo como le gustaría debido a sus estudios. Así pues quedamos citados para el próximo día festivo enfrente del reloj de la parada del autobús.
Un mundo nuevo libre y lleno de posibilidades se abría ante mí y me lancé a ese mundo con los ojos cerrados, sin detenerme a pensar si me iba a compensar hacerlo. En aquélla época yo nunca reflexionaba, y en aquel momento de mi vida lo que realmente guiaba mis pasos era el sentimiento de un rencor sordo y profundo hacia el hombre que me mantuvo aprisionada durante cuatro años arrebatándome sino toda, gran parte de mi personalidad. Mi idea fija era recuperar el tiempo perdido fuese como fuese, viviendo con toda la intensidad de mis 23 años inexpertos. La moral que me había enseñado mis padres y el colegio y en la que yo había basado toda mi fortaleza hasta aquel entonces de nada me servía en un ambiente donde no me sentí juzgada por nadie. Además existía un razonamiento clave: Yo ya había perdido la virginidad ¿qué mas podía perder después de haber perdido eso?.Aquélla moral religiosa aprendida se basaba en este punto como partida de nada iba a servirme ahora que ya me encontraba en el lugar de las mujeres degradadas y marcadas para siempre.
Durante muchos años pensé que mi conducta de entonces me había precipitado a un libertinaje y falta de valores espantoso, pero he necesitado unos cuantos años mas de vida para darme cuenta de que lo que hice fue lo más lógico, humano incluso inteligente que podía hacer. Libre ya de las normas de represión que me habían mantenido maniatada metafóricamente hablando, debía probarlo todo y vivir a mi aire, era el único camino que podía recorrer y estoy contenta de haberlo hecho. Quizás lo único que me reprocho es que no estudié nada y suspendí los exámenes, pero mi cabeza y mi corazón estaba para todo menos para estudiar.
Al principio asistí a las clases, aunque cada vez con menos frecuencia. Como anécdota, recuerdo que una de las profesoras, una gruesa y sonriente mujer de media edad que hacia un ruido espantoso con la silla cada vez que se sentaba y se levantaba, me dijo que aquel curso en la Universidad de llamaba Curso de Vacaciones para aprender francés y que algunos alumnos se lo tomaban como curso de francés y otros como curso de vacaciones y yo era de estos últimos. Desde luego tenía razón.
Mi estancia en Lausana fue de 28 días me sirvió solo para romper con mi pasado y lanzarme a un nuevo mundo, del cual yo me dejé deslumbrar sin razonar ni por un momento que la libertad sólo puede ser ganada con esfuerzo y que hay que estar preparada para tenerla. No se puede vivir con un pie a cada extremo de la orilla y yo en Suiza aprendí a poner el pie en un lado pero mi vuelta a Barcelona me recordó brutalmente que mi otro pie seguía estando prisionero en el otro. La única solución era mover uno de los dos pies y dar un salto de gigante, pero yo era demasiado cobarde para ello o demasiado perezosa. No me atrevía a romper con mi familia y tampoco quería renunciar a las comodidades a las que estaba acostumbrada. Pero como estaba fascinaba por el mundo nuevo que estaba descubriendo tampoco quería renunciar a él. Y así viví consumiéndome de angustia y martirizando a los que vivían conmigo.
Aquel verano sucedieron muchas cosas, pero solo recuerdo algunas anécdotas significativas. Como por ejemplo el día que renuncié a ir a una fantástica excursión a uno de los más bellos picos de Europa simplemente porque me invitaron dos chicos y en casa siempre me habían dicho que no estaba bien visto ir a ninguna parte sola con chicos. Sin comentarios lo que no fue inconveniente para que días después me fuese a la cama con un condiscípulo mejicano, alcohólico perdido y en su mismo apartamento, esto lo hice más tranquila porque mis padres nada me habían dicho de una situación semejante. Es obvio el desbarajuste de ideas que yo llevaba en la cabeza para obrar así y lo perdida que me encontraba para distinguir lo mas bien lo que debía y lo que no debía hacer, porque me apetecía muchísimo ir a aquélla excursión pero ni siquiera sé si me apetecía acostarme con el mejicano o lo hice solo para probarme a mi misma lo atractiva que era.
El episodio del chico mejicano es bastante curioso ya que resultó ser completamente impotente dada la gran cantidad de alcohol que bebía supongo. Fue una larga y terrible noche, él intentó con toda sus fuerzas hace el amor conmigo y yo traté también por todos los medios que él pudiese conseguirlo. Probablemente porque sentía lástima y no por mi propia satisfacción. Todo fue inútil y como mi ignorancia en la cuestión sexual era casi absoluta a pesar de mis tres años junto a Fausto, me convencí de que el fallo era mío y opté por cerrarme de piernas y decirle ante la evidencia del fracaso que no lo intentase mas porque yo era virgen. Alfonso lo creyó o hizo ver que lo creía para disimular su impotencia y así poder relajarse. Fue una noche de sudor y angustia, lo que no me impidió tener la sangre fría de coger el teléfono y hablar con mis padres desnuda en el lecho del pecado y con toda naturalidad ya que no podían verme, había que aprovechar la ocasión porque iba a resultarme gratis la llamada, esos son los rasgos de mí que me desconciertan.
Otra de las anécdotas curiosas fue ver un streaptease por primera vez. Uno de mis amigos españoles me invitó, pidiéndome por favor que no hiciese demasiados aspavientos que diesen a entender que nunca había vito ninguno. Desde luego el espectáculo no me gustó y me sentí denigrada por el hecho de ser mujer y ver a otras mujeres exhibiéndose en mi opinión como terneros en un mercado. Fue quizás el inicio de mis primeros destellos feministas porque en realidad mi rebeldía contra todo lo que significase autoridad no provenía de percatarme de la inferioridad de la mujer frente al hombre sino los deseos de liberación de un ser humano bajo la opresión.
Mi nuevo amigo se llamaba Fernando y era hijo del conocido director de orquesta Ataúlfo Argenta. Tenia una personalidad interesante, lo que demostró muchos años después haciéndose presentador de TV en programas infantiles de música. Después del espectáculo hubo baile, las stripteuses también bailaron con la concurrencia y yo lo hice apretándome con todas mis fuerzas entre los brazos de Fernando, siempre he sido una mujer apasionada cuando encuentro un estimulo suficiente para serlo. Aquélla anoche todo mi cuerpo vibraba por él, hubiese deseado que me abrazase y me besase y no me hubiera importado nada hace el amor, pero mi amigo estaba enamorado de otra muchacha que le esperaba en Madrid y según me confesó mas tarde quería serle fiel a toda costa para probarse a sí mismo que la quería lo suficiente.
Me pidió que nos marchásemos de allí, probablemente para evitar tentaciones, porque era evidente que yo le gustaba. Abandoné aquel lugar a disgusto, me sentía como si me hubiesen quitado un juguete nuevo.
Aquella noche amenazaba tormenta, los relámpagos iluminaban las aguas del lago Leman y las altas montañas que lo rodeaban. Paramos el coche en un lugar donde se dominaba una vista impresionante y le pedí que no me llevase a casa hasta el amanecer, la dueña se había ido a pasar unos días con su hermana que vivía en un pueblecito cercano y yo estaría sola en la casa. A mis 23 años yo no había pasado jamás una noche sola y aquella incipiente tormenta con sus terroríficos truenos me daba miedo.
Fernando accedió pero ni siquiera me cogió la mano durante las muchas horas que pasamos juntos refugiados de la lluvia en el coche mientras diluviaba en el exterior, podía haber tomado yo la iniciativa porque quizás él lo estaba deseando tanto como yo pero por timidez o por respeto a sus convicciones ni siquiera lo intenté. Fue también otra noche de pesadilla.
También hubo una tercera noche importante y esa no fue precisamente todo lo contrario: una noche de ensueño. Después de las largas horas de clase, los estudiantes solíamos reunirnos en una cafetería que había al lado mismo de la Universidad. Allí bebíamos algún refresco mientras charlábamos de nuestras cosas. Aquel día hizo su aparición un nuevo elemento desconocido en nuestro grupo habitual. Era un hombre alto y rubio de facciones típicamente centro europeas de unos veinticinco o veintiséis años. Era guapo y las chicas se lo comían con los ojos, a parte de hacer las mil gracias para llamar su atención. Aquella estupidez femenina me molestó, dijéramos que sentí lo que se suele llamar vergüenza ajena. Hubiera deseado no estar con ellas para que el no se imaginase que yo también pretendía que se fijase en mi. El también me gustaba pero siempre he preferido que los hombres me buscasen y si alguna vez me he atrevido a dar el primer paso ha sido cuando he estado plenamente convencida de que iba a ser correspondida. Además siempre me ha horrorizado competir con otras mujeres en una especie de cacería en la que la presa deseada es el macho, en estos casos prefiero dejar el campo libre a las demás. Así pues me retiré a un discreto rincón con mi coca cola en la mano y aunque he de reconocer que mi ego se sintió algo ofendido al haberme dado cuenta de que él tampoco se fijaba en mi.
Sin embargo me equivocaba. Aquella tarde fui a comer al self-service universitario, eran temprano, mis amigos no habían llegado aun y me senté sola en una de las mesas esperándoles. Entonces advertí que el hombre de aquella tarde estaba sentado en otra mesa frente a la mía, pero mi sorpresa fue mayor cuando le vi levantarse y acercarse a mí para preguntarme si quería salir con él aquella noche. Me quedé atónita, no solamente por la invitación inesperada, sino porque estaba completamente convencida de que él no había reparado en mi. Aquello me demostró que los chicos extranjeros no exteriorizan sus sentimientos como los españoles, y se le juzgaba fríos sin serlo, cosa que tuve la ocasión de reafirmar aquélla anoche. Fuimos a cenar y aunque no puedo recordar ni una sola palabra de nuestra conversación, sé que pasé una horas muy felices simplemente conversando con él, después dimos una vuelta en su coche por Lausana.
Desde el interior de su brillante deportivo descapotable de color rojo, paseamos por aquella ciudad cosmopolita y bella y contemplamos su ambiente, sus luces, su música, su fragancia, sus flores y sus altas montañas como un espectáculo que desfilaba solo para nosotros. La luna lucía radiante y redonda como un enrome farol encendido reflejándose en la aguas del lago. Yo creía estar soñando. Nos estuvimos besando en el coche hasta el amanecer. Recuerdo que sus cabellos eran rubios y suaves como los de un niño y yo no podía dejar de acariciarlos, recuerdo también que gemía cada vez que nos besábamos como si le doliese entregarse a su intenso deseo sexual. Yo estaba un poco asustada, no imagine ni por un momento que él desease hace el amor conmigo tan ardientemente. Acabábamos de conocernos y entre mis normas aprendidas existía una primordial: No entregarse nunca completamente a un extraño, (luego me sorprendí a mi misma comprobando la rapidez en que los extraños se convertían en conocidos) pero eso sucedió más tarde aquella anoche hacia solo cuatro días que acababa de llegar a Suiza y todavía me sentía tímida e insegura, no estaba preparada para afrontar aquello y no le deje subir a mi habitación aunque podía hacerlo, ya que la dueña que me había ordenado estrictamente no recibir vistas masculinas, no estaba en la casa aquélla noche. ¿masoquismo? ¿estupidez? Yo mas bien creo que confusión de ideas. Quería vivir mi vida en completa libertad pero aun no podía sentirme libre, el pasado en Barcelona y sus normas pesaban demasiado en mi, tampoco me daba cuenta de que mi comportamiento lo estaba excitando al máximo. El no estaba acostumbrado a esta clase de juegos a la española y no comprendía mi actitud, para el lo más natural del mundo era terminar aquella noche juntos en la cama, cuando se dio cuenta de que era inútil insistir, me hizo una escueta advertencia: La próxima vez ten cuidado. No todos lo suizas son como yo. Naturalmente no entendí nada. Se marchó cuando ya comenzaba a amanecer con mi dirección en el bolsillo, pero yo no pude convencerle de que me diese la suya, ni siquiera una sola palabra de su identidad. Solo su nombre: Kurt. Ya te escribiré yo.- me dijo.- Nunca lo hizo.A veces he pensado que debía estar casado o quizás me olvidó, pero yo en cambio no pude olvidarle nunca y así lo afirmé escribiendo en mi diario al día siguiente.
Las cosas hermosas para ser hermosas han de ser fugaces, todo lo que se prolonga demasiado o bien pierde el encanto de la novedad, del misterio, de la incógnita deja de ser hermoso. Estoy en Lausana, sola, lejos de mis padres, lejos de todo aquello que significa, formalidad, rutina, monotonía… todo es nuevo, atractivo, diferente… puedo hacer lo que quiera, como quiera y cuando quiera, nadie me obliga a nada, nadie me prohíbe nada. Soy libre y a fe que me hacía falta esta libertad. Acabo de vivir una experiencia magnifica y hermosa y lo ha sido porque solo duró una noche, Me consta que si hubiese podido prolongarse mas, jamás el recuerdo podría ser igual. Se llamaba Kurt, era suizo alemán, alto, rubio, fuerte, de ojos azules, como todas los de de raza. Hablo en pasado porque es muy probable que jamás volvamos a vernos. Él me lo repetía constantemente cuando nos abrazábamos: Cést la premiere fois et la derniere. Y era cierto. Nos dijimos una y mil veces que nos queríamos en francés y luego el me pidió que se lo repitiera en español y yo a él en alemán. Nos decíamos te quiero con pasión y hacia dos o tres horas escasamente mientras cenábamos juntos nos confesábamos mutuamente que creíamos que el amor no existía. Y realmente no existe y es maravilloso que sea así ¿estoy loca? Quizás, pero soy feliz y con eso basta. Fue una maravillosa experiencia y lo fue aun más porque sabíamos que solo duraría unas horas. Me pidió que no lo olvidase enseguida y no lo haré. Pero estoy contenta de que se marchara ¿por qué¿? La vida es así, nos trae la felicidad y se la lleva porque si se quedase mas tiempo dejaría de ser dicha para convertirse en monotonía.
Kurt y yo no nos olvidaremos nunca aunque no recordemos nuestros nombres siquiera. Esa es la única felicidad de la vida y yo la acepto como viene.
Pero mentía… a mi me hubiera gustado que Kurt se quedase para siempre en mi vida pero en aquellas mismas circunstancias, románticas y misteriosas y evidentemente esas circunstancias no pueden retenerse para siempre. Quizás en eso no me faltaba razón cuando exclamaba que yo era diferente y por eso siempre acabaría estando sola. A mí me sobra imaginación para hacer de un día otro día completamente distinto al anterior, pero al parecer que la gente que siempre me ha rodeado no ha sido nunca como yo.
La ultima y más curiosa de las anécdotas de mi estancia en Suiza ocurrió cuando estaba cenando con el grupo de españoles de la Universidad en uno de los concurridos restaurantes que se alineaban en las calles de Lausana dándoles pinceladas de color. Mientras estábamos comiendo entró en el local una curiosa pareja: un hombre de mediana edad y una mujer joven vestidos de un modo, original y divertido que les hacia desacatar entre los demás. Se dirigieron directamente la persona de mas edad sentada alrededor de nuestra mesa, el padre de uno de mis amigos y que precisamente nos había invitado a todos a cenar. Mantuvieron un breve dialogo con él y después me tradujeron todo lo que no pude entender de la conversación. Y a medida que lo hacían mis ojos se agrandaban por el asombro. ¿Era posible lo que estaba escuchando? Si, lo era, me estaban haciendo una proposición para actuar en el cine, como extra supongo, pero eso no quitaba el hecho de que me ofrecían un papel en una película. Me pareció algo excitante, maravilloso… un nuevo sueño hecho realidad. En pocos días había compartido la noche con la imagen viviente del hombre de mis sueños, incluido coche deportivo y un lago de ensueño a nuestros pies y ahora me proponían ser una estrella de Hollywood, o casi, lo importante era la proposición. No me lo pensé dos veces, sabia lo que debía contestar: les dije que no.
La explicación era sencilla. Yo seguía siendo una mujer muy tímida, salir en la pantalla hubiese equivalido a estar segura de mi misma y a pesar de mi vanidad yo estaba muy insegura. Los años pasados al lado de Fausto habían destruido casi por completo mi autoestima que necesitaba de continuas reafirmaciones. Todo aquello era demasiado para mí.
Insistieron varias veces pero yo me mantuve firme en mi decisión.
La excusa que les di fue que debía irme a España en las fechas en que duraba el rodaje de la película, era solo una excusa porque podía inventar mil otras para prolongar mi estancia en Suiza. Pero ni siquiera me planteé la posibilidad de hacerlo. Me sentía aterrorizada solo con la idea. Cuando se marcharon me sentí aliviada pero, eso si, muy orgullosa
.- Si yo tuviese que contar las veces que me han propuesto eso a mí…- me dijo una de mis vecinas de mesa. La miré. Era una chica mas bien fea y sin personalidad alguna. Casi no pude contener la risa. No me reía de ella sino de su evidente envidia y ganas de fastidiarme. Ni que decir tiene que la antipatía del elemento femenino del grupo aumentó considerablemente después de aquello. Quien sabe si todo hubiera podido ser muy distinto de haber dicho que si, pero para bien o para mal yo deje escapar esa oportunidad que no volvió a repetirse nunca más.
En septiembre regrese a Barcelona, había llegado a Suiza llorando de añoranza y de miedo y ahora regresaba también llorando pero de rabia por volver. En España todo me pareció terrible, mi casa una prisión, mis padres unos carceleros y mis amigos unos seres extraños arcaicos y casi monstruosos. Mi país en general incluyendo sus gentes y sus costumbres un verdadero infierno. Estaba aun más descentrada que cuando me fui. Había perdido el curso y husmeado olores gloriosos de libertad mal entendida Sin embargo mi verdadero yo, que hasta el momento estuvo reprimido dentro de mí, comenzó a dar síntomas de salir a flote. Empecé a darme cuenta de que necesitaba vivir por mi misma, equivocada o no, soportar la amorosa pero agobiante protección con la que había sido rodeada desde siempre se me hacia sofocante y cada vez más insoportable. No sabia que camino seguir, me dolía herir a mis padres, pero no aceptar mis nuevos sentimientos significaba herirme a mi misma.
En cuanto llegué tuve que enfrentarme al problema de cumplir el Servicio Social y esta circunstancia representó algo así como una palanca para introducirme en un mundo diferente, otro ambiente y otras aventuras. Pero antes me gustaría aclarar un poco lo que significaba entonces hacer el servicio Social para las mujeres españolas.
Se suponía que era el equivalente al servicio Militar de los hombres pero naturalmente nada tenia que ver con las armas ni con el ejército, era mas bien una manera de formar futuras amas de casa y madres de familia católicas adictas a las ideas del régimen franquista o sea asegurarse de que esta iban al matrimonio con la mente completamente alienada. A partir de los 18 años toda mujer soltera debía cumplirlo obligatoriamente bajo pena de no estar autorizada a salir del país o casarse. Yo había tenido que jurar a las autoridades que lo haría a la vuelta de mi viaje y no podía eludirlo más.
El servicio Social consistía en asistir a varias clases practicas y teóricas donde se aprendía a llevar una casa, con todas las labores domesticas que esto conlleva tales como: coser, lavar, planchar, cocinar, criar y educar a nuestros futuros hijos e incluso como comportarnos con nuestros maridos, mas que como esposas prácticamente como esclavas. Las prácticas se realizaban por sorteo en distintos lugares y menesteres.
A mí me tocó ayudar en los comedores de uno de los barrios las barracas que los emigrantes sin recursos habían construido con sus propias manos en Barcelona para poder vivir bajo un techo. Hubiera sido una magnifica oportunidad para darme cuenta de que una vida muy distinta a la mía estaba sucediendo al mismo tiempo en la misma ciudad, pero el contacto directo con la miseria no me sirvió de mucho porque yo estaba demasiado ocupada con mis propios problemas personales. Solo recuerdo los gusanos que había en las patatas que se daban de comer a los hijos de las barraquistas que los llevaban allí para poder ir a trabajar, y sobre todo recuerdo los mocos de sus sucias caritas que yo tenía que limpiar continuamente. Me daba tanto asco hacerlo, que a veces que me encerraba en el lavabo el mayor tiempo posible para no tener que atender a aquellos pobres desgraciados llenos de mugre. No podía sentir siquiera compasión por ellos porque en aquélla época de mi vida lo que sucedía alrededor de mí ni me conmovía ni me preocupaba. Yo era el centro de mi propio mundo.
En uno de aquellos lugares conocí a Begoña. Era una muchacha muy especial, mas bien bajita y algo redondeada de formas, recuerdo su cabello muy oscuro y sus grandes ojos negros enmarcados por largas pestañas que destacaban sobre su cara de piel extremadamente blanca. Aunque no era guapa en absoluto, tenia una personalidad singular y a veces y solo cuando ella se lo proponía, podía resultar muy atractiva. Pero lo que la hacia verdaderamente diferente a otras chicas de su edad era aquella innata sensación de seguridad que producía. Se comportaba ante los demás como una mujer experimentada y madura a pesar de que Begoña era algo más joven que yo, pero parecía conocerlo todo como si ya lo hubiese vivido y sabía siempre de que hablar con todo el mundo con gran aplomo. En realidad era una chiquilla inexperta que apenas conocía nada de la vida aunque, eso sí, sentía intensos deseos de vivirla y de vivirla bien. Era ambiciosa y la ambición la hacia aparentar lo que no era. En muchas ocasiones conseguía introducirse tanto en su papel que éste se adaptaba a ella como una segunda piel hasta el punto que nadie sabía si estaba interpretando o no. Quizás ni siquiera ella misma. Desde luego yo no sabía diferenciar entre una y otra y tampoco sé si la admiraba o no, creo que no porque en el fondo intuía algo falso en toda su actuación conmigo y con los demás.
Begoña me presentó a un nuevo grupo de amigos, todos pertenecientes a la alta burguesía barcelonesa y muy convencionales. Su manera de pensar y me agarré a ellos como a un clavo ardiendo porque estar a solas conmigo misma me aterraba. Y entre ellos conocí a Rafael Crespi con el que me compenetré de maravilla desde el primer momento. Su físico no me acaba de convencer porque aunque era un chico de agradables facciones era bastante bajito ya mí nunca me gustaron los bajitos, además, y eso era lo peor de todo, Rafael tenia cuatro años menos que yo.
En aquel entonces, se consideraba que el hombre debía de ser mayor que la mujer, ya que en teoría, la mujer envejecía antes. Esta circunstancia me hizo llenar paginas y paginas desesperadas en mi diario: He vuelto a encontrar a mi chico, pero los prejuicios me ahogan, por que a pesar de que él tiene un carácter idéntico al mío y unas ideas semejantes tiene 20 años y medio y yo 24 y eso es demasiada diferencia de edad, así lo dice la gente, yo no. Pero la gente es poderosa y convence a mi pesar y yo me amargo la vida simplemente porque él nació demasiado tarde o yo demasiado pronto. Pero tampoco puedo dejarle y estoy asustada. No sé que partido tomar, pero lo terrible y fantástico al mismo tiempo es que vuelvo a estar enamorada. Fausto… ¿quién se acuerda de Fausto? O bien tengo una asombrosa capacidad para olvidar o jamás le quise realmente porque en nueve meses apenas si puedo recordarle y ni siquiera le guardo ya rencor, solo siento por él indiferencia. Rafael es aun un niño pero en ideas me dobla la edad. Yo le admiro porque es inteligente y no tiene prejuicios y si él es lo que tanto he buscado no voy a dejarle por unos años de diferencia.- llegué a sentirme tan a gusto a su lado que hasta me olvidé de esa barrera psicológica que representaban unos simples tres años y medio de diferencia en aquella absurda época que me tocó vivir y haciendo gala de valentía y de inteligencia aunque sea inmodestia decirlo me hice los siguientes razonamientos: Fausto tenia casi tres años mas que yo y… ¿qué? Todo fue un fracaso… Ahora bendigo las causas que me separaron de un hombre que no me comprendía para caer en brazos de otro que esto lo contrario.
Rafael es para mi compenetración y lo más curioso es que eso engendra en mi un sentimiento mucho mas fuerte, mas profundo, no solo por sus besos tan dulces… es sentirme comprendida, aceptada tal y como soy sin ninguna reserva. Asómbrate diario, Rafael me quiere tal y como soy. Me ha conquistado a pulso porque yo no quería quererle, pero es que antestampoco le conocía y conocerle es amarle. Juntos somos libres a la par que respetamos nuestras ideas y de este modo permanecemos independientes lo que viene a ser unidos, porque los dos pensamos lo mismo. Hay algo maravilloso en nuestras relaciones, nos entendemos y no tenemos necesidad de fingir. Somos lo que nosotros llamábamos compañeros amantes sin futuro, solo viviendo el presente y no nos hacíamos promesas. Si no salimos con otros no es por el absurdo concepto del noviazgo clásico español sino simplemente porque no tenemos ganas de salir con nadie más. No nos atamos el uno al otro, permanecemos juntos por amor. Quizás a simple vista no se vea mucha diferencia, pero la hay. Y es enorme.
La idea era buena pero nuestras mentalidades no estaban preparadas para ese tipo de relaciones. Él se engañaba a sí mismo y yo, considerando un hecho maravilloso haber encontrado a un macho ibérico evolucionado también me engañaba. En realidad Rafael era un típico producto de la sociedad burguesa de la época franquista que pretendía tener una serie de ideas progresistas que era completamente incapaz de llevar a la practica. Toda la apertura a las nuevas tendencias de inconformismo que se iniciaban mas allá de nuestras fronteras se limitaba para nosotros a hacer el amor libremente, nada mas que eso.
Sin embargo Rafael me quería sinceramente y me lo demostró un día memorable cuando ya hacia cuatro cinco meses que salíamos juntos.
Aquella tarde habíamos ido en su coche a uno de nuestros rincones preferidos de la montaña que rodeaba la ciudad, un lugar escondido entre pinos y arbustos, un lugar solitario donde besarnos y abrazarnos en completa libertad durante horas. Yo no estaba preparada para lo que iba a suceder y cuando me di cuenta de que estaba despidiéndose de mí aunque con lagrimas en los ojos pensé que estaba soñando y me sentí como un niño a quien le estaban quitando su juguete favorito. Cuando le pregunté porque quería dejarme, su respuesta fue enternecedora y a la vez sorprendente. El solo tenia 20 años y yo ya había cumplido los 24 y como me quería comprendía que yo estaba perdiendo muchas oportunidades de matrimonio saliendo con él que nada podía ofrecerme todavía. Para resumir… que él seguía siendo un infante y que yo, a mis 24 años, ya estaba casi apunto de caer del árbol de puro madura. Aunque fue un rasgo de honradez de su parte, yo no pude comprenderlo entonces y recuerdo que nuestro regreso a Barcelona fue una especie de duelo a dos. Ambos llorábamos sin que pudiéramos hacer nada para evitar las lagrimas que resbalaban imparables por nuestras mejillas y el viaje se hizo interminable porque estábamos convencidos de que seria el ultimo que haríamos juntos.
Y aunque no lo fue, después de aquella tarde ya nada volvió a ser como antes. Nuestra romántica amistad degeneró poco a poco. Sintiéndome abandonada, comencé a salir con otros chicos, buscando como siempre una atadura sentimental suficientemente fuerte y sincera como para enamorarme de verdad y dar cauce a todo el caudal de cariño que llevaba muy adentro, necesitaba un nuevo compañero para recuperar mi equilibrio, porque si no lo hallaba iba dando tumbos a la deriva. No podía realizarme a mi misma si no era a través de otros.
Llegó el verano de1967 y me fui a descubrir Paris. Rafael me lo había recomendado con entusiasmo y enseguida comprobé que no había exagerado en absoluto. Paris y yo nos enamoramos la una de la otra, no me cabe duda de que fue reciproco porque yo siempre he creído que las ciudades tienen un alma que es el reflejo del alma de quien las ama y yo amé a Paris desde el primer momento. Todo su colorido, su desenfado y su cosmopolitismo: el ambiente especial del Boulevard Saint Michel…las reuniones de hippies en las calles de Saint German vagabundeando durante todo el verano bajo los puentes del Sena, la mayoría de ellos viviendo a costa de sus ricos papas.. Los pintores que se desparramaban a lo largo de sus orillas tratando de plasmar en sus lienzos toda aquélla amalgama de luces y colores… Sus antiguas iglesias.. Sus barrios llenos de historia. Sus museos llenos de arte… Paris era un nuevo mundo para mí, y yo llegué a conocerlo muy bien a fuerza de recorres sus calles de un lado a otro. Cuando vi la Torre Eiffel por primera vez lloré de emoción.
No quise alojarme de nuevo en una casa particular porque en realidad yo no iba Paris a estudiar francés sino en busca de la aventura y del amor y quería disponer de libertad y disfrutarla. Por mediación de la Universidad encontré una residencia de estudiantes perfecta para mí, moderna y acogedora, llena de estudiantes de ambos sexos y sin ningún horario restrictivo de entradas y salidas. Se llamaba La Cimade y estaba a unos 14 Km. de la gran ciudad, en un bonito pueblecito muy tranquilo llamado Massy Verrierres. Entre sus paredes viví una de las etapas mas importantes de mi vida uno de los mas entrañables recuerdos de mi juventud.
La primera tarde que pase en la residencia que debía ser mi hogar fue todo un éxito personal. A decir verdad yo estaba radiante, con mis espléndidos 24 años bronceados por el sol y todas mis ansias de vivir brillando en mis ojos. A las pocas horas de mi llegada conocí a un estudiante ingles muy atractivo y sin saber como me encontré en su habitación besándole apasionadamente. Todo un record de rapidez Pero lo que menos me importaba entonces era la calma o la prudencia, sólo deseaba vivir rápidamente todas las etapas que aun no había vivido.
Cuando volví a mi cuarto aquélla tarde y deshice las maletas yo misma me pregunté porque hacia aquellas cosas y no me refiero al beso en si, sino a mi manera de relacionarme con la gente. Dudo que ni siquiera aquellos encuentros me proporcionasen satisfacción de ninguna clase, creo que eran simplemente reacciones de rebeldía contra mi educación y mis circunstancias. Yo hacia sistemáticamente lo que siempre se me había dicho estaba prohibido hacer. Por eso me besaba con un extraño al cabo de pocas horas de conocerle y me iba a la cama con él al día siguiente. Lo malo es que la misma educación contra la que yo me revelaba me confundía muy a pesar mío, haciéndome sentir culpable de mis acciones y los remordimientos no me compensaban. Era como un circulo vicioso del que no podía salir.
Nigel ni nuevo amigo ingles y yo nos hicimos inseparables. Fue una relación divertida e intrascendente que me hizo desperdiciar muchas oportunidades de todo tipo: para empezar descuidé el idioma que había venido a estudiar a Paris y cuyas clases en la universidad mi padre pagaba religiosamente y después la oportunidad de conocer a otras personas mucho más interesantes que me hubieran podido aportar más. Porque Nigel, que solo tenia 19 años, era muy guapo y también hacia el amor muy bien pero su conocimiento del francés era terrible y como mi ingles era también muy deficiente nuestras conversaciones eran prácticamente inexistentes.
Como anécdota curiosa de aquélla época dorada, en el avión que me trasladó a Paris conocí a un catalán de clásica imagen burguesa: camisa blanca y corbata, gafas de sol a la moda y corte de pelo a la mínima expresión acompañado de un amigo periodista muy famoso en las crónicas del corazón, aunque he olvidado su nombre y ambos me invitaron al Lido, uno de los cabarets mas caros y famosos de la capital francesa, el único problema fue que la invitación a cenar allí era la noche del 14 de julio, fiesta nacional francesa, fecha en que todos los estudiantes se daban cita en las calles del barrio latino bailando, cantando y bebiendo durante toda la noche. Yo no quería perderme ninguna de las dos cosas y decidí un ingenioso plan. Como el Lido tenia dos pases de espectáculo me quedaría al primero y luego con la excusa de que si llegaba tarde me cerrarían la entrada a la residencia los dejaría plantados para reunirme con mis amigos en la Plaza de la Contrascarpe punto de encuentro en aquélla noche extraordinaria, porque a mí lo único que me interesaba de la invitación era conocer el Lido del que siempre había oído hablar y que con la poca solvencia de mis amigos estudiantes jamás hubiera podido conocer.
Mi acompañante picó el anzuelo e incluso tuvo la buena fe de acompañarme al metro, cosa que me violentó terriblemente ya que tuve que esconderme en la estación y esperar un tiempo prudencial antes de encaminarme dirección contraria. Cuando llegué a la plaza había tal multitud de gente cantando y bailando al son de la música que me pareció iba a ser imposible encontrar a mis amigos entre tal multitud. Todo el mundo me miraba con admiración. y yo me sentía hermosa y feliz. Era una noche distinta, fascinante. Cuando al fin los encontré entre ellos estaba Nigel, dos sudamericanos, un argelino y varios estudiantes mas de distintas nacionalidades a quienes no recuerdo y entre ellos Glanstone, al cual todavía no he nombrado y que merece una especial atención.
Glandstone era un chico norteamericano de color, con un cuerpo lleno de músculos sostenido por una piernas sin fin estilizadas y cimbreantes. Tenia 28 años y era él más hermoso ejemplar de hombre que yo nunca había visto en mi vida, mas que hermoso podía decirse que era espectacular. Me había invitado a salir con él aquella noche y yo le había dicho que no, quizás porque los negros me asustaban un poco. Aun estaba yo un poco influenciada por las leyendas de los caníbales que me habían contado cuando era niña, quizás parezca algo ridículo pero sus abultados labios que dejaban al reír al descubierto unos dientes blanquísimos y enormes me estremecían, sin embargo aquélla noche ocurrió algo extraño e inexplicable. Se había iniciado un baile y él me sacó a bailar, recuerdo muy bien como me estremecí cuando me estrechó entre sus brazos, no intenté separarme de él sencillamente porque me era imposible, de pronto me pareció que nos quedábamos solos en medio de aquélla plaza abarrotada de gente, y desde aquel instante ya nada ni nadie a mi alrededor contaba para mi. Comencé a sentir algo desconocido, jamás experimentado anteriormente, no una simple atracción física, era algo diferente, mas fuerte, algo brutal e incontrolable a lo que no podía resistirme, se llamaba pasión, ahora estoy segura. Y esta misma pasión tan nueva para mí consiguió hacerme actuar de la manera más insospechada. Sin embargo como nunca dejo de sorprenderme a mi misma, cuando Gladstobnde me invitó a ir juntos a una discoteca, le dije que no y aún ahora después de todo el tiempo que ha pasado no puedo comprender porque lo hice, quizás aquella actitud se debía siendo completamente sincera conmigo misma a un sentimiento de racismo inconsciente. La noche avanzaba y mis amigos se fueron marchando, yo no sabia que hacer, si regresar con ellos o quedarme allí con Gladstone, pero él decidió por mí.
– Yo no voy a quedarme aquí toda la noche – me dijo – también me voy.
Yo debía pues tomar una decisión y decidí.
Una vez de vuelta a la residencia se organizó una buena juerga en la habitación de uno de los del grupo que por casualidades de la vida compartía la habitación con Glandstone. Nos quedamos todos a dormir allí estirándonos vestidos sobre sabanas amontonadas en el suelo unos al lado de los otros, como era muy incómodo yo, muy lista, conseguí hacerme un sitio para mi sola en una de las literas y nunca pude escoger mejor porque a la mañana siguiente me despertaron unos brazos sacudiéndome con fuerza. Cuando abrí los ojos le vi, me había quedado dormida sin saberlo en la litera de Glandstone, me pareció estar soñando.
– Vamos, vamos. ¿qué haces en mi cama? me gritó – Fuera de aquí…
Parecía enfadado pero no debía estarlo demasiado cuando de repente y sin yo esperarlo me besó en la boca. Reaccioné. Yo era muy curiosa en mis reacciones por aquel entonces, besaba a quien yo quería sin ninguna inhibición siempre y cuando me apeteciese a mí, pero el hecho de arrancarme un beso a la fuerza provocaba que acudiesen a mi mente todos los convencionalismos aprendidos y posiblemente también una parte de feminismo paralelo y contradictorio. Así pues me escabullí y salí corriendo enfadada hacia mi cuarto muy dignamente, aparentando sentirme casi violada al ser besada a la fuerza, pero en el fondo me gustó, vaya si me gustó.
A partir de ese día comenzó la caza del gato y el ratón. Primero el gato era él y yo el ratón, luego se cambiaron los papeles. Yo seguía saliendo con mi inglesito angelical, con el cual apenas si me entendía fuera de la cama, pero se me encendía la sangre cada vez que veía a Glandstone y sin embargo, cada vez que él intentaba entablar una relación conmigo le rehuía, hasta llegué a negarle la entrada en mi cuarto aunque lo estaba deseando. Yo misma ignoraba el por que de mi comportamiento, pero supongo lo que Gladstone debía imaginarse: Simplemente que él era negro y yo blanca.
Y quizás algo de cierto debía de haber en ello aunque yo era completamente inconsciente.
Nígel se había marchado a su país y Glanstone se fue también a Londres a pasar unos días. Me sentí muy sola y la Gloria que yo era entonces no podía sentirse sola ni un minuto, siempre necesitaba tener cerca a alguien pendiente de mí. Durante su ausencia entré en el cuarto de Gladnstone repetidamente, extasiándome ante cada objeto, ante cada detalle personal. Hasta me parece que robé algo suyo de allí para guardarlo conmigo.
Pero cuando el gigante de color regresó de su viaje ya no intentó acercarse más a mí. Supongo que se dio cuenta de que yo estaba sola y su orgullo personal le impidió ocupar un lugar de segunda mano, aunque quizás sólo quería vengarse y es comprensible que lo hiciera, aparentemente yo había estado jugando con él, pero aquella era sólo su percepción.
Un día no pude más y fui a buscarle a su habitación. Cuando abrió la puerta entré y hablamos durante largo rato durante el cual él no movió un dedo para tocarme. Se hizo tarde y me insinuó claramente que quería irse a dormir y que sería mejor que me fuese. Entonces yo me estiré en su cama y me negué a moverme. Aquella fue una escena que jamás podré olvidar.
Mi deseo hacia aquel hombre era tan fuerte que la pasión me dominó brutalmente, le dije que si quería que me marchase tendría que llevarme a mi habitación en brazos porque no pensaba moverme de allí. Él me contestó que hiciese lo que quisiera pero que no dormiría conmigo. Me sentí llena de rabia y de desencanto pero al cabo de un rato el sueño me venció y me dormí profundamente. Me despertó el suave contacto de un cuerpo sobre el mío, no sabia cuantas horas habían pasado solo recuerdo que hicimos el amor y que disfrute enormemente.
En aquella época yo no tenía ni la más remota idea de cómo satisfacer a un compañero, quizás por inexperiencia, quizás por falta de autentico amor, además yo no tomaba anticonceptivos y en consecuencia mi manera de realizar el acto sexual era tan primaria que también me quedaba siempre insatisfecha, pero aquella vez y sin siquiera alcanzar un orgasmo llegue a las cotas más altas del placer, quizás porque la presa me había resultado tan difícil de conseguir y por ella había luchado hasta el punto de vencer mi timidez y mi orgullo, cosa que jamás había hecho hasta entonces.
Y sin embargo aquello no significó nada, Gladstone tuvo la debilidad de acostarse conmigo pero no quiso hacerlo más. Su indeferencia llego a parecerme casi una tortura física y moral. Me pasé muchas noches nerviosa y angustiada paseando por el pasillo frente a su habitación reteniendo la tentación de entrar en ella. Sufrí tanto que cuando el se marchó a los Estados Unidos fue una verdadera liberación para mí.
Y como siempre que tenía un problema decidí cambiar de aires. Escribí a Nigel y me fui a Londres. Como estaba convencida de que mis padres, que eran los que pagaban todos mis gastos, no aprobarían este viaje, inventé amigos que me acompañarían, una falsa dirección y no sé cuantas cosas más y a parte de estas mentiras también mentí a Nigel, porque no sólo le escribí a él sino también a Ismael, un amigo de Barcelona que era a quien yo realmente quería ver y que a la sazón estaba estudiando en Inglaterra. Pero algo bueno puede decirse de mí, algo que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida, yo no sólo inventaba ingeniosas historias sino que no me faltaba valor ni coraje para vivirlas.
Fue una suerte que Nigel recibiera mi telegrama a tiempo y me esperase en la estación Victoria, porque mi inglés era terriblemente deficiente y yo no conocía absolutamente nada del país que iba a visitar. Mi amigo me llevó a su casa y conocí a su familia, típicamente inglesa, unas buenas personas barnizadas de una gruesa capa de educación británica. No sé todavía como pude zafarme de ser su huésped, pero conseguí hacerlo, porque a mí lo que me interesaba era tener todas las noches libres para pasarlas con Ismael.
La verdad es que yo lo arrasaba todo en aras de mi conveniencia. Herir sentimientos no me importaba demasiado, aunque eso sí, siempre intentaba actuar con sumo tacto para que el daño fuese el menos posible o a lo menos quedase disfrazado, pero lo más importante era hacer lo que deseaba hacer.
No me di cuenta de que a Ismael le sentó como un tiro mi llegada porque. mi inesperada vista le frustró un plan recién iniciado con una chica inglesa. De eso me enteré un tiempo mas tarde. De todos modos, fuese por educación o porque yo le gustaba más, dejo su plan para dedicarme todo su tiempo y creo que si hubiera deseado continuar la relación con la inglesa podía haber encontrado miles de excusas para no verme.
Ismael me consiguió un lugar para dormir cerca de donde él vivía, en una honorable casa donde alquilaban habitaciones a estudiantes con derecho a desayuno o sea la tipica bed and breakfast. Allí teníamos que hacer bastantes filigranas para poder acostarnos juntos sin ser vistos, pero lo conseguíamos.
Viendo las cosas objetivamente hubiera sido mucho mejor para mí vivir en casa de Nigel y disfrutar de una estancia en Londres reposada y turística pero por lo visto en aquella época me interesaba mas el sexo… aunque quizás no era el único motivo ya que Nigel y yo nos habíamos acostado juntos muchas veces en Paris y nuestra relación física había sido muy satisfactoria. El inglés era un chico guapo y sin malicia que sexualmente funcionaba perfectamente como suele suceder con toda persona sin problemas, pero a mí lo que más me atraía eran las personas difíciles y las situaciones complicadas y con Ismael el sexo no fue precisamente lo que se dice un éxito.
Recuerdo que una noche en la oscuridad de mi cuarto, susurrando en lugar de hablar entre la complicidad de las sabanas, Ismael me preguntó de un modo brusco y poco romántico si íbamos a hacer algo o no. Aquello me desmoralizó por completo. Me hubiese gustado responderle que si aun deseaba hacer algo ya no tenía ganas de hacerlo con él. Pero entonces yo no tenía tenia demasiadas respuestas porque no sabía ni lo que quería ni lo que no quería, solo necesitaba vivir emociones fuertes que me demostrasen a cada instante que era admirada y que estaba viviendo aventuras y riesgos.
Si no hubiese sido tan vanidosa y no me hubiera sentido tan perdida, quizás podía haber imaginado que a parte de hacer el amor con cada chico que me gustaba podían haber muchas otras cosas interesantes.
Sigo preguntándome que era lo que me inclinaba a hacer el amor tan a menudo y con tanta gente. Yo no era una ninfómana, creo más bien que todo se debía a obtener una reafirmación causada por un gran complejo de inferioridad física arrastrado desde la infancia y desde luego a una furiosa rebeldía ante las costumbres convencionales. Hacer el amor me hacía sentir de algún modo fuerte y libre sin darme cuenta que del modo que lo hacia cada día estaba más atada a mis propias debilidades y complejos.
Londres me fascinó, me pareció una ciudad completamente distinta a todas las que había conocido, algo así como estar por primera vez en un mundo diferente, un mundo lleno de un encanto especial y tradición antigua.
Ismael me dio a conocer la parte más turística de la ciudad pero sin embargo también pude disfrutar de matices diferentes, como por ejemplo una comida en casa de Nigel, que era la típica familia inglesa de clase media y donde pase unos terribles apuros para poder comer un pomelo con cuchillo y tenedor. Los padres de mi amigo Nigel, muy educados y encantadores conmigo insistieron lo indecible para que me quedara a pasar aquellos días con ellos y por otro lado Ismael, también muy educado y solicito, se desvivió para enseñarme todos lo Pubs de Londres y los rincones mas de moda. Cuando volví a Paris ya mucho más aliviada no podía ni imaginarme que allí me esperaba uno de los hombres más importantes de mi vida.
Pero primero no quiero dejar de describir la travesía de vuelta a través del estrecho de Calais. Desde la cubierta del ferry que me trasladaba a Francia me fascinó el paisaje de la costa británica. Los colores desvaídos de sus playas y las gaviotas volando sobre el mar de un frío color de plomo en pleno verano se iban grabando fielmente en mi subconsciente. Aquellas sensaciones estaban escribiendo un libro en mi mente cuya lectura me serviría de gran consuelo en mis ratos de soledad.
De este fugaz viaje a Inglaterra mis padres se enteraron de lo que yo solo quise que se enterasen que no fue mucho, y una vez de nuevo en la Cimade volví a asistir a mis clases de francés. Pero Glandstone se había ido e Ismael y Nigel estaban lejos, y aquel viaje me empezó a parecer un simple sueño.
En la residencia se alojaba un muchacho llamado Edward. Era ayudante de la secretaría, así como también era ayudante del jardinero, del cocinero y muchas cosas más. Estaba estudiando un cursillo especial en la Universidad con una beca y a cambio de estos no pagaba alojamiento como los demás. Edward fue la primera persona que vi a mi llegada a Paris porque fue él quien tomó mis datos y me acompañó a mi habitación. Era judío norteamericano, moreno con el pelo un poco largo, recuerdo un rebelde mechón cayendo siempre sobre su frente. Tenia la nariz aguileña y algo torcida y un cuerpo esbelto y cimbreante. Solía estar siempre alegre y reía como un niño por cualquier cosa y además tocaba la guitarra maravillosamente. Mas que guapo Edward era extremadamente interesante porque era diferente a los de más chicos de su edad, solo tenía veinte años pero ser más joven que yo era la tónica general de mis amigos y de mis amantes.
Semejante ejemplar no me había pasado desapercibido… desde el primer momento me gustó, pero no era una pieza fácil porque era demasiado responsable e inteligente y no quise perder tiempo tratando de conquistarle, sin embargo en mi situación de soledad su conquista volvía a cobrar nuevos alicientes y procuré hacerme la simpática. Sin embargo el tiempo pasaba y yo no conseguía obtener mas frutos que una buena amistad, hasta que llegó el día que ya no pude resistir más.
Aquella tarde la habíamos pasado un grupo de amigos escuchándole tocar la guitarra en su habitación, poco a poco todo se fueron a dormir y solamente quedamos él y yo sentados en lo alto de su litera. El olor que emanaba de su cuerpo joven hacia vibrar el mío de excitación. En vano esperé una insinuación de su parte para que me quedara o sea que tuve que darle las buenas noches e irme yo también a dormir. Pero aquel día yo no estaba dispuesta a resignarme. Cuando entré en mi cuarto me estiré en la cama con una rabia incontrolable. No vacilé demasiado ni pensé en las consecuencias de lo que iba a hacer, al cabo de pocos minutos salí y recorrí el pasillo de nuevo hasta llegar frente a su puerta, llamé con los nudillos y Edward la abrió. Sonrió ampliamente como si estuviese esperándome. Yo solo le dije cuatro palabras: Habia olvidado algo importante– Y alzándome sobre las puntas de mis pies agarrando su rostro con manos le besé en los labios.
Aquella noche dormimos juntos y así empezó el romance, sino el mas importante de mi vida si a lo menos el mas bello.
Pero llegó el día en que yo debía regresar a Barcelona. Cuando dejé la Cimade lo hice destrozada porque Edward se quedaba y yo tenia que irme. Habíamos pasado unos días maravillosos juntos, nos habíamos abrazado y besado sin rubor en el metro, en la calle, en los bares, en todas partes hasta en la punta de la Torre Eiffel, ahora sin embargo todo se acababa.
Él prometió venir a verme – No te preocupes, me había dicho – Yo debo ir a estudiar a la Universidad de Montpellier y Barcelona¨ n´est pas si loin.´´
Me acompañó al aeropuerto con el coche de la directora, lo malo es que la directora también venía con nosotros, no pudimos ni darnos un beso de despedida solo apretarnos las manos muy fuerte.Cuatro o cinco días después de llegar a Barcelona recibí una carta desde Paris y en ella solo habían escritas tres palabra: Je t´aime Edward.
Para mí fue la carta más bonita que jamás había recibido.
Y comencé de nuevo mi vida en España mas desorientada y confusa que nunca, de nuevo no podía adaptarme a nada, ni a la casa de mis padres, ni a mis amigos, ni a mis estudios, solo deseaba marcharme ora vez, volver a estar con Edward, pero él estaba en Montpellier estudiando y por el momento no podíamos vernos.
Analizando mi vida de entonces, los días más felices fueron los que pasé junto a él. Edward era como un niño que no había crecido, disfrutaba con todas las pequeñas cosas de la vida, se extasiaba ante los colores vivos y brillantes, las formas originales y vibraba al son de las música. En sus ratos libres se dedicaba a llenar pequeñas botellas con purpurina que al agitarse formaban aguas multicolores. Me regaló varias que yo naturalmente perdí, a pesar de que me gustaban mucho, no solo porque eran bonitas sino porque me recordaban su personalidad llena de fantasía y su alegría desbordante. Edward no era un ser humano corriente y desde luego era un ser humano mucho mejor que yo. Poseía el don de la atracción y en sus ojos se reflejaba la limpieza de su alma. Todo el que le conocía se sentía irremisiblemente enamorado de su personalidad que se reflejaba en las cartas que me escribía en un perfecto francés, idioma que dominaba como un nativo, eran cartas normalmente cortas pero llenas de amor y de ilusión rayando la melancolía y hasta el dolor por la separación. He traducido y unido algunas frases de distintas cartas :
Hace un minuto y medio que acabo de volver de un café donde he estado con unos amigos. Cuando he marchado llovía increíblemente fuerte. Yo caminaba lentamente, con la lluvia que caía y el viento que hacia un ruido terrible y las hojas que volaban por todas partes, y me sentía completamente bien y pensaba en ti y en como te amo.
Ahora estoy en mi habitación en la ciudad. Hay muchas cosas para contarte pero todo debe esperar a otra ocasión porque cuando pienso en ti como ahora pienso yo solo puedo decirte que te quiero. Hace mucho daño que yo no pueda escucharte decir cuanto me quieres y también y que no estés a mi lado y que no te pueda acariciar y que no podamos ser increíblemente felices juntos como lo somos cuando no estamos separados como ahora.
Son las 3 de la madrugada y me voy a dormir contigo en el corazón y en la mente pero no en los brazos. Es espantoso no saber si vamos a vernos o no. No sabes cuanto te quiero. Te quiero, te quiero, te quiero. Escríbeme rápido y dime al menos tres veces que me quieres porque yo te adoro, mi querida Gloria y sé que tu me quieres, eso es todo lo que hace falta…No puedo esperar demasiado para volver a estar contigo.. Iré no importa donde, porque lo importante es que podamos estar juntos.
Durante un mes yo deberé costarme sin ti, eso no es bueno, espero que este mes haya pasado ya. Tu sabes lo feliz que he sido contigo, no contento cono estoy normalmente sino increíblemente feliz. Te quiero Gloria, no puedo escribirte mas, si continuo, yo solo podré escribir que te quiero en este trozo de papel. Mis cartas serán siempre parecidas porque te quiero enormemente.
Edward vino a Barcelona y le presenté a mis padres. Yo me sentía tan orgullosa de él que deseaba que le conociesen porque estaba segura de que les gustaría. Y no me equivoqué. Inventando amigos y explicando mil mentiras nos fuimos juntos a pasar unos días a la Costa Brava. Pero después de aquel viaje, en el que fuimos como siempre muy felices, y en el que vivieron mil peripecias para poder alojarnos en las pensiones sin estar casados Edward comenzó a escribirme cada vez con menos frecuencia hasta que un día recibí una carta diciéndome que aunque nada iba mal entre nosotros algo había surgido inesperadamente: había conocidoa otra chica.
– No es que yo ya no te quiera– escribió – a ti te querré siempre, pero a ella la quiero mas que a te he querido a ti.
Tuve un disgusto terrible y cegada de despecho le contesté una carta fría y dura, pero en el fondo no le guardé demasiado rencor, quizás porque me daba cuenta de que yo merecía aquello. Durante nuestras relaciones a distancia yo no le había sido fiel y le había ocultado siempre mis contactos con otros chicos, Edward había sido lo suficientemente noble para confesarme la verdad. Aquella actitud demostraba a las claras que él nunca me había engañado y me lo decía de a su manera, lisa y clara: No es que algo vaya mal entre tú y yo sino que algo va bien entre ella y yo.-
Y así lo nuestro acabó como nació, desvaneciéndose poco a poco como un sueño, porque eso es lo que fue para mí. Nunca podré olvidar aquellas noches en que nos dormíamos besándonos, nos despertábamos besándonos y estoy segura de que soñábamos sin dejar de besarnos Aquellas noche en las que no necesitábamos siquiera hacer el amor, porque Edward no podía hacer el amor pero en cambio si sabía besar y nadie besaba tan bien como él. El hecho fue doblemente desastroso porque mis padres se enteraron. Mis padres leían todas las cartas que llegaban a nuestro buzón indiferentemente si eran para ellos o para mí. Era una de sus curiosas maneras de protegerme contra el mal, porque ellos nunca pudieron imaginar siquiera que eso que llamaban mal yo lo llamaba ansias de vivir y de ser amada, aunque atropellada y confusamente. Era mi vida, y buena o mala yo deba vivirla porque era mi único modo de aprender. Ellos aprendieron de la misma pero lo habían olvidado o lo intentaban olvidar.
En el gimnasio conocí a una chica que se llamaba Margarita y aunque era siete años mayor que yo, diferencia de edad que en aquella época se consideraba importante, eso no fue inconveniente para que nos aviniésemos rápidamente y nos sintiéramos muy compenetradas, hasta el punto que nuestra amistad prevaleció durante muchos años, aunque la vida nos llevo por rumbos distintos aunque siempre paralelos.
Ella como yo también estaba buscando la oportunidad de marcharse para evadirse, su novio la engañaba y aquélla situación la hacia vivir con tal angustia que necesitaba huir de sí misma. Entre las dos buscamos la oportunidad y la encontramos. Yo expliqué a mis padres que ella me había invitado a pasar unos días en su casa de la Costa Brava con su familia y ella no sé que excusa se inventó, aunque no creo que tuviese demasiados problemas porque Margarita ganaba su propio dinero y vivía con una madre viuda que no se preocupaba demasiado de lo que sucedía a su alrededor. Alquilamos un pequeño coche y nos dirigimos no hacia el norte sino hacia el sur. No sabíamos dónde íbamos pero eso era lo menos importante. Queríamos comernos al mundo antes de que éste nos comiera a nosotras, estábamos dispuestas a engullir todo lo que se nos pusiera por delante si nos apetecía hacerlo prescindiendo de los prejuicios y para ello debíamos estar lejos de todo lo que nos lo impedía, queríamos divertirnos, ser felices y sobretodo no pensar…
Condujimos Km. y Km. Causábamos furor en las carreteras porque apenas si sabíamos conducir, y también por el hecho de ser mujeres al volante en una época en que muy pocas llevaban coche. Nuestra primera etapa fue Málaga. Intentamos cubrir los mas de mil kilómetros que nos separaba de aquella ciudad en una sola etapa sin detenernos por el camino, pero creo que algo dormimos en la carretera agotadas por el cansancio. Una vez en Málaga decidimos pasar a Marruecos. Fue una feliz ocurrencia ya que nos dio oportunidad de conocer un mundo completamente diferente al que estábamos acostumbradas, elegimos uno de esos viajes colectivos en que los viajeros son tratados mas o menos como un rebaño de ovejas, pero a pesar de ello fue interesante.
Durante la travesía Algeciras Tánger conocimos al segundo de abordo que naturalmente me invitó a salir, fue mi primera conquista del viaje porque no había habido ninguna oportunidad ya que viajamos sin hacer paradas.
Se llamaba Luis y era lo que se podría calificar en expresión coloquial un poco hortera, pero a mí me pareció emocionante conquistar a un hombre de mar, además su uniforme era bonito y como él era alto y fuerte le daba una apariencia bastante arrogante que ciertamente no tenía sin el uniforme.
No me extenderé demasiado hablando de aquel incidente, llamémosle desgraciado. Solo añadiré que a parte de enseñarnos todo el barco y su funcionamiento nos llevó a cenar. Durante los restantes días que pasé en Andalucía y que también me acosté con él, como solía hacerlo con cada hombre que me gustaba. También añadiré que si no me quede embarazada fue por verdadero milagro ya que yo en mi inconsciencia no tomaba ninguna clase de precauciones y m daba a la suerte por completo.
Nos despedimos con un: ¿Quieres ser mi novia?… que me conmovió y con una promesa de correspondencia epistolar que se cumplió por ambas partes. Interrumpo aquí el relato de mis relaciones con el marino para seguir explicando el viaje, más adelante continuaré con la historia porque aquello que empezó siendo un simple pasatiempo tuvo serias consecuencias en mi vida.
A lo largo del viaje se me ocurrió enviar una postal a mis padres, sentía remordimientos por haberles engañado y deseaba que compartiesen aunque fuese indirectamente el viaje conmigo y disfrutasen como yo de todos los lugares que estábamos visitando. Lo hice de buena fe, pero no fue una idea brillante, a mis padres recibir una postal de un lugar bien diferente del que yo les había dicho les indignó… les había engañado, eso era lo único que contaba para ellos, no se detuvieron a pensar que con un poco de comprensión por su parte yo ya no les hubiera engañado más porque en el fondo y la postal era clara, yo no deseaba mentirles.
Ya de vuelta a Barcelona hicimos una escala en Granada y pasamos la noche en una pensión llena de estudiantes donde cáusanos el impacto de una bomba. Todos ellos eran unos muchachos provincianillos de miras muy estrechas que no supieron comprender que éramos dos mujeres mayores de edad disfrutando de su libertad porque para ellos éramos simplemente dos frescas de mucho cuidado.
En realidad hay que reconocer que Margarita y yo éramos dos ejemplares muy raros sobretodo en aquellos contornos poco cosmopolitas donde nunca se había visto a dos chicas solas haciendo lo que les venía en gana sin un hombre al lado para controlarlas o protegerlas. En aquella ocasión fue a mí a quien le tocó actuar de carabina. Por la tarde dos de los estudiantes con los que más habíamos congeniado nos enseñaron la Alambra y por la noche hubo un gran show por los pasillos de la pensión para que Margarita y su conquista pudieran estar a solas unas horas. Por la mañana las dos continuamos el viaje y su ligue ni siquiera se levantó de la cama para decirle adiós. Ella se marchó muy dolida por ello.
Pero en el fondo nada de eso nos importaba demasiado, las dos nos tomábamos la vida por el pito del sereno y la verdad es que cada vez nos divertíamos mas, aunque he de reconocer que en el fondo no dejábamos de sentir cierta amargura que nos empañaba la diversión, porque la educación que habíamos recibido no era fácil olvidar en cuatro días y era una lástima. Habíamos decidido disfrutar de la vida al máximo sin perjudicar a nadie pero no sabíamos vivirla plenamente. No se puede vivir a medias tintas, pero nuestro entorno no era favorable… Evidentemente Margarita y yo nacimos antes de tiempo…
Creo que no hubieron más incidentes dignos de mención, a parte de que vimos muchas cosas bonitas y desconocidas desfilando ante nuestros ojos ansiosos de ver y conocer.
Seguimos ruta hasta Barcelona y pernoctamos en un motel de Tarragona insólitamente desierto en aquella época del año, donde nos bañamos solas en una enorme piscina y tomamos el sol bajo palmeras y parasoles exóticos. Adecuado final de un viaje de ensueño. Pero a la llegada me esperaban los carceleros que vigilaban por la buena salud de mi moral y a los cuales mi conducta no les parecía correcta en absoluto. No recuerdo bien el enfrentamiento pero debió ser ciertamente dramático. Mis padres necesitaban descargar las culpas en otro porque no podían admitir haber educado una hija como yo y partir de aquel momento Margarita empezó a caer muy mal en casa. En parte era comprensible, pero muy injusto para ella, que pronto se convirtió en la total inductora y culpable de mi mala conducta cuando en realidad siempre fue una de las relaciones mas auténticas y nobles de mi vida.
Poco después de mi regreso llegó una carta de Juan el marino diciendo Ven a verme- Y a pesar de seguir todavía enamorada de Edward, y de haber llegado hacia pocos días de mi conflictivo viaje, me faltó tempo para pedirle dinero a Margarita inventar una nueva excusa y volver a Málaga. No me guiaba amor alguno, simplemente el afán de aventuras, lo problemático es que ese afán aventurero no me lo podía pagar yo misma y aunque solo fuese por ello mis padres tenían todo el derecho del mundo a intervenir puesto que yo dependía de ellos y cuando uno quiere vivir su vida y ser independiente ha de ganárselo por sí mismo.
Cuando regresé de mi viaje relámpago de tres días durante los cuales prácticamente lo único que hice fue follar y además poco convencida de hacerlo, le expliqué a mi madre donde había ido en un impulso de sinceridad nacido de un profundo deseo de intentar encontrar aun alguna clase de comunicación entre ella y yo. Su reacción me frustró completamente, no solo no me comprendió sino que amenazó con contárselo a mi padre añadiendo dramáticamente que si no lo hacía era porque no quería provocarle la muerte a causa de un disgusto semejante.
Es muy difícil poder explicar las reacciones de mi madre. Hubiese podido dedicarse al teatro porque era una consumada actriz, pero a mi no podía asustarme ni engañarme con sus representaciones de melodrama siciliano. Podía fingir un ataque al corazón y caer al suelo con los ojos en blanco pero con ello solo conseguía avergonzarme y amargarme la vida.
Durante tantos años aquella manera de tratarme fue siempre para mi una pesadilla difícil de soportar. Extrañamente, después de una de nuestras discusiones y sus consabidas representaciones ella se quedaba relajada y tranquila y yo en cambio me sentía destrozada durante días
Después de aquel enfrentamiento, uno de los peores que recuerdo, renuncié para siempre a confiar nada a mi madre. Fue una lastima si ella hubiera hecho un pequeño esfuerzo por comprenderme quuizas mi vida hubiese podido cambiar mucho. En el fondo yo estaba deseando cambiar pero no sabía como hacerlo. Estaba completamente desorientada, no supo o no pudo guiarme en un momento en que yo la necesitaba mas que nunca, pero no la culpo, nadie nace perfecto. Comprendo que yo era difícil y mi actitud le desconcertaba.
De mi estancia en Málaga con Juan el marino le he olvidado todo, y sé por que: Nada fue digno de recordarse. Pero de Edward lo recuerdo casi todo especialmente una escena en un cuarto de hotel en el sur de Francia abrazándonos desnudos entre las sabanas mientras a lo lejos sonaban las sirenas estridentes de las ambulancias. Quise grabarlo en mi memoria y expresé en voz alta mi deseo: toda la vida quiero acordarme de este momento y así fue como quedo impreso en mi mente como una instantánea fotográfica.
Aparentemente mis relaciones con Edward estaban rotas pero era así. Después de su confesión él me había escrito varias cartas y mis padres las habían hecho desaparecer.
No quiero ser demasiado dura juzgándoles, ellos no querían verme sufrir, pero el hecho de no dejarme solventar por mi misma mis propios problemas no era bueno para mí, a parte de ello, el hecho de que hasta podía ser considerado hasta un delito ocultar o abrir cartas ajenas no les preocupaba mucho, ellos eran mis padres por tanto tenían todo el derecho sobre mi y nadie podía convencerles de otra cosa. Pero yo quería tener mis propios pensamientos, mis propias ideas, mis propias actuaciones, estuvieran equivocadas o no y luchaba por ello.
Edward vino un par de veces a Barcelona y yo ni me enteré. Pero una mañana la suerte hizo que yo abriese el buzón de correos antes de que mi padre lo hiciera y me llevase la gran sorpresa de encontrar una carta suya en la que me reprochaba haber sido muy cruel con él al no querer verle aunque solo fuera una vez mas y me citaba aquélla misma tarde a las 6 en al plaza de Cataluña en medio de las dos fuentes.
Una vez repuesta de mi sorpresa ni que decir tiene que me falto tiempo para acudir a la cita. Así Edward y yo recuperamos nuestro idilio que se había interrumpido bruscamente Yo no había dejado de quererle y creo que en realidad no he dejado de quererle nunca.
No sé si mis padres de enteraron de nuestro encuentro porque a partir de entonces los recuerdos se suceden muy borrosos en mi mente, pero aquel episodio me dejó una huella profunda de resentimiento hacia ellos. Creo que nadie tiene derecho ha desviar el curso de una vida aunque sea la del propio hijo, con su actitud y sin darse cuenta me empujaban cada vez a ser precisamente lo no querían que fuese: una rebelde.
Durante aquel invierno continué mi Servicio Social, y también saliendo con el grupo que Begoña mi nueva amiga me había presentado pero Rafael él ya no era mi único acompañante, se había convertido en uno mas de mis amigos con una historia pasada entre los dos.
El grupo se reunía en discotecas o en casa particulares y además entre todos habíamos alquilado un palco en el teatro de la Opera del Liceo al que nos turnábamos para ir cada quince días. Y allí entre cánticos de Wagner y música de Verdi surgió una relación verdaderamente singular que me hizo descubrir una nueva faceta de mi misma bastante insólita: el masoquismo.
El se llamaba esta vez Roberto Castells y era ¡como no! un par de años más joven que yo. Aunque alto, rubio y de ojos azules no era precisamente demasiado guapo pero si lo suficientemente extraño y atractivo para que yo me sintiese atraída hacia él, porque Roberto no era una persona común.
A sus 22 años estaba ya completamente alcoholizado, comenzaba sus mañanas con una copa y así continuaba hasta la noche.
Nuestras primeras salidas no me aportaron nada especial, pero a medida que iba conociéndole empecé a sentirme mas y más fascinada por su personalidad. Roberto podía ser a veces dulce y cariñoso y otras duro despótico y hasta cruel. Me di cuenta poco a poco que aquella actitud me intrigaba, me interesaba y sobre todo me excitaba sexualmente. Una noche me llevó a casa de un amigo suyo que tenia lo que entonces se llamaba un piso de soltero, es decir: dos habitaciones con dos camas porque eso era lo único que se necesitaba en esa clase de pisos y comencé a pasar las noches fuera de casa.
Llegábamos los dos allí sobre las 10 de la noche, nos quitábamos la ropa, nos metíamos en una de las camas y nos quedábamos desnudos entre las sabanas hasta al amanecer. Nuestra intención siempre era regresar a casa sobre las 2 o las 3 de la madrugada pero a veces sucedía que nos dormíamos.
Los problemas y las peleas con mis padres en aquella época fueron terribles, pero yo disfrutaba tanto sexualmente con él que me era imposible evitarlo. En realidad no era simplemente en placer de hacer el amor, porque Roberto como alcohólico en un grado ya avanzado a pesar de su juventud era casi impotente, el placer provenía de nuestra manera de comportarnos. De hecho me maltrataba, me pegaba, me mordía y me arañaba y yo aunque intentaba defenderme, tenia mucha menos fuerza y siempre recibía los golpes. Una vez hasta tuve que contar en casa que había tenido un accidente de transito dados la cantidad de moretones de mi cara y mi cuello. Pero el hecho era que sentirme golpeada y maltratada me hacia experimentar un goce extraordinario. No sé si aquello era bueno o malo. Siempre había oído decir que es sadismo y el masoquismo eran aberraciones sexuales, pero no me importaba demasiado la idea de ser anormal si aquello me hacia vibrar con tanto placer.
Después de aquélla experiencia, que nunca pude contar a nadie, me sentí mucho mas capacitada para comprender a los homosexuales. La sociedad en la que yo que vivía creía que todo el mundo debía experimentar el placer del mismo modo y aquello no podía ser cierto porque no todo el mundo era igual. Comprendí también que los homosexuales no eran viciosos sino que la gente era diversa y complicada y no se podía cortar a toda la humanidad por el mismo patrón. Mi teoría era simple: cada cual debía ser libre para escoger su propio destino y encontrar su propio placer siempre y cuando no perjudicase a nadie. Se podía castigar a quien le robaba el pan a otro pero no a quien se acostaba con quien quería y como quería y no veía la razón por la que Dios debía inmiscuirse en esto. Pero a pesar de aquellas teorías que yo trataba de defender a capa y espada todavía estaba muy condicionada por mi educación religiosa y familiar y me sentía culpable y sucia, especialmente cada vez que veía la cara de mi padre por las mañanas después de una de aquellas noches locas.
Creo que mi padre sufría terriblemente y esas era la principal y probablemente única razón por la que yo también sufría, porque en el fondo no me arrepentía en absoluto de lo que estaba haciendo.
El hablar de la relación con mi padre en aquella época de mi vida me hace sentir llena de congoja. Mi padre y yo fuimos cómplices de un mismo delito: Ser bastante parecidos. Me imagino su desesperación al comprobar que yo caía en todos lo errores en los que él había caído antes a pesar de todos sus esfuerzos por evitármelos.
Una mañana que nunca podré olvidar caminando juntos por la Ramblas de Barcelona me llegó a llamar prostituta. La ira congestionaba su rostro y también la vergüenza y la pena. Nos despedimos sin decirnos siquiera adiós. El se dirigió su despacho y yo cogí el metro para volver a casa. Cuando giré la espalda pensé: me es igual lo que piense.
Pero no era cierto. Me importaba mucho lo que pensase, le quería y sus palabras me dolieron muy adentro, no por lo que significaban, porque yo sabia que no era cierto, las prostitutas se acuestan por dinero y yo le hacía solo por placer, sus palabras me dolieron porque sabía que le estaba haciendo daño.
El episodio de Roberto acabó un buen día porque debía que acabar. Él cortó la relación conmigo… quizás se hartó de mí, quizás creyó que las cosas habían ido demasiado lejos… sea por lo que fuese un día me encontré sin aquel gran placer al que me había acostumbrado como a una droga y como todo ser humano enganchado a una adicción me costaba vivir sin ella. Decidí emprender otro viaje loco para huir de mi misma y de los recuerdos. Mi amiga Margarita siempre dispuesta a viajar me acompañó otra vez. Nos fuimos en tren al sur de Francia sin rumbo fijo y por casualidad nos encontramos en Perpiñan. Allí fuimos testigos de la celebración del día nacional de Cataluña. Yo nunca había visto banderas catalanas colgando libremente desde las ventanas de las casas y educada desde muy niña en el amor a mi segunda patria, me emocioné profundamente.
A parte de esta experiencia que me hizo darme cuenta de la represión política en la que vivamos en mi país, conocí a un chico argelino que viajaba con un compatriota en el mismo tren que nosotras. Yo no conocía la discriminación racial especialmente si un hombre, fuese de la raza que fuese, era atractivo o sea que nos alojamos todos en el mismo hotel y me acosté con él. No recuerdo nada de aquella noche, pero si que al día siguiente tuvimos un ligero problema en la aduana porque al parecer los dos pretendían entrar ilegalmente en Francia y nos usaron de tapaderas. El final de la historia se ha esfumado de mi memoria, pero si recuerdo que me quedé con una dirección en la mano y otro pinchazo en el corazón que debía de estar ya como un colador.
Margarita y yo, proseguimos el viaje… hicimos autostop, pasamos bastante frío e incomodidades diversas y ya no sucedió nada interesante a parte de una anécdota bastante cómica en un pueblecito de la costa francesa donde un policía nos estuvo siguiendo día y noche, no sé si porque le gustamos o porque le parecíamos sospechosas.
Volvimos a nuestro país pero la calma que buscaba no volvió conmigo. Me había distraído y conseguido olvidar un poco a Roberto, pero mi angustia y mi desasosiego continuaron. Quizás si no hubiera intentado siempre encontrar mi equilibrio en los demás y lo hubiese buscado en mi todo hubiera sido muy diferente, pero a veces es muy difícil enfrentarse a uno mismo. Por eso me había lanzado a la búsqueda de nuevos horizontes, yo era impaciente, intentaba solucionarlo todo poniéndome en movimiento, como si la sensación de ir de un lado a otro me hiciera dejar el pasado atrás, el problema es que no buscaba el cambio que realmente necesitaba y mi situación nunca cambiaba porque siempre escogía la dirección equivocada. Aquella situación me volvía cada vez más dependiente de mis propios deseos y debilidades. Mis ansias de aventuras nacían de la parte más genuina de mi misma pero no me daba cuenta de que en realidad mi vida ya no era creativa sino repetitiva, lo que precisamente iba en contra de mis verdaderas deseos. Quizás si se me hubiese ocurrido estudiar algo interesante, trabajar en algo que me gustase o fomentar la amistad en lugar del sexo, mis aventuras hubieran sido gratificantes pero lo cierto es que aquella vida me estaba destruyendo poco a poco. Supongo que esto lo veían mis padres que no sabían ni podían ayudarme porque no me comprendían.
No recuerdo casi nada de aquel invierno que precedido al verano más importante de mi vida, supongo que todo continuó como siempre.
El día que cumplí 25 años lo celebré en Madrid en un hotel de 2ª clase metida en la cama con el marino que había conocido en mi viaje al Sur de España. Nos habíamos encontrado en un punto intermedio y una vez juntos, jodíamos, jodíamos y jodíamos, ya sé que no es una palabra demasiado elegante pero es que no se le podía llama de otro modo, si dijese que hacinamos el amor resultaría ridículo porque nada de romántico tenían nuestros encuentros, yo desde luego no estaba enamorada de él, y me imagino que a él yo solo le interesaba como una hembra guapa y joven.
Me pregunto ahora porque estaba yo allí y no encuentro respuestas, quizás por la aventura de lo prohibido, quizás porque me fascinaba hacer todo lo que me habían dicho que no podía hacerse, quizás porque deseaba sentirme segura, libre e importante… pero lo cierto es que como siempre me sentía sucia y perversa por las mentiras que les explicaba a mis padres a los que para mayor desfachatez llame un día por teléfono para explicarles lo bonito que era Madrid y lo interesante que me había parecido el Museo del Prado que por descontado no había visitado.
Mirando las cosas retrospectivamente me parece increíble el que yo pudiese creer que simplemente jodiendo podía ser libre cuando estaba atada a otras mil cosas y que el sexo dentro de su importancia no era ni mucho menos lo más importante para realizarme a mi misma.
A la vuelta de mi viaje la familia decidió tomar cartas en el asunto y un buen día tras una fantástica proposición de pasar las navidades en un yate en alta mar dejé de recibir cartas de Juan. En realidad fue una liberación para mí, pues ya estaba harta de aquellas relaciones a distancia que nada me aportaban pues ni siquiera él me atraía físicamente. Le escribí una carta diciéndole que no iría y que deseaba cortar unas relaciones que no nos llevaban a ninguna parte pero no recibí respuesta alguna porque mis padres interceptaron toda nuestra correspondencia. En realidad hacia tiempo que Juan me decía que notaba como si sus cartas hubieran sido abiertas
pero ninguno de los dos pudo ni imaginar que mi padre había contratado un detective para vigilarme y él era quien las abría. Incluso Margarita me contó que alguien había ido a pedir informes suyos a la portera de su casa.
Yo todavía no tengo muy claras las ideas sobre lo que es justificable y lo que no lo es, supongo que solo una persona imparcial podría emitir un juicio objetivo, pero como parte interesada no puedo hacerlo ni siquiera ahora que ha pasado tanto tiempo. No sé si la actitud de mi padre era la correcta. Solo sé que yo quizás hubiese intentado encontrar información de otro modo, aunque eso significase estar dispuesta a escuchar lo que no quería oír. La vida para mí continuaba a borbotones, a veces poco clara y fluida, a veces rápida y transparente como el agua de un río que depende de la lluvia y del sol, una vida sin objetivos concretos pero con una gran ansia de ser vivida. Siempre he creído que lo que debe extraerse de esta existencia no es la duración sino el contenido. Así pues deseaba vivirlo todo bueno o malo pero intensamente sin dejarme nada y ese sentimiento continuó a lo largo de toda mi existencia
Y aquélla primavera Edward volvió a reaparecer en mi vida. Tenia en proyecto recorrer España hacia el Sur y se detuvo en Barcelona para verme. No me telefoneó porque ambos sabíamos que si uno de mis padres se ponía al teléfono no me avisaría, pero ya nos habíamos visto a la ida y no tuvimos problemas en volvernos a encontrar en su vuelta camino hacia Montepellier. Durante su estancia en Barcelona Edward compartió un apartamento con un grupo de chicos y chicas todo extranjeros en la parte alta de la ciudad y allí nos encontrábamos. Yo envidiaba su libertad en una época en que la coexistencia de jóvenes distinto sexo era poco común en España, porque deseaba vivir como ellos. Me hubiera gustado convertirme en hippie, aquellas gentes venidas de todas partes que formaban comunas y trabajaban la tierra, rechazaban la violencia, practicaban el amor libre, vestían ropas distintas y hababan de amor y de flores. No sabia aun exactamente quienes eran ni que pretendían, pero eran diferentes y eso me bastaba, sin embargo no me atrevía a dar un paso por hacer realidad mis sueños, estaba demasiado atada a mis padres, mi educación, mis miedos y mis, porque no decirlo, comodidades.
Edward me explicó muchas cosas de su viaje por el sur de España, había visto las procesiones de semana santa en Sevilla y me contaba divertido que cuando la gente miraba al Cristo y luego le miraba a él se sorprendían. Edward era judío y verdaderamente su cara enjuta su nariz grande y aguileña, los labios bien dibujados, los ojos profundos, los largos cabellos oscuros y su cuerpo esbelto recordaban a Jesús tal y como era representado en las estampas y las imágenes.Además emanaba de él una inteligencia, una espiritualidad fuera de lo común, todo el mundo quedaba hechizado por su personalidad, conocerle y amarle era inmediato. Parecía una chiquillo grande que siempre soñaba despierto y aquella mezcla de ingenuidad y madurez te hacía sentir protegida y segura, a salvo de todo..
Edward debía regresar a Montpellier y yo organicé una excursión a Andorra para poder llevarlo en coche hasta la frontera y así poder disfrutar mas tiempo de su compañía. El coche era de un amigo mío, un tal Carlos Freixas, tan atractivo como superficial, de él solo recuerdo que no sabía besar, a lo menos sus besos no supieron despertar nada en mi, lo cual confirmé que la belleza física no tenia nada que ver con la atracción.
Aquella excursión fue bastante desdichada porque Carlos invitó a una amiga mojigata, una puritana de la época a la que en cuanto le insinué que me gustaría quedarme a solas con Edward por la noche saltó como una pantera y me negó su apoyo y era evidente que si ella no quería compartir la habitación con su amigo tampoco yo podría hacerlo con el mío.
Tuvimos que aprovechar los cortos momentos en que nos quedábamos solos para acariciarnos mutuamente y sentir el contacto de nuestros cuerpos. Sufrí mucho al tener la presencia de la persona querida tan cerca y no poder estar con ella en plena libertad y aun más sabiendo que se iba a marchar quizás para siempre. El tiempo volaba y cada minuto era como una constante congoja para los dos. Cuando llegamos al punto clave, una estación de esquí donde le seria fácil hacer autostop y pasar a Francia, nos abrazamos estrechamente y nos despedimos. Vi como su silueta iba empequeñeciéndose poco a poco sobre la nieve y mientras lo miraba alejarse agitando su mano algo muy dentro de mi se marchó también con él, presentí entonces que nunca mas volvería a verle y así fue.
En cuanto volví a Barcelona comencé a preparar mi segundo viaje a Paris, iba a ser en mayo pero algo insólito sucedió que me impidió irme en la fecha prevista, algo importante que a mí, demasiado ocupada en mis asuntos personales me pasó casi inadvertido. Los acontecimientos de mayo del 68 pero también había otros motivos que justificaban mi ignorancia.
En España nunca había tenido elementos para comparar, yo no era una Universitaria, no pertenecía al mundo de la intelectualidad ni de la filosofía e ignoraba por completo aquel ambiente de lucha y rebeldía contra el poder establecido. Yo era una estudiante de música donde el ambiente no estaba politizado, donde el arte, era lo más importante, un oasis en un mundo de fieras y de materialismo. Además me había movido siempre dentro de los cánones de una sociedad burguesa y conservadora donde toda parecía perfecto e inamovible. Mis padres nunca hablaban de política, porque aún sentían muy cercana una tremenda guerra que los había escarnecido y había acabado con sus sueños de libertad. Los hijos de estos tampoco hablaban porque todos, salvo una minoría, nada sabíamos.
Los periódicos y la televisión tampoco nada decian de lo que ocurría en la sociedad francesa que como otros muchas, se regía por una serie de principios extremadamente paternalistas y anticuados y tampoco de que la enseñanza era el reflejo de la misma y que el descontento de los estudiantes iba cada día en aumento. La Universidad, donde precisamente debía ir yo aquel verano, se había convertido en una mezquina fabrica de enseñanza. Las aulas, los laboratorios y las bibliotecas están abarrotados de estudiantes sometidos a un arcaico sistema de enseñanza. El país entero se sentía frustrado ante unas anticuadas estructuras democráticas después de diez años de gobierno autocrático Gaullista. Si hubiera tenido acceso a leer algo sobre ello me hubiese enterado de que concretamente el 6 de Mayo de 1968 se organizó en Paris una enorme manifestación de casi 50.000 estudiantes protestando contra el cierre de las Universidades desfilando pacíficamente a lo largo de las calles de Paris. La protesta no se limitaba a conseguir mejorar una situación en la Universidad, ponía en duda las bases de todo un orden social vigente en el mundo occidental: la familia, las costumbres sexuales y la producción en el mundo del trabajo. Pero la policía recibió orden de reprimir con la máxima energía las manifestaciones y aporreó indiscriminadamente a manifestantes y espectadores. Aquella fue una represión brutal contra personas que únicamente deseaban expresar sus ideas. Pronto el movimiento se radicalizó y adquirió un carácter de protesta más generalizado al unírsele los trabajadores, ya no se trataba ya de pedir un simple aumento salarial sino de reorganizar la producción y humanizar el trabajo. La principal consigna era: la imaginación al poder. En la noche del día 8 de Mayo tuvieron lugar los más duros enfrentamientos con la policía. Estudiantes y obreros unidos levantaron mas de 60 barricadas en el centro de Paris y resistieron con toda clase de armas improvisadas el asalto de la guardia republicana que atacó con granadas de humo a los jóvenes manifestantes atrincherados en la calle y la lucha duró toda la noche. El martes 14 los estudiantes ocuparon la Sorbona y la declararon comuna libre. Al día siguiente un movimiento obrero de huelgas y ocupaciones de fábricas se extendió como fuego impulsado por el viento de la revolución por toda Francia y el día 22 de mayo alrededor de nueve millones de obreros estaban parados y la vida productiva prácticamente paralizada.
Por ello yo no pude coger el avión a tiempo.
El gobierno se tambaleaba bajo las presiones y la contrarrevolución se puso en marcha para evitar su inminente caída. Se había perdido el apoyo activo de los obreros. Los comunistas habían dicho no a la aventura. Ellos tenían alas en el pensamiento y argollas en los pies. El movimiento estaba ya en un callejón sin salida. Pero la derrota de los revolucionarios fue sólo aparente porque aquel histórico mes de Mayo tendría una influencia profunda en el futuro de las próximas generaciones.
Pero eso yo lo ignoraba entonces y solo me daba cuenta que Edward y yo habíamos quedado en encontramos en la residencia donde nos conocimos el año anterior y yo tenía que atrasar el viaje. No hubo vuelos a Paris durante todo el mes de mayo.
Paralelamente a todo esto y pocas semanas antes de irme a Francia, ocurrió algo que produjo grandes conflictos a escala familiar. No se como, ni donde, ni por qué, asistí a una fiesta donde conocía un grupo de colombianos que estaban estudiando en España. Carlos, uno de ellos me invitó a salir y para distráeme de la decepción que representaba no poder reunirme con Edward acepté enseguida, pero le dije que traería a una amiga conmigo.- y yo traeré a un amigo – me contestó.
Así fue como Margarita y Carlos se conocieron y gracias a mi indirecta colaboración, con el tiempo se convirtieron en marido y mujer.
Su amigo Antonio era un mulato de voz lenta y sensual, como dicen las canciones sudamericanas y desde el primer momento me gustó hasta el punto de pasarme toda la noche hablando y bailando con él. Aunque Carlos, me había invitado a salir no tuvo mas remedio que aceptarlo pero Margarita estuvo muy contenta del cambio de pareja puesto que a ella Carlos si le gustaba y mucho..
Al cabo de pocos días Antonio y yo intimamos hasta el punto de hacer el amor con frecuencia en su casa. Yo seguía pensando en Edward pero Edward no estaba cerca y no sabia cuanto tardaría en verle…
Antonio compartía su piso con un grupo de amigos también sudamericanos que estudiaban en la universidad de Barcelona y tuve la mala suerte de que uno de ello trabajase además en la empresa de mi cuñado Jorge, con quien yo nunca había tenido demasiadas buenas relaciones. El marido de mi hermana amaba los chismes y además no me tenia ninguna simpatía. A consecuencia de la desgraciada coincidencia, llegó a sus oídos el hecho de que yo salía con Antonio,( no hace falta ser detective para averiguar quien debió contárselo). Mi cuñado se lo contó a su vez a mi hermana a quien le faltó tiempo para contárselo a mi padre. Aquello fue una especie de hecatombe familiar porque parece ser que Antonio tenía una esposa en Colombia y por aquel entonces salir con un hombre casado era algo verdaderamente vergonzoso para una chica decente. De hecho a mis 25 años yo no tenía porque rendir cuenta alguna del estado civil de mis acompañantes, pero la sociedad de entonces mantenía a las mujeres en perpetua minoría de edad hasta el matrimonio, (aunque en realidad casarse no significaba mas que pasar de las manos paternas a las del marido y en la vejez a la de los hijos si esto querían atenderte cuando ya no servias para nada) Mi padre me pidió explicaciones y yo se las pedí a Antonio y aunque no formábamos ni mucho menos una pareja formal y tampoco tenia porque dármelas se comportó como un caballero y me las dio. El resumen de la historia es que acabamos los tres citados en una cafetería discutiendo el asunto y Antonio enseñándole a mi padre su pasaporte donde acreditaba que era soltero y muy soltero.
Tras aquélla escabrosa aventura que no hubiese tenido mayor importancia si mi hermana y su marido no hubieran metido sus narices en mis asuntos poco a poco todo se normalizó en el país vercino y al fin pude irme a Paris. Pero Edward debía volar de regreso a los Estados Unidos en una fecha determinada y no pudo esperarme. Cuando finalmente llegue a la Cimade ya se había marchado. No dejó ninguna nota para mí y lo cierto es que tampoco volvió a escribirme. Durante años me pregunté el por qué de aquel silencio y me desesperé porque no había dejado su dirección y yo no podía escribirle tampoco. Ahora creo que conozco la respuesta: mis padres debieron apoderarse de sus cartas, no pudo ser de otro modo a no ser que él hubiera querido dejar intacto el recuerdo con el silencio. Pero ¿porque no dejó su dirección? Acaso pensó que yo no queria verle mas? El sabia que los acontecimientos me habían impedido reunirme con él en el tiempo acordado. Nunca comprenderé lo que realmente debió de suceder.
Aquel fue mi segundo viaje a la ciudad de la luz, apodo que nunca comprendí porque siempre estaba nublado, a no ser que se refiera a la luz nocturna de los neones.
Cuando llegué de nuevo a la Cimade todo allí me pareció distinto. Los acontecimientos del mes anterior lo enrarecían todo. Las elecciones de junio dieron una gran victoria a los gaullistas y los últimos días de la rebelión estudiantil fueron tan tristes como heroicos habían sido los primeros. Las aulas y los corredores de la Sorbona que había sido el corazón de la revuelta, se convirtieron en lugares inmundos invadidos por toda clase de vagabundos y delincuentes y aunque lo habían limpiado y ordenado, todo aquello aun se respiraba en el ambiente.
Aunque para mi lo peor era que mis amigos no estaban allí y la residencia me pareció vacía, a pesar de que estaba llena de gente. Naturalmente yo no podía esperar a hacer nuevas amistades pacientemente, necesitaba tener alguien a mi lado enseguida. Tras tres o cuatro días de desesperación apareció Muki, un argelino que había conocido el verano anterior y que ahora vivía en una residencia universitaria en el pueblo de al lado. Le acogí con los brazos abiertos y no sé como me convenció, pero consiguió que me fuese a vivir con él. Así pues deje casi todo mi equipaje en la Cimade y cogiendo solo lo indispensable me lancé a la aventura.
Viví varios días prácticamente escondida en la habitación de mi amigo que estaba situada en el pabellón de la residencia exclusivo a los hombres, Pasando mil angustias para poder ducharme o ir al lavabo y no ser descubierta, pendiente de que no pudieran verme los amigos que constantemente entraban y salían de su cuarto. Como Muki ni siquiera me gustaba supongo que nuestras relaciones intimas fueron inexistentes. que Solo tengo una vago recuerdo de no poder dormir en toda la noche tratando de zafarme de sus ataques en la cama y un día no pudo resistir mas aquella situación y me marché de allí sin ni siquiera decirle adiós.
Pero aunque Muki no me gustaba he de reconocer que era un hombre inteligente y consciente de lo sucedido en Paris. Con él y sus amigos recorri las calles del el Barrio Latino que se había convertido en un estado libre dentro de la misma Francia. Allí se discutía día y noche y todos intercambiaban sus distintos credos en un utópico mercado de ideas anarquistas, socialistas, marxistas, cristianas, maoístas, trotskistas, castristas y nacionalistas. Desde un obrero y un ama de casa hasta un intelectual y un filósofo iban allí a hablar y a escuchar y como nadie estaba en posesión de la verdad absoluta todo era cuestionable, y todos se enriquecían intercambiando sus ideas y se sentían marineros de un mismo barco contra corriente. Con Muki también visité los campos de marginación situados en las afueras de la gran ciudad donde vivían los argelinos y los extranjeros de pocos recursos hacinados en verdaderas chabolas y junto a él descubrí al fin algo de una realidad muy distinta. Pero tampoco me sirvió de mucho porque cuando le dejé y volví a l a Cimade la angustia de la soledad volvió a hacerme compañía yolvidé todo lo que haía visto.
Solo recuerdo vagamente un turbio episodio con un hombre argentino. Estaba casado y se alojaba en la residencia esperando el regreso de su familia ausente por unos días. Fue él quien me buscó y la relación se mantuvo en auge hasta pocos días antes de que llegaran su mujer y sus hijos, entonces me comunicó que ya no podíamos vernos más. Quizás aquel hombre, cuyo nombre ni siquiera recuerdo me gustaba mucho o quizás me sentí simplemente herida por su decisión, solo sé que no pude aceptarlo y seguí yendo a su habitación noche tras noche hasta que un día me echo casi a la fuerza de su cama y me llevó casi a arrastras a mi cuarto. El miedo a la soledad era tan grande que había ahogado completamente mi dignidad. Pero en realidad yo poco disfrutaba con el sexo en si mismo, mas bien me inclino a pensar que la sensación de coleccionar hombres en la cama me daba una falsa seguridad que parecía disminuir mi sensación de soledad, pero eso solo ocurría al comienzo de la relación porque después me sentía mas sola que nunca.
Aquel sentimiento de rechazo era algo nuevo para mí: era como quedarse con la miel en la boca cuando yo estaba acostumbrada a terminar mis relaciones con el sabor de la hiel. Después de aquel desgraciado episodio me quede mas deprimida que nunca pero naturalmente me consolé enseguida de la única manera que sabia hacerlo, encontrando rápidamente a un substituto: Mufok otro argelino que esta vez si se alojaba en la misma residencia que yo.
Lo descubrí en el restaurante de la residencia y me pareció atractivo, a pesar de que en realidad era bastante feo y me lancé a conquistarle sin ningún rubor, no me era nada difícil conseguirlo, me había convertido en una experta en el arte de la caza del hombre y la naturaleza me lo ponía fácil al haberme dotado de un buen físico. Me sentía orgullosa de mi misma cada vez que añadía un nuevo trofeo a la larga lista, pero la satisfacción duraba solo hasta el momento en que dejaba de sentirme cazadora para convertirme en presa y eso sucedía cada vez que creía enamorarme. Porque eso era lo que en el fondo yo siempre estaba deseando, enamorarme.
Mufok era inseparable de otro muchacho de su edad que había nacido en Madagascar y la mayor diversión de ambos era pasarse el día delante de las maquinas de jugar en los bares. Yo solía acompañarles y así mataba un tiempo precioso que debía haber empleado en estudiar el idioma que había ido a aprender, conocer el país, visitar museos, exposiciones y etc En cambio pasaba las horas delante de aquellas máquinas estruendosas que en realidad odiaba, simplemente por no sentirme sola ni un instante.
Recuerdo que Mufok solía decirme que a él le gustaba salir con chicas europeas pero que solo se casaría con una mujer elegida por sus padres. Creo que hasta hubiera sido capaz de seguirle a Argelia y entrar a formar parte de su familia ancestral. Intentaba enamorarme de él aunque en el fondo su personalidad vacía e intrascendente me hacia sentir avergonzada de mi misma. Pero creo que casi ya ni me importaba como fuese quien saliese conmigo, lo importante era que alguien estuviese siempre a mi lado.
Mufok desapareció pronto de mi vida, se marchó a Londres como casi todos los estudiantes extranjeros en Paris. Por suerte Cristina, la amiga italiana que conocí en la residencia el año anterior, regresó a la Cimade.
Cristina Tenia 18 años y era graciosa y diminuta como una muñeca pues solo medía de un metro y medio de estatura. El año anterior había estado saliendo con un tal Michael, un gigante americano de casi dos metros y recogió las migajas de un Nigel destrozado cuando le dejé, pero ahora estaba tan sola como yo y nos hicimos compañía.
Ella tampoco venía a Francia a estudiar francés sino simplemente a follar, cosa que, como yo, no podía hacer en su casa. Formábamos pues una pareja perfecta, Crsitina era una muchacha simpática pero tan alocada que hasta yo me sentía empequeñecida a su lado. Compartíamos la habitación y nos llevábamos muy bien, el único problema es que me molestaba mucho encontrar continuamente sus bragas encima de mi cama o la pasta de los dientes en cualquier lugar menos en el lavabo, siempre a punto de aplastarse contra mi trasero al sentarme. Aquello desorden llegó a un extremo tal, que me decidí a decírselo aunque no recuerdo si tuve éxito o no en el intento. Pero eso tenia una relativa importancia, porque las dos nos entendíamos bien juntas. Como dos barcos a la deriva navegando contra corriente en un mar agitado que amenazaba engullirnos a cada instante. Intentando encontrar un salvavidas o algo lo suficientemente fuerte para no ahogarnos
Y entonces algo verdaderamente insólito ocurrió, algo que merece un capitulo completamente aparte. Conocí a alguien que podía haber sido un hombre mas pero que sin embargo no lo fue: Mi futuro marido y el padre de mi única hija y a él me agarré desesperadamente hasta darme cuenta de que me estaba intentando apoyar en un barco que también navegaba completamente a la deriva.